Los ojos de la libertad

La mañana de aquel jueves 19 de marzo amaneció plúmbea como las piezas de artillería que acechaban desde el otro lado de la bahía. La intensa lluvia y el fuerte viento de lebeche invitaban a quedarse en casa, pero el día era muy especial como para hacer tal cosa. La ciudad de Cádiz se preparaba para rendir homenaje al santo padre putativo de Nuestro Señor Jesucristo, el justo San José, patrón, por dogma de la Santa Madre Iglesia, de todos los padres del mundo.

Pepín, el hijo del posadero de la calle del Sacramento, se disponía a salir destino a la plaza de san Antonio, como todos los días, para intentar hacerse con todo el contrabando que permitía el asedio del que eran víctimas desde hacía ya años por parte del francés, pero que no pudo controlar los cañaverales de Santi Petri ni los lodazales de Chiclana. Además, como Cádiz tenía mar por ambos lados de la ciudad, y la Real Isla de León era la sede del gobierno de las Españas, lo que dotaba a la zona de especial vigilancia, permitía cierta libertad para entrar y salir sin ser vistos. Ello propiciaba que muchos gaditanos salieran con sus pequeñas barcas a los caladeros de Gibraltar y así poder traer a la ciudad un marisco y un pescado que suplían la falta de carne y de legumbres que por tierra no podían entrar.

Pero hoy era un día especial. Le habían hecho salir ante, suponía, para que a su madre le diera tiempo a hornear un bizcocho de santo que tanto le gustaba, y que nunca le había faltado ese día. Sonrió mientras pensaba en lo delicioso de aquel bizcocho mojado en un buen chocolate, sin reparar en la cantidad de hombres de letras con los que se iba cruzando camino de la plaza de san Antonio. Al llegar a la entrada de la plaza por la calle de la Torre advirtió que el revuelo de aquel día era mucho mayor que de costumbre. “¿Qué habrá pasado?” se preguntó. “¿Habrá acabado el asedio? ¿Habrán acabado con el francés?” se seguía preguntando mientras se acercaba a sus contactos. Aunque contaba con pocos años de edad, ya estaba advertido de la maldad de los poderes sobre los pueblos, y de cómo el pueblo es un simple peón en este ajedrez que es la política internacional, y por tanto prescindible en cualquier momento. Así que no hacía demasiado caso de tanto distinguido señor por la ciudad, ni siquiera cuando se organizaban las tertulias en el comedor de la posada a las que asiduamente asistía su padre, por no hacerle un feo a su buen amigo Dionisio Capaz, un marino de El Puerto de Santa María, y habitual en la partida de cartas del domingo por la tarde. Si se quedaba a escuchar, era por la gracia que le producían los distintos acentos que tenían esos señores tan bien vestidos venidos no sólo de muchos puntos de las Españas, sino de las islas e incluso de Ultramar. Le hacía especial gracia el acento de cierto diputado con un apellido bastante extraño que no dejaba de vender las bondades de la isla de Puerto Rico a todo aquel que lo quisiera escuchar, y que atendía al nombre de don Ramón Power. Pepín no entendía cómo un hombre tan blanco de piel pudiera tener un acento tan rematadamente extraño…

Pero a Pepín donde realmente le gustaba asistir era a las tertulias de doña Frasquita Larrea en la misma plaza de san Antonio, y aprovechaba que cada día lo enviaran allá para quedarse a escuchar las historias que leía doña Larrea de poetas de otros tiempos, como Quevedo o Góngora. Cuánta gracia le hacía la forma en la que ese tal Quevedo hacía befa de las napias de su enemigo… El caso es que, al menos, doña Larrea no empleaba todo el tiempo en hablar de lo mal que iba todo, y lo mucho que había que hacer, eso sí, sin moverse de delante del chato de vino en la mesa de la taberna…

“¿Qué pasará?” se seguía preguntando al no encontrar a sus contactos habituales entre el tumulto excitado. De repente, alguien gritó “¡Viva Cádiz!” y otro le contestó “¡Viva La Pepa!”. “¡Viva!” gritaron las masas entusiasmadas. Pepín pensó que aquello debía ser un lindo homenaje a alguna jovencita que celebrara su onomástica y sonrió levemente. Al no encontrar a sus proveedores, decidió acercarse a la tertulia de doña Larrea, pero hoy tampoco la encontró en su lugar habitual. Alguien le dijo que había ido a la Iglesia del Carmen por algún motivo. Decidió acercarse, muerto por la curiosidad, a ver qué pasaba y por qué doña Frasquita se había ausentado de su labor diaria, y en el camino, las campanas de las iglesias comenzaron a tañer al unísono, mientras las gentes por las calles se abrazaban y se felicitaban. Pepín no entendía nada de lo que ocurría, pero por un momento sintió una sensación de alivio en su interior, como si la presión provocada por el asedio del francés hubiera desaparecido por un instante, y su alma podía ser libre, al menos, durante unos segundos. Una mano en su hombro lo sacó de su estado absorto. Era su padre, que con una expresión de alegría le dijo. “Felicidades, Pepín. Ya está. Ya la tenemos. ¡La tenemos!”. “¿De qué me habla usted, padre?”, preguntó Pepín algo aturdido. “¡De qué va a ser! ¿Es que tú no atiendes en las tertulias? ¿De qué hemos estado hablando los últimos meses, hijo? ¡La Constitución! ¡Ha sido proclamada la Constitución!”. Pepín se encogió de hombros, no entendía muy bien qué había cambiado, y su padre le arreó un capón por mirarlo con condescendencia. Juntos, volvieron a la posada para preparar un ágape especial a los señores diputados que, a buen seguro, vendrían con buenas hambres después del trabajo hecho.

Pepín no reparó en el entusiasmo de su padre aquel día hasta muchos años después cuando, tras ser nombrado catedrático decano de la Facultad de Derecho en la Universidad de Salamanca, formara parte de las Cortes de la Primera República Española. Sólo en aquellos momentos recordó el brillo en los ojos de su padre, un posadero de la ilustre ciudad de Cádiz, un día de san José de 1812.

2 comentarios to “Los ojos de la libertad”

  1. Muy bueno tu texto, Rhay…Como siempre, vamos 😉

    Lametorros, querido.

  2. ¡Gracias, cariño! ^^

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