BOBO (“El saboteador de ilusiones”)

Nací con dificultades. Me lo dijo mamá. También comentó que nada más verme pensó en papá y que, aún habiéndolo querido tanto, en esos instantes no se acordó de él para bien. Además repetía constantemente que le odió de una manera tan irracional que se alegró de no tenerle cerca porque, sin lugar a dudas, le hubiese matado. ¿Los motivos?  Ese padecimiento inhumano – así lo calificaba ella- que  sufrió en el momento del parto, amén del  nefasto resultado obtenido después de tantas horas de pasión desenfrenada y tanto empeño puesto –insistía en que sólo por su parte- por engendrar al retoño más bonito del mundo. Aunque lo refiriese con una seriedad y un aplomo dignos de ser tenidos en cuenta, yo nunca la creí. Mamá decía muchas cosas pero, a la hora de la verdad, era incapaz  de hacer nada más allá que, de cuando en cuando, aplastar a algún pesado mosquito que nos incomodaba alguna noche de verano; así que, ¡como para matar a un hombretón de uno noventa y de más de cien kilos de peso!… ¡Imposible!

A los muchos años supe que es normal que en unos momentos como aquellos, plagados  de dolor,  irritabilidad, fatiga, y también de sentimientos encontrados, más de la mitad de las madres primerizas tengan malos pensamientos para con los papás de sus vástagos. Y la mía, a pesar de ser casi una santa, estaba claro que no iba a ser diferente a las demás en estos asuntos.

Sé que en nuestro primer contacto visual sintió cómo le caía el mundo encima. A plomo. Sin contemplaciones. Alguien me dijo que lloró con infinita amargura cuando la comadrona me depositó, aún caliente y bastante amoratado, sobre su pecho. Comentaron que, al mirarme fijamente a los ojos, dijo algo similar a: “Bobo, ¡mira que eres feo, hijo de tu difunto padre!…¡Me va a costar una vida entera y parte de otra aceptarte! Y que, elevando la vista al cielo, preguntó: ¿Dios mío, qué he hecho para recibir semejante castigo? Por lo visto, ella esperaba dar a luz a un niño regordete y de grandes ojos azules; sin embargo la cigüeña tuvo la mala baba de obsequiarle con una ser de belleza oculta… por no decir inexistente. Nací peludo, feo a rabiar, flaco, y más arrugado que un traje de lino de esos que se utilizan tan solo los domingos y las fiestas de guardar; y de ahí su terrible decepción. Fui considerado como un fallo de la Naturaleza y, de inmediato, pasé a convertirme en su particular saboteador de ilusiones. Sé que tras semejante sofocón, y una vez minimizada la impresión inicial, mamá se encomendó a todos los santos para que su primogénito –o sea yo- fuese un bendito que no le diese demasiado trabajo pero, ¡pobrecita mía!, ni para eso tuvo suerte -porque está claro que nadie debió de escuchar sus súplicas- y fui un bebé de llanto constante y desconsolado, convirtiéndome así en un ser digno de ser repudiado por cualquier mortal…y mamá, por desgracia, lo era.

La abuela refirió cómo la había visto en múltiples ocasiones paseándome a altas horas de la noche, con la mirada ausente y una desgana impropia en una madre primeriza, por el largo y estrecho pasillo de casa. Incluso me dijo que recordaba con gran nitidez una fría mañana en la que alzó la mirada hacia nuestro  piso y, al ver  cómo asomaba por la ventana del dormitorio mi medio cuerpecillo indefenso, temió por mi integridad física y subió a trompicones los doscientos treinta y seis escalones que la separaban de lo que hubiese sido un trágico suceso: el fin de mi corta y azarosa existencia. Con su rápida intervención logró ponerme a salvo para después centrarse en tranquilizar a mi desquiciada mamá; así que, si a alguien le debo realmente la vida, es a ella, a la abuela Paca.

Pasaron los años -más mal que bien- y crecí con el apodo de “Bobo”. Me acostumbré a vivir con ello…¡Qué remedio me quedaba! También me hice a que absolutamente todos, tanto familiares como amigos y vecinos, llegasen a pensar que  había sido un error que yo naciese. Y llegaron a esa conclusión porque, según ellos, mi presencia terminó por desequilibrar -si cabe- aún más a mamá. Yo no lo creo. Hay que recordar que ella sufrió un trauma del que jamás llegó a recuperarse por completo cuando, al poco de saberse embarazada, papá falleció de lo que diagnosticaron como un “cólico miserere”. Él, que según las cerca de cien fotografías que empapelan mi dormitorio torturándome a diario, era un tipo atractivo y de complexión atlética, se cubrió de gloria al hacerme a mí. ¡Qué poco empeño puso, la verdad!, solía reprocharme la abuela, que tenía un gusto exquisito para temas  relacionados con la estética y, al verme a mí tan falto la belleza física, procuraba esquivar su mirada por no romperme el corazón y, egoístamente, para no herir sus azulados y sensibles ojos. Según dicen, – pienso que por contribuir a que mi  autoestima suba del sótano a la segunda planta – de mi papá he heredado algo muy importante: un buen corazón. Siendo sincero, hubiese preferido nacer malote, guapo y un poco -o un mucho-  más espabilado, pero he llegado a la conclusión de que resignarse es de cristianos, y yo lo soy, creo. Probablemente, de no ser por eso, no hubiese sido capaz de cuidar de mamá con tanto amor y dedicación en estos últimos tiempos. Pero, como digo, he sido un hijo ejemplar y  no he permitido que se separe de mí ni tan siquiera un segundo; y la he atendido como debía y, sin duda alguna, como ella merece.

Recuerdo como si fuese hoy, y ya ha pasado cerca de un año, a la abuela Paca rogándome en su lecho de muerte que no abandonase a su única hija: “Por nada del mundo la descuides… Mantenla siempre en buen estado…¡¡Por Dios te lo pido, Bobo!!”, dijo con un hilillo de voz antes de dejarnos. Y yo, que siempre he sido obediente, lo he hecho desde entonces de la mejor manera que he sabido, o que he podido -que viene a ser lo mismo en mi caso-. No en vano, mamá sigue bellísima y a día de hoy se conserva estupendamente. Siempre la tendré a mi lado. Sería incapaz de abandonarla a pesar de que ella intentase hacerlo conmigo en mil ocasiones. Yo la quiero.

La abuela fue la única persona de la familia que me comprendió y que confió en mis recursos y, allá dónde esté ahora, seguro que se sentirá orgullosa de su pequeño Bobo porque dejó a su hija en unas manos, si no sabias, sí hacendosas.

Primero lloré, y luego pensé y pensé…Aunque las posibilidades fuesen infinitas, encontré la solución ideal para mamá a los pocos días del fallecimiento de mi anciana protectora: el formol.

 

-Bobo, mejor no la hubieses podido mantener…¡¡Eres un fenómeno de la naturaleza, guapete!!- me digo satisfecho cada día cuando me deleito mirando esa cara que, por fin, no dibuja rechazo cuando estamos solos, ella y yo, frente a frente.

11 comentarios to “BOBO (“El saboteador de ilusiones”)”

  1. buahhhhhh,adorablemente retorcido.

  2. Ingenioso, tenebroso. Lo del formol asusta un poco, las uñas y el pelo siguen creciendo ¡Ahiiiggg! Bob Marley siempre genial.

    Besosss

  3. Excelenteeeeeeeeeeeeeeeee, Linda, lindura =)

    Besos, guapa.

  4. Este relato es tan retorcido como yo…cuando me da el punto, claro.😉 Gracias por leerlo, Sirvenza.

  5. Patxiiii, ¿te imaginas a la desequilibrada de la madre con melenón y uñas retorcidas como muelles? je,je,je.
    Hace mucho que no te veo por aquí, ¿eh, niño? Me ha alegrado ” verte”. Sabes que siempre eres bienvenido.
    Muackssss.

  6. Omsi, lametorros, querida. Y mil gracias.

  7. Ahora, una vez explicado, lo entiendo mejor. Sí, sí que era muy especial este pobre hijo. Pero muy obediente, eso sí. Me gusta.

  8. Triste vida… la del pobre chaval. Qué egoísmo sin fin el de la madre y la abuela.
    Cuando te da el punto retorcido no veas….

  9. Bobo es “distinto”. Su familia también😉

    Mil gracias por pasearos siempre por mis relatos y comentarlos, Arturo y Ricardo.

    Besos.

  10. pues a mí se me saltaban las lágrimas…. hasta que he llegado al final… mieditooooooo. Cada uno tiene lo que se merece, no???

  11. ¿De la risa, Lourdes? Porque conociéndote…je,je.
    Así es. Bobo hizo lo pudo. Ella merecía cuidados “especiales”😉
    Muackss.
    Muchas gracias por comentar y por leer.

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