DESTINO TRUNCADO

 

Marzo de 1812

Aquellos días previos a la festividad de San José, de fortísimo viento y aparatosa lluvia, seguían escuchándose, aún con excesiva frecuencia, los bombardeos de la artillería enemiga sobre la resistente cuidad de Cádiz. El ataque marítimo provenía de la escuadra de navíos comandada por el Almirante Rosilly y el terrestre partía de los cañones del Mariscal Soult. Esos embistes, lejos de asustar o al menos provocar cierto respeto entre los ciudadanos, inducían a mofas y a cientos de rumores; la mayor parte de ellos, totalmente infundados.

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-Atenta, Concha, atenta: ¡¡Viva Fernando, la Patria y la Religión!!- se escuchaba decir a un envalentonado Juan que, vociferando desde el balcón, pretendía llamar la atención de toda la gente que pasease por la Alameda y que por fortuna para él, a esas horas, era más bien poca -¡¡Con los bastos le daremos en la boca al gabacho, por borracho, y porque a los gaditanos nos sale de los bajos !!…¡¡ Embárcate y huye de España, tuerto “rey de copas”, que reservamos a los nuestros la venta de almanaques y tú eres un intruso al que le huelen los pies y también la boca!!- gritaba aquel jovenzuelo, hasta casi perder la voz, desde la tercera planta del señorial edificio en el que, junto a su novia, servía a los señores Rosales Hidalgo, adinerada familia dedicada a negocios relacionados con los salazones y las navieras.

-¡Calla, Juan! No seas insensato, ¡por el amor de Dios! ¿Acaso quieres que te oiga algún gallito afrancesado y que, en un santiamén -¡pum pum pum!- y yo me quede compuesta y sin novio, chiquillo? Vamos, entra y no hagas tantas tonterías, que tienes menos sentido que el hijo pequeño de los señores!- Reprendió Concha a su acalorado prometido mientras, agarrándole con firmeza del brazo izquierdo, tiraba de él hasta sacarlo de aquel balcón de forja, labrado con menos esmero y ornamento que los de las plantas inferiores.

-¿A por mí, Concha? ¿Los gabachos a por mí? ¿Estás segura? Je,je.- preguntó Juan tambaleándose un poco, tal vez por la fuerza desmedida con la que su novia le arrastraba, o tal vez por los efectos de los vinos que había tomado junto a José, “el Tirilla”, juerguista de intramuros como él, además de camarada guerrillero. -Los subordinados de “Josef Malaparte”, aunque lo parezcan, Concha, no son tontos, y vendrían a por ti porque…uhmmm, ¡¡estás más rica que la poleá, chiquilla!! Y te digo que ésos, aunque sólo saben comer tortilla a la “franchutesa” je,je, seguro que son capaces de apreciar las delicias locales …-dijo con sorna el joven de voz ronca.

-¡Ay, mi niña, que me tiene loco perdío!-

-¡Anda, deja de decir tonterías, zalamero!- exclamo con cierta coquetería, tras retirar su cara y su cuerpo de un “Gadita” repentinamente cariñoso, aquella joven de larga y ondulada melena que empleaba los fragmentos del plomo incandescente de las bombas francesas, a modo de bigudíes, para rizarse su pelo azabache. – Es tarde y tenemos que subir a la azotea, ¡así que no perdamos más tiempo! Hoy tengo faena en el lavadero y tú tienes que ir a la torre mirador, ¿acaso no recuerdas que te pagan por ser vigía, so borrachín? – Y, dando por zanjado el tema, cerró los ventanales del balcón, no sin antes echar un último vistazo a la calle y comprobar que, efectivamente, a lo lejos se veían las mangas encarnadas en los morriones de un grupo de gabachos que, si llegan a estar más próximos, hubiesen tomados medidas contra “su Juan”.

A José, “el Tirilla”, le gustaba ir cada día a la cercana plaza del Remolar, siempre tan llena de gente a pesar de que, de tanto en tanto, alguna detonación sobresaltase a los allá presentes. Lo habitual era ver pasar a cuadrillas de muchachas luciendo con garbo sus vestidos almidonados para llamar la atención de algún gaditano con ganas de buscar novia o, si se terciaba, de algún mostacho afrancesado. También lo era, sobre todo en fin de semana, escuchar voces infantiles y despreocupadas que, entonando simples cancioncillas, jugaban al Paso o al Columpio: : “A la una mi mula, a las dos la col, a las tres la culá de S. Andrés…” o bien, “1,2,3,4,5,6,…10, que se salga la niña del mecedero, si no se quiere salir, que le den, que le den con el cabo de una sartén”. El banco más próximo a la puerta de la iglesia era el elegido por ese grupo de jóvenes inconformistas -entre los que se encontraban los amigos José y Juan- que fumaban un pitillo tras otro mientras hablaban de sus cosas, piropeaban a las jóvenes casaderas o despotricaban sobre el todo lo que oliese a francés.

Los vida transcurría con relativa tranquilidad en la amurallada y resistente Cádiz- dentro de la propia anormalidad de una situación de asedio- hasta que llegó aquella esperada jornada de cambio que traería aires de libertad.

La salida de la ceremonia religiosa celebrada aquel día estuvo marcada por una intensa lluvia y un viento huracanado- ambos fenómenos mucho más violentos que los de los días precedentes- que tuvo nefastas consecuencias en esos momentos de regocijo popular, para los cuales se había preparado algún que otro festejo.

La cuadrilla de jóvenes -dedicados en su mayoría al “brigandaje”- se había reunido en la plaza del Remolar aunque, al igual que el resto de gaditanos, durante esa jornada, con un espíritu distinto porque aquel 19 de marzo se iba a dar a conocer la Constitución Española, la primera. Se hallaban sentados en el banco de siempre, ése situado junto a la puerta del Oratorio de San Felipe Neri, y que estaba flanqueado por un par robustos árboles que los niños utilizaban en su juego del Columpio, cuando el ímpetu de un fortísimo golpe de viento tronchó a unos de ellos sin ningún esfuerzo…por sorpresa y casi en un abrir y cerrar de ojos. El caprichoso destino, que resultó ser mil veces más peligroso que los obuses, las granadas y bombas del enemigo, hizo que semejante mole cayese con una fuerza brutal sobre los desprevenidos cuerpos de José “el Tirilla”, de otro camarada apodado “el Beduino”, y de Juan “el Gadita”. Tras aquel fatal accidente resultaron malheridos los dos primeros, pero con quién se cebó la mala fortuna fue con Juan, el “Gadita”, al que el impacto le produjo una muerte casi instantánea.

Aquel día de celebración y alegría generalizada , ese accidente tiñó de luto las ilusiones de una joven Concha a la que, en una burla del azar, fue un aparentemente inofensivo árbol, y no un cañonazo francés, el encargado de dejarla compuesta y sin novio.

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6 comentarios to “DESTINO TRUNCADO”

  1. No me gusta mucho la literatura popular, lo siento, pero leyendo lo que has escrito me he sentido auténticamente un gaditano garboso, jocoso y fanfarrón o una chiquilla alegre que busca un buen mozo para casarse. He vivido realmente el ambiente de aquel momento aunque no fue el más indicado para el personaje en cuestión, de aquí me voy a Sanlucar de Barrameda al mercao, con los quiyos y los shoshos, a comer cazón.
    Un abrazo.

  2. chispas.. me has dejaoo petrificaaa.. y el obús fue un arbol, como es que la vida nos juega esas tonalidades que nos tronchan el aliento, el destino .. un momento fugaz en una vida marcaaa por el terror de una guerra.. me ha encantaoo el relato abrazooos

  3. Un relato realmente ilustrativo de una época que muchos quisieran ya olvidar, marca un antes y un después de una España nuestra casi, casi yo diría “medieval”. No obstante le veo una “pega” a tú relato y es qué, si bien, marca muy bien los ritmos y la cronología te olvidas de algo muy importante y fundamental en un relato que, quiere llevarnos a la Cadiz de de 1812 y esto es; El habla.
    Tanto como eso, algo de lo que todos conocemos y es el modo tan gracioso y simpático de hablar.
    Por lo demás, me encantó desde el principio hasta el final.

  4. Muchísmas gracias a los tres por dedicarme vuestro tiempo, tanto para leer como para comentar el texto.

    Con personas como vosotros, aprendo e intento mejorar día a día.

    Francisco, no logro entender a qué te refieres exactamente… Me gustaría que te explayases un poco más 😉

    Un beso a todos y, lo dicho, mil graciasssssss.

  5. A mi me ha parecido excelente, Linda. Y yo no le encuentro ni una sola pega, ni a eso del habla que dice Francisco. Un relato muy ilustrado y ubicado. Gracias.

  6. Es un placer y una satisfacción muy grande saber que gusta lo que, humildamente, una escribe.

    Acepto las críticas y los “peros” sin problemas porque,dichos desde el afecto, ayudan a mejorar. Por eso me hubiese encantado que Francisco hubiese ampliado un poco más…

    Muchas gracias, Arturo.

    Un beso.

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