MUERTAS LAS BURBUJAS, SE ACABÓ EL GIN TONIC por Soledad Gallardo

¿Qué es lo que pasa… contigo? – entonó el encargado del PostMoon
“No sabría qué contestar” respondió Larrubia. Entre muecas simpáticas, encogió también los hombros y optó en ese momento por seguir la vida una noche más “o menos ” según se mire, pensó ella.

La verdad es que hacía tiempo que se sentía a menudo extraña; no paseaba ya por el embarcadero ni necesitaba acercarse a los turistas, no había vuelto a ver a su familia. Dejaron de entusiasmarle las golosinas o chucherías baratas de los primeros años allí, ni siquiera disponía del espacio de antes para atesorarlas.
Cuando cruzaba el pasillo hacia el camerino, uno de los jubilados le asió por la cintura para acariciarle el oído como le gustaba hacer. Era el señor Hellman, llevaba años perfeccionando un susurro que imitara las olas del mar. A Larrubia siempre le reconfortaba su aliento dulzón antes de sentarse ante el espejo.
Desde el otro lado del local, su amigo Juan, el encargado, la observaba y le lanzó unas voces. “¡No tienes escapatoria! ¡Hoy vuelves a cantar!” le gritó. Larrubia le devolvió entonces una mirada más alegre porque acaba de recordar que era jueves, el mejor día de la semana y la única noche que elegía cantar. Los clientes solían llegar  relativamente frescos -como Hellman, el jubilado alemán que ahora la rociaba sin querer-  habitualmente acudían solos o acompañados de tan solo uno o dos amigos.
Hellman, por ejemplo, sí aprecia un buen gin tonic con el toque adecuado y es capaz de conectarse a un cálido blues,  esa sabiduría le ha salvado hasta ahora   la vida. Los cocidos y escocidos de los sábados noche, no. Los que atraviesan los cortinones y entre bandazos recorren la moqueta,singles  o parejas, esos no valoran ni sospechan los variados ingredientes de los cócteles del PostMoon. Esos sólo  llegan a abrevar o triturar con sus babas resecas las almendras y peladillas.
Tras la barra del garito, las nuevas camareras se afanan en  recolocar  las ramitas  de enebro, las flores de loto, el cilantro,  los palos de regaliz, las canelas de diferentes aromas…Junto a ellas, apostado ya en su banqueta, el encargado se esfuerza en mantener abiertos los párpados, un empeño difícil desde hace unos cuantos días. Y es que a su cabeza vuelve cada mañana, cuando intenta dormir, el aspecto del caballero que les salió al encuentro a Larrubia y a él hacía ya tiempo, dos días después de haberse conocido. Entonces y para privarle del sueño, irrumpe en  su mente el origen del  declive del 2012.Cuando Juan y Larrubia se toparon en el centro de la capital, un  29S se convirtió también en fecha emblemática para mucha gente.  Corrieron  entre calles y se chocaron, cruzaron unas palabras y bebieron en un bar madrileño que horas después sería famoso por las redes sociales que ya ni existen.Aquella misma noche después de reír  volvieron a correr y a gritar consignas contra criminales disfrazados de políticos ;    las fuerzas de orden les apresaron y tras cuarenta y ocho horas no supieron decir no, les escocía la piel maltratada y la sangre reseca. Además  siempre habían sido cobardes y complacientes, sus interlocutores no tardaron en percatarse.
“Las pastillas para vigorizar las mentes ancianas causan efectos inmediatos, constatados, sin molestias para ellos ni síntomas que delaten una intoxicación evidente”. Larrubia y Juan creyeron que aquella propuesta para colaborar con la policía y un laboratorio era interesante para salir de allí sin cargos y participar en un experimento científico. Ellos sólo tenían que trasladarse a una ciudad costera, y suministrar los ácidos disueltos, con la maestría de un barman experto en cócteles. La clientela, de un perfil muy determinado, les vendría rodada y  hasta sedienta.Así la pareja de amigos  no tardó incluso en ilusionarse. Podrían subsistir y abandonar un futuro tan negro entonces como ahora en el 2035. La farmacéutica no se permitiría correr riesgos y por eso ellos  asumieron la obligada discreción. Cuando el laboratorio diera por finalizado el proyecto, a Juan y a Larrubia les esperaría una recompensa generosa o un futuro enmascarado. Ambos lo quisieron creer así.Desde  aquello  el hambre y la violencia se han llevado una gran parte de la población en España, los recursos para subsistir  siguen siendo cada vez más escasos y solo en guetos, antiguamente urbanizaciones privadas, cabe la posibilidad de salir adelante. En la  costa levantina, por ejemplo, aún  persiste la vida artificial pero vida al fin y al cabo que ven y se creen en el exterior hasta el punto de soñar con ella. La pluralidad de medios de comunicación ha dejado de existir y los informativos apenas difunden basura grabada en interiores.

Tan alta es la adicción que generan las sustancias que suministraban y suministran a la población nórdica emigrante , que cualquier sospecha de síntoma extraño es desechada por las mismas víctimas para no enturbiar su falso bienestar. Anuladas sus voluntades, ríen, follan y beben a destajo, mientras sus pensiones desaparecen de manera fulminante unos días antes de morir henchidos y reventados de placer. Las familias de los ancianos, al recibir la noticia de sus óbitos no indagan ni quieren, ¿acaso no se habían largado a España para vivir una eterna juventud?

Ya suena la música. En esta noche especial los turistas de la primera quincena del mes  esperan  elegir  uno de los famosos gin tonic de la amplia y  famosa carta anunciada por  sus compatriotas, escuchar jazz y disfrutar de una agradable compañía.  Juan  sospecha cada vez más que el tipo decrépito pero elegante que les saluda, y que llamó a su puerta hacía unos días pudiera ser el encargado esta vez  de evadir las últimas ganancias en las que ellos han intervenido. Acaba de  sentarse  en primera fila, frente al escenario. Su visita empieza a presagiar el final de una aventura a la desesperada . En realidad cuando en la puerta del apartamento les preguntó por las camareras, Larrubia ya había intuido que  ellas  podrían ser las sucesoras.

Ahora a Juan  mientras escucha el tintineo de las varillas en los dos primeros gin tonic de la noche, las palabras viejas y las recientes del mismo tipo le acuchillan la frente .  Poco a poco en su cabeza todo empieza a cuadrar. Son estadística y les ha llegado la hora.  De pronto desea que larrubia salga ya del camerino porque  ha comenzado a echarla salvajemente de menos.

Mientras tanto Larrubia aún  perfila sus labios rojos, frente al espejo, y piensa también que compartir el mismo apartamento con otros empleados, durante más de veinte años, ha supuesto un sacrificio demasiado grande. Juan y ella nunca han sido amantes más que por extrema necesidad y aunque cohabitan en la misma miseria, se salpican en el lavabo y el aire apenas corre entre ellos, se han habituado a pasear juntos cada noche hacia el pub  sin disfrutar de la  intimidad que habrían merecido. Quizás sólo por eso, unas lágrimas le obligan por primera vez a retocar el excesivo maquillaje antes de dejarse ver.

Juan  sorprendido de ella y de si mismo  decide,  sin saber por qué, acompañar al piano a Larrubia cuando asoma al escenario. Hacia las diez de la noche, “ Black to black” cautiva  al público octogenario que de pie aplaude por igual a Juan al teclado  y a ella por su voz sensual. Abrazados y visiblemente emocionados al terminar de interpretar “ A song for you” entrechocan las copas que las chicas les acaban de volver a ofrecer.

Apenas dos horas después, la pareja con un humor muy diferente se encuentra, en el apartamento, muy conmocionada. Juan sonríe a Anabel, ya no la ve rubia sino tan morena como veinte años atrás. Ella canta por primera vez sólo para él mientras se desviste y, apenas sin hablar , le invita a completar el tratamiento que han iniciado unos brindis atrás, similares a los ingeridos por sus clientes durante tantos años.

Esta vez al bailar abrazados les une una ternura especial, el destilado de agave se hace sentir como un sonido envolvente poco a poco en todos los órganos y puntos vitales. La piel les arde y los sentidos explotan encendidos como nunca antes habían llegado a sentir. Hasta el último estertor la mezcla en sus gin tonic provoca estelas azules en sus miradas. Y así, entre  arrullos,  ella tan lista y él tan flaco susurran “Lástima que el experimento tenga que culminar”

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6 comentarios to “MUERTAS LAS BURBUJAS, SE ACABÓ EL GIN TONIC por Soledad Gallardo”

  1. Perfecto. Un agradable cuento del género fantástico pero quién dice que no podría ser real. La música es muy apropiada y está bien escrito.
    La elipsis casi pasa desapercibida y el ritmo se mantiene interesando al lector hasta el final y haciéndose demasiado corto este relato.

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