LA CIUDAD DEL VIENTO ( por Alex Moure )

North Michigan Avenue se extiende ante mis ojos en su bullicioso esplendor. Los edificios se alzan hacia el cielo flanqueando la avenida. Una serpiente de taxis multicolor se arrastra sobre el asfalto. Los hay de todos los colores, excepto amarillo. Estoy en la esquina de East Delaware Pl, a escasos veinte metros de la entrada de la Hancock Tower, uno de los centinelas que enmarcan el skyline de la ciudad del viento. El otro, bastante más al sur, es la Sears Tower.

Dejo a mi izquierda Water Tower Place y comienzo a andar hacia el río Chicago, sin prisas, deleitándome con la luz del sol que golpea los escaparates de las tiendas que envuelven The Magnificient Mile. Apple, Nike, Gap, Hershey’s, H&M, Macy’s. Están todas aquí. A mitad de la avenida, hay un Starbucks. Entro y pido un capuccino “to go”, con él en la mano, reemprendo el camino y me enciendo un cigarro para acompañar.

El paseo me trae recuerdos de mi visita anterior, y al igual que en aquella ocasión, percibo algo en el aire. Hay algo mágico en esta ciudad. Con sus enormes edificios diseñados por insignes arquitectos. Sus amplias y elegantes avenidas, el imponente lago y ese río de un imposible color verde que serpentea entre los edificios del Downtown, y que sirve de sustento perfecto para los restaurantes y terrazas que jalonan su ribera. De algún modo, siempre supe que volvería a esta ciudad. Lo que nunca imaginé es que lo haría sólo.

Me detengo frente a la puerta del Wrigley Building, aún puedo vernos perfectamente en mi cabeza haciéndonos fotos en su interior. Al otro lado de la avenida se eleva el edificio que aloja el Chcago Tribune, y frente a mi, el puente levadizo sobre el río que une la avenida.

Me dirijo hacia allí.Quiero acercarme a Millenium park. De pronto me doy cuenta de que estoy haciendo exactamente el mismo recorrido que hicimos juntos la vez anterior. Aunque esta vez prefiero no hacer el viaje en barco y en su lugar comienzo a cruzar el puente que oscila con el paso de los coches. Tampoco entro en el Hard Rock Hotel, que me saluda desde la derecha en cuanto piso de nuevo tierra firme. Continúo avanzando hacia el sur y cruzo la avenida cuando estoy frente al parque. Cuando alcanzo la acera al otro lado estoy justo en frente de Cloud Gate. La famosa escultura con forma de gota de mercurio, en la que se refleja el deformado Skyline de North Michigan Ave. Un poco más allá se puede ver el azul infinito del lago que da nombre a la avenida y vida a la ciudad, salpicado por los mástiles de los barcos que se mecen en el puerto deportivo. Prefiero no acceder al parque y sigo bajando hacia el sur. Paso de largo Crown Fountain mientras observo como los enormes monolitos escupen agua a través de la boca de un joven asiático proyectado en las pantallas. El efecto es impresionante. Niños de todas las edades chapotean en el enorme charco que se crea entre ambos monolitos.

Empiezo a pensar que quizás no ha sido buena idea realizar este trayecto. Los recuerdos son tan vívidos que empiezo a no poder soportarlo.

Alcanzo la esquina de Monroe St. Ante mi se alza el Art Institute of Chicago. Una nueva oleada de memorias sacude mi cerebro. Decido cruzar de nuevo la avenida y adentrarme en el Loop por Monroe. Comienzo a andar mientras contemplo a lo lejos la estructura metálica del tren elevado que recorre el centro de Chicago. Desde aquí, da la sensación de que la estructura está tratando de mantener unidos los edificios.

Llego a Wabash Ave y cruzo bajo el rojizo armazón que se extiende a lo largo de toda la avenida. Es una imagen que a la retina le cuesta olvidar, y que otorga al “downtown” de Chicago un aura un tanto futurista y a la vez decadente. La práctica totalidad del centro está construida en dos niveles. Si no son las vias del tren elevado, son calles subterráneas que ese extienden varios kilómetros bajo el asfalto de la ciudad.

Justo en la esquina hay un café. Tiene terraza, así que decido sentarme a tomar algo fresco. Después de pedirlo en el interior, me siento en una de las mesas de la terraza, de espaldas al cristal, para poder contemplar a los trenes pasar sobre mi cabeza. Le pego un buen trago a mi té helado y repaso los aconteciemientos de hace un par de noches. Acontecimientos que me han llevado a estar aquí sentado, sólo, observando el tren que se aproxima a la estación, en el centro de una de las ciudades más mágicas del mundo.

Cuando aparto la vista del tren elevado, la veo allí sentada. Está en la esquina opuesta de la terraza. La mirada fija en el libro que descansa sobre sus piernas cruzadas. El pelo negro detrás de la oreja acariciando su cuello. Entonces levanta la cabeza. La mirada perdida en Wabash Avenue. Después se gira un poco a la derecha y me ve. Se queda mirándome. Fijamente. No logro distinguir emoción alguna en sus ojos. No digo nada. Ella tampoco. No puede. En realidad no está ahí. Cierro los ojos unos segundos y cuando los abro se ha ido.

Deposito el vaso vacío en la papelera y comienzo a caminar por la avenida hacia el norte. Aunque sé que no es posible, la busco inconscientemente con la mirada en cada mujer que me cruzo o veo salir de una tienda. Incluso me giro hacia la terraza de nuevo. Sé que no puede estar ahí, y de hecho no está. En realidad, pienso, ni siquiera me importa. Ella ya está muerta. Al menos para mí.

Alcanzo Wacker Drive y de nuevo su visión me paraliza. El bulevar se extiende a lo largo del río flanqueado por algunos de los edificios más imponentes de la ciudad. Miro a la izquierda y puedo ver de nuevo la estructura del tren elevado adentrándose en el Loop por Wells Street. Cruzo y me asomo al río Chicago. Su color verde me atrapa. Pienso en ella y me juro que será la última vez. Y me hago el firme propósito de olvidarla para siempre.

Tras unos minutos hipnotizado por el agua, comienzo a andar convencido de que, aunque ahora mismo no es así, algún día volveré a ser feliz. De que en realidad no la necesito. Sé que en algún momento reiniciaré el camino. Que la vida deja muescas en la piel, pero sigue. Que lo que vas dejando atrás mientras avanzas, lo que pierdes, es lo que te convierte en quien eres.

Convencido de que dejaré olvidado su nombre en la Ciudad del Viento.

 La Ciudad del Viento_recorrido

N.d.A : En realidad las aguas del río Chicago no son de color verde. Al menos no todo el tiempo. Las tiñen en ocasiones especiales. No obstante, he decidido teñirlas en beneficio del relato.

Una respuesta to “LA CIUDAD DEL VIENTO ( por Alex Moure )”

  1. muy bien detallado, me ha gustado mucho este paseo por la ciudad del olvido!!!

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