Imborrables

Cuando ella se marchó, repentinamente, dando un portazo, era Noviembre y él no supo que decirla. Sentándose frente a la ventana en su viejo sofá, la vio marchar. Cogió un cuadernillo del revistero y se dispuso a escribir…”Puedo escribir los versos mas tristes esta noche…”, pero aquello ya se había escrito antes y él no había sabido encontrar las palabras adecuadas para aquel preciso instante. Arrancando la página, la arrugó entre sus manos y la tiró con rabia al suelo. Presionando con las manos sus sienes, volvió a mirar otra página de aquel cuaderno – años en blanco- pensando que en él bien podría haber escrito toda una vida, para ser exactos, la suya propia, llena ,prácticamente hasta el previo instante, de besos y caricias, aunque fuera entre medio de tachones y borrones. Incluso podría haber borrado todas las incongruencias y errores de los que no hubiese querido sentirse culpable. Pero ahí estarían recopilados todos esos besos y tachones, caricias y borrones, que, sin embargo, ahora aparecían en blanco. Cómo si nada hubiera pasado. Cómo si no hubiera ni siquiera vivido. En algún lugar, no sabía donde, había salido a la fuga para perderse aquella a la que siempre había llamado “vida mía”. Su vida.

Su vida por las calles, por los parques, por la lluvia, por las paredes, por el techo, por la almohada, por las sabanas, por la cama, las ventanas… Por el aire. Todo blanco. Como el papel frente a sus ojos. Sin color, ni olor, ni flor seca con espinas decorando el vacío espacio entre tantos renglones equilibrados, paralelos, sin enmiendas a carbón.

¿Por qué no se había dedicado a guardar esos pequeños detalles que ahora tanto necesitaba y en su momento no dio importancia?

Entonces lloró. Lloró de impotencia. Nada podría hacer jamás para recuperar un mínimo retazo de su vida. Ya pasada. Ya huida. Ya perdida.

Sobre el papel, cayó una esperada lágrima, empañándolo. En aquel momento, sonrió. Cortó la cuartilla con mucho cuidado y la guardó celosamente en un sobre.

Comenzaba su vida de nuevo y esta vez no la perdería jamás. “Nada podrá borrar la mancha que deja una lagrima”-pensó-.”Nunca.”

Convencido de que algún día de cualquier frío Noviembre necesitaría abrirlo para encontrar las palabras y evitar que su vida se le volviera a escapar, cogió el sobre y lo quemó. Entonces, deshaciéndose en amargo llanto, comenzó a llenar su hogar con aquellas únicas manchas que nunca nada podría borrar.

4 comentarios to “Imborrables”

  1. Excelente, Anna. Me retiro a descansar con la piel erizada, será que me recordó una anécdota mía?

    Tal vez…

    Abrazo.

  2. la vida pasa y el tiempo no perdona… igual que Omsi sentí un trozo de mi… felicidades, excelente relato

  3. Muy bello…. muy tarde.

  4. Buen relato. Hace sentir la soledad y la desesperación, el hastío.
    Está bien escrito y la música le va perfectamente al relato.
    Sólo veo un laísmo al principio de todo. “no supo que decirla”. En lo demás, bien.

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