PLANETA PANTÓN (por Mercedes de Miguel)

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Lugo es otro mundo. Sus habitantes no conocen la prisa ni el agobio; mucho menos el estrés. Son gentes contemplativas, cuya principal distracción es quedarse extasiados ante un bello paisaje —aunque estén hartos de verlo— e interceptar a cualquier turista que intuyan mínimamente despistado para enterarse de su vida y milagros y, por supuesto, alabar las excelencias de su incomparable tierra. Si es preciso, al turista que preguntó al lugareño cómo se va a tal sitio, le hará bajar del coche para apreciar las maravillosas vistas y ofrecerle un copazo de aguardiente. Esto fue lo que nos ocurrió una vez, al pasar por el Cañón del Sil, de camino a Ferreira de Pantón.

Habíamos tomado una desviación de la carretera principal para visitar el Monasterio de Santo Estevo y nos perdimos al retomar la ruta hacia el Balneario-golf sito en Ferreira de Pantón. Un hombre tocado con boina y cayado se encuentra apoyado en la baranda desde la que —a una altura considerable— puede verse el recodo del Sil perdiéndose en la montaña. Estacionamos el coche en la explanada a las 11,30 de la mañana y el buen hombre no nos deja marchar hasta las 13,30. Tan pronto apagamos el contacto del motor se acerca renqueante y con una amplia sonrisa en el rostro. Le falta tiempo para decirnos que nos llega y nos sobra con ver lo que desde allí se divisa, puesto que es lo más bonito del mundo. Ciertamente lo es.

Agotada la conversación acerca del bucólico entorno y cuando nos despedimos para dirigirnos al coche de nuevo, hace un gesto con la mano libre del bastón para impedirlo, bajo pretexto de que antes nos quiere dar a probar algunos de los licores que él mismo destila en su bodega. Rehusamos cortésmente, alegando que tenemos que conducir y no debemos probar una gota de alcohol, pero insiste tanto que no nos queda otro remedio que seguirle al lagar.

Sin darnos opción a negarnos otra vez, abre una botella de aguardiente de hierbas y nos tiende unos chupitos que, en realidad, son unos tazones de cuarto de litro… y hay que bebérselo. Él se sirve otro y hace un brindis.

Me habían hablado del fulminante efecto del aguardiente pero hasta el momento no había conocido sus efectos. Apenas puedo apoyar el recipiente en la mesa, casi dando traspiés ya, cuando compruebo con horror cómo está nuestro anfitrión llenando otros con un licor de color verde parecido al pepeermint, bebedizo que conocía y no me desagradaba del todo, amén de no tener tanta graduación alcohólica. Esta vez, la que hago el brindis soy yo, e incluso me permito darle las gracias silabeando concienzudamente para que mi habla resulte más fluida. Mientras sorbo el supuesto pepeermint y alabo el bonito color obtenido, el atento paisano me saca de dudas explicando que es, más bien, un aguardiente compuesto de algunas plantas —cuyos nombres no consigo retener, a causa, sin duda, del embotamiento cerebral— que le otorgan ese verde intenso. Inmediatamente pienso en un brebaje de meigas, cuya composición secreta guardaría celosamente para sí.

Excuso decir que salimos de allí con una caja de botellas de vino tinto con las que nos obsequió el buen hombre y un colocón monumental.

………………………………………

Después de registrarnos en el hotel a duras penas, decidimos sudar en la sauna el exceso etílico del mediodía para poder salir a cenar en condiciones mínimamente presentables.

Una pareja de aldeanos que se encuentra en la acera, y a los que preguntamos por algún restaurante, nos recomiendan uno sito frente al Ayuntamiento. La risa floja aún no se nos ha ido del todo cuando la maestresala nos conduce al comedor, cuyo frontal está decorado en rayas longitudinales grana y oro, dignas de servir de telón de fondo al trono de Lancelot, como poco. O a una caseta de feria sevillana.

Pronto asumimos que el carácter pachorrón y contemplativo de las buenas gentes lucenses se hace extensivo al ámbito de la restauración, porque la mujer no hace más que dirigirse a una mesa y preguntar qué van a tomar los comensales y, en lugar de —camino a la cocina—, anotar las comandas de las otras mesas, se va y regresa a por más encomiendas. Noto como mis venas comienzan a entrar en un punto de ebullición peligroso y así se lo participo a Mon, que, conocedor de la idiosincrasia de la región, me sugiere calma y paciencia, porque el ritmo por estos lares es diferente al del resto del mundo. «Esto es Planeta Pantón», dice, en una de sus frases luminarias.

Estoy a punto de regalarle a la mujer mi libretilla Moleskine —para que aproveche el paseo anotándolo y no intentando servirse tan solo de su memoria—, cuando aguzo el oído mientras canta en la mesa de al lado el menú del día. De entre todo ello me quedo —desechando las diversas carnes que ofertaba— con el bacalao a la brasa y los chipirones encebollados, así que tan pronto viene para ver qué vamos a beber, aprovechamos ya para pedir los platos, que se hacen esperar como una novia en su boda. Mientras tanto, Mon me cuenta de sus vacaciones cuando era pequeño, en un pueblecito de la mariña lucense, en casa de los tíos de un amigo suyo. Habían acogido estos a un hombre que no tenía dónde caerse muerto como a uno más de la familia, costumbre habitual en muchos lugares de Galicia. En las noches veraniegas, Mon y los demás chicos no conocían otra diversión que esperar la actuación estelar del susodicho, que tocaba el violín.

¿Y cómo lo tocaba? —pregunto, dando un sorbo a la caña.

Mal —contesta Mon con una sonrisa, para luego apostillar—: Muy mal, de pena.

Aprovechando que la mujer vuelve de la cocina con una bandeja que deposita en la mesa de detrás, pedimos dos cervezas más para engañar al estómago, que ruge ya nervioso.

Me resulta chocante que sirvan una fuente de bizcocho como entrante a nuestros vecinos, pero, después de fijarme bien, descubro que en realidad se trata de tortilla de patata.

—Ah, ¿no era bizcocho? —pregunta Mon, atónito, cuando se lo comento.

—Pues no. Eso creía yo. Mala pinta tiene la tortilla, oye.

La jefa de sala me pregunta si el bacalao lo quiero con patatas. Esbozo un gesto de perplejidad que encierra un «por supuesto», y quiere saber entonces si cocidas o fritas. Después de pensármelo unos segundos, respondo que cocidas. Me mira, frunce el entrecejo y sentencia con gesto serio: «Eso puede demorarse un poco… Diez minutos, más o menos».

Le devuelvo la mirada de John Wayne y acepto el reto. Al fin y al cabo, diez minutos no son nada, comparados con la hora y media que llevamos esperando.

En la mesa junto a la nuestra se acaba de sentar Popeye. «No, es el capitán de Tintín», me dice Mon, «solo que este no ha visto el mar en su vida».

Veo al capitán de Tintín esbozar una sonrisa de felicidad suprema al enfrentar su vaso de vino rebosante e intuyo que al llevárselo a los labios se le va a verter. A su vera, la botella casi intacta, a la que mira con lujuria.

Los chipirones están realmente sabrosos, no así mi bacalao, que de tan grueso no ha desalado bien. Adivino la nochecita toledana de sed que voy a sufrir en breve.

Cuando la mujer todoterreno se acerca para preguntar qué tal está todo, le digo que bien, aunque un poquito salado. Mon ha tenido más suerte con sus huevos fritos con chorizo: todo un clásico que nunca falla.

—Claro, es que eran unos trozos muy gordos —se excusa, como si con ello ya justificase el no habérmelo advertido antes de pedirlo.

Bajo pretexto de bajar la cena, nos tomamos un gintónic en el hotel antes de acostarnos, y luego, tal y como preveía, hago sucesivas incursiones al cuarto de baño para calmar mi sed. Los de la habitación de al lado también deben de tener problemas parecidos, porque jadean como si estuvieran en el desierto, en especial ella. Este hotel tiene las paredes como de papel.

A la mañana siguiente, en el desayuno, noto alguna risilla dirigida hacia mi persona: está claro que me han confundido con la otra sedienta…

 

3 comentarios to “PLANETA PANTÓN (por Mercedes de Miguel)”

  1. Jajajajaja, muy bueno, un poco exageradillo si que es el asunto, los gallegos nos enrollamos mucho, nos gusta agasajar a la gente que va y comentarle todas las esencias del paisaje y es que la verdad, es asi. En Galicia no se sabe lo que son unas vacaciones de locos que hay por el Mediterraneo, que no parecen vacaciones, si no que parece una carrera a contrareloj, como la continuación de la vida en la ciudad. En Galicia aun existe la paz y la tranquilidad de unas buenas vacaciones

  2. Muy divertido.
    Me ha gustado mucho Lugo…je,je…Aún sin conocerlo😉
    Gracias por tu aportación, guapa.
    Muackssssssssss.

  3. Me ha gustado esa “tajada” generosa e imprevista incitada por esos amables lucenses. Ha sido divertido. Me ha gustado. Gracias, Mercedes.
    Un abrazo.

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