¿ENTRE ALGODONES?

 

 

Hoy no iríamos a la feria. Nuestro destino iba a ser otro y, en principio, todo hacía suponer que pasaríamos un día estupendo.

Mamá me levantó de la cama pronto y me vistió de excursión. A mí siempre me gustaron las faldas y los lazos pero, por lo visto, ésa no debe de ser la indumentaria más apropiada para ir a aquel lugar que papá se negaba a desvelar. -Os gustará- se limitaba a decir cada vez que preguntábamos. Y yo le creí.

 

Iniciamos el viaje y, entre cánticos y adivinanzas, y curvas y más curvas, transcurrieron las horas. Demasiadas para mí.

Recuerdo que los rayos de sol incidían sobre mi delicada piel proporcionándome  suaves caricias que mitigaban mi malestar. Aquellas sensaciones tan agradables vencieron a las patadas que mi estómago daba cada dos por tres y provocaron en mí un sopor del que fui incapaz de huir. Cerré los ojos -creo- y me dejé llevar.

En lo alto había otro mundo: Mutante, misterioso, y sumamente atrayente para una niña como yo.

 

El blanco me enredó.

Una mano larga me ayudó a subir al torreón del castillo tras sortear varios obstáculos. Yo era la princesa. Dijeron que la escalera de acceso se había esfumado en apenas un minuto y, después de comprobar que, lo que tan sólo hacía un instante había sido un dragón había pasado a convertirse en un perro, creí a pies juntillas que aquel lugar era mágico y quedé fascinada.

 

Durante mucho tiempo me entretuvieron bufones y saltimbanquis pero hubo un momento en el que, ya cansada, deseé bajar. Aquella mano que creí amiga había desparecido y en su lugar aparecieron unas garras que arañaron todo mi cuerpo. Nadie hizo caso de mis lamentos y una hoz se acercó peligrosamente a mi cuello. La fiesta había terminado. Lloré, pero de nada sirvió. Ella me alcanzó y rió a carcajadas.

Se escuchó un ruido ensordecedor y entonces, el rojo tiñó todo mi ser, helándolo, y el negro inundó el corazón de mamá tras la última curva…¡Maldito carrusel!

 

Definitivamente, no debí de creer a papá. No me ha gustado su sorpresa. Se ha vuelto a equivocar. Se lo he dicho mil veces: Los algodones de la feria siempre son dulces, como los finales de las películas rosas, y  las princesas en todos los cuentos infantiles viven felices y comen perdices…¿Y ahora, qué?, me pregunto mientras muerdo este polvo tan triste y tan amargo.

 

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16 comentarios to “¿ENTRE ALGODONES?”

  1. Linda,, me ha encantado leerte, es un escrito con un toque surrealista muy ingenioso. Lo tuyo es el factor sorpresa, se te da genial. Nos vemos hoy dentro de nada, qué ilusión.
    Hasta ahora guapísima!!!

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