A ciegas (por Tere Ardiz)

Resultaba cómico el término empleado para mi condición: “débil visual”, tal vez por eso mi padre jamás me quiso, le fastidiaba mi poca capacidad visual, mi nula confianza en mi mismo (y quién la tendría con un 70% de disminución en la visibilidad) y mi aspecto enclenque, cualquier cosa que yo hiciera le exasperaba y por supuesto nunca fue un hombre cariñoso conmigo, su único hijo. Todo el tiempo me gritaba y si por mi circunstancia ocular cometía alguna torpeza, era cruelmente golpeado, por lo que crecí con un carácter apocado y tímido, pues siempre tenía miedo a equivocarme….pero si algo verdaderamente molestaba a mi padre, era el tener que pagar las consultas médicas con especialistas que una y otra vez le reiteraban que no se podía hacer nada por mi, y a pesar de que mis ojos malogrados no conseguían verlo con claridad, percibía su decepción pues sabía que él estaba ávido de escuchar que mi condición cambiaría, más no sucedió.

Fue la noche del 22 de diciembre de 1971, yo tenía tan sólo nueve años y regresábamos de asistir con un eminente oftalmólogo, OLYMPUS DIGITAL CAMERAmismo que tampoco nos había dado ninguna luz, mi padre estaba nervioso y desolado, podía percibirlo por su tono áspero y por el desesperado intento de mi madre por atenderlo, de pronto, se levantó y salió de casa, jamás volvió…..y yo, bueno, me cansé de mirar por la ventana esa maraña de luces que no formaban para mi ninguna forma coherente a pesar de mis gruesas gafas. Fue la Navidad más triste de mi vida, y también de la de mi madre, pero ella no se sentó a esperar, la primera mañana del nuevo año la dedicó a destruír fotografías, ropa y todo aquello que le recordara a mi padre.

El tiempo pasó y la vida dio muchos giros, yo dejé de ser un muchachito insignificante y me convertí en un hombre hecho y derecho, incluso, tuve la oportunidad de mejorar mi deficiencia gracias a los posteriores avances médicos y aunque aún hoy utilizo gafas, ya no son tan gruesas como las que soportaba de niño y para mi fortuna, la naturaleza me volvió corpulento y alto.

Pero, aún hoy, secretamente, busco a ciegas un rostro, uno parecido al mío, de un anciano de unos 74 años que me debe muchas cuentas….ojalá alguna vez lo hubiera visto sin ese manto borroso de mis ojos inservibles de niño.

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12 comentarios to “A ciegas (por Tere Ardiz)”

  1. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, a un padre como ese, yo se lo serviría congelado, no se puede robar la infancia impunemente. Un placer leerte.

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