DESECHABLE

BOOTS (2)

Nací para mandar, para dominar. Me gusta sentir que tengo el control, que soy respetada, que nadie ni nada puede subyugarme. Imposible imaginar siquiera lo contrario porque entonces no sería yo, sería alguno de los otros, pertenecería al grupo de los débiles, de los subordinados. Es sencillo: Yo estoy aquí, ellos están allá. Todo tiene que ser tal y como previamente he planificado, no soporto los imprevistos.

El físico es una carta de presentación, para bien o para mal. El mío es el que corresponde a una persona de carácter. Mis rasgos son fuertes y  me satisface exagerarlos. Cuando dejo a un lado el papel de niña buena, ese que tanto aborrezco pero que tengo que ejercer puntualmente de cara a la galería, me esmero con el siguiente  ritual: Cardo con exagerada dedicación mi salvaje melena azabache, maquillo con polvo de arroz un rostro ya de por sí níveo, perfilo mis párpados hasta lograr una peligrosa mirada felina que intencionadamente lo dice todo y, casi para acabar,  doy un toque de rojo carmín a una boca que apenas habla porque no  necesita expresar nada más allá de cuatro ordenes claras y concisas. Continúo la puesta en escena enfundándome en un frío body de látex que se adhiere a mi piel hasta completar mi auténtico yo, y ya para rematar, dejando momentáneamente a un lado el látigo de siete puntas que más tarde se convertirá en una  prolongación de mi ser, calzo mis botas de cuero negro de caña alta y tacón de aguja de veinte centímetros.

Es excitante sentirse superior cuando ellos suplican clemencia lloriqueando bajo mis pies mientras ambos disfrutamos. Son tan dóciles, tan encantadoramente complacientes… Les ajusto una correa al cuello y se dejan hacer. Son tal y como deseo.

No me gustan las concesiones y nunca hasta entonces las había hecho, porque soy la que lleva las riendas, la que mando, pero con él tuve una deferencia… ¡Estúpida de mí, por primera vez me equivoqué!

Soy “Lady DeaDomina”.  A mis amantes les insto a que me llamen así pero al último quise sorprenderle, tal vez porque le percibí más indefenso que al resto, y le permití un par de licencias: La primera, elegir el que sería mi nombre durante aquella noche; la segunda, decidir algo novedoso para ese juego que estaba a punto de comenzar. Su reacción fue encogerse de hombros simulando resignación, algo que me hizo gracia, aunque me contuve y no esbocé ni una sonrisa. Nunca  flaqueo. No me lo permito.

Sean era joven, alto, y delgado en extremo. Parecía muy sumiso. Me gustó.

 Desde el primer momento le indiqué cuales eran las normas, mis normas. La más importante de ellas era que, al igual que todos mis siervos, tenía prohibido mirarme directamente a los ojos.

 Fijando sus pupilas en el suelo y con  un notable  tono de voz masculino mi amante confesó que su fetiche eran las botas. Te llamaré “Boots”- dijo sin dudar. Asentí con la cabeza dando mi aprobación. <<¡Qué poco original va a resultar este último entretenimiento!>> – pensé. Un tanto airada porque intuí que me aburriría con aquel jovenzuelo, encaminé mis pasos hacia la cocina. Él me siguió como todos, como un perro. Una vez allí abrí la puerta de la despensa permitiéndole que señalase algo del armario. No dudó, eligió la miel. Me pareció una buena idea. Cogí un bote y le obligué a esparcirlo por el suelo. Tal y como era de suponer, obedeció. Me situé sobre ese charco amarillento, denso y viscoso, y separé las piernas hasta formar un ángulo aproximado de cuarenta y cinco grados. Mi esclavo comenzó con su trabajo, que no era otro que lamer mientras yo supervisaba su labor. Según las órdenes que previamente le había dado, debía quedar todo reluciente, incluidas mis botas. Era lento, meticuloso, se recreaba y su forma de hacer me estaba poniendo a mil pero, transcurrido un tiempo que me resulta difícil de calcular, vi en su rostro una mueca de desagrado, o tal vez fuese de cansancio, y aquello me enojó. Tras propinarle un número indeterminado de latigazos, tiré con fuerza de la correa -quizás con demasiada fuerza- y fue entonces cuando Sean  incumplió lo pactado. Levantó la cabeza y me miró a los ojos con desafío, algo que me enfadó muchísimo porque nunca antes nadie se había atrevido a desobedecerme.  Estaba claro que con él todo iba a ser distinto.

-No me ha gustado ni lo que has hecho ni cómo lo has hecho, “Boots” – dijo en un tono tan brusco que me encendió aún más.

-No me interesa saber qué te gusta ni cómo te gusta. Odio lo que estás haciendo ahora. Este no era el plan. ¡¡ No vuelvas a poner tus pupilas en las mías o lo pagarás caro!!  Te castigaré y seré dura…Muy dura.-  Intenté zanjar el tema  poniendo a cada uno en el sitio correspondiente: A él a ras de suelo y a mí a veinte centímetros más allá de mi metro sesenta y seis.

Sean, contrariándome una vez más, se puso en pie. Era más alto que yo y sé que con aquel gesto intentó intimidarme. Se confundió si supuso que me iba a debilitar al pensar que aquella partida se me estaba yendo de las manos porque, lejos de hundirme y pensar que mi sirviente había cogido cierta ventaja, me crecí y se reafirmaron mis ganas de triunfo. Continuó retándome y, en un momento dado, osó acercar sus labios aún impregnados en miel  a mi rostro. Comenzó a lamerlo mientras con su mano izquierda tiraba de mi pelo hacia atrás. Me repugnó su acto. Aunque por un lado admiré en silencio su valentía, por el otro, por el importante, deseé matarle. Lo que comenzó como un juego derivó en una especie de lucha entre nosotros en la cual la agresividad y la ira llegaron a su máxima expresión. Él estaba muy excitado.  Me empujó y caí de espalda quedando indefensa y prácticamente adherida al pavimento. Él se abalanzó sobre mí y comenzó a mordisquear con una rabia desmedida cada parte de mi cuerpo buscando  mi dolor físico, pero sobre todo el psíquico…Y me hacía daño, mucho daño, demasiado. La furia se apoderó de mí nublándome la vista, vi todo negro y, por última vez, tiré de su collar…Fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte… Ahora la  excitada era yo.

Tras dejar a un lado aquel momentáneo tono  rojizo que tan poco me favorecía,  recuperé mi blancura habitual y los jadeos se transformaron de nuevo en una respiración serena. Él, pobre desgraciado, fue incapaz de hacer ninguna de las dos cosas, así que me quité de encima su cuerpo inerte que, para mi sorpresa, pesaba más de lo que suponía. A pesar de que llegó a confundirme Sean resultó ser, como todos,  un fracasado más.

                                                                            *************************

Mientras me despojaba de mi auténtica piel una amplia sonrisa se dibujo en mi duro rostro – ahora sí me lo permití- y pensé: Con “Lady DeaDomina” se juega de acuerdo a sus normas, de lo contrario se pierde siempre. Ese es el trato.

 

 

6 comentarios to “DESECHABLE”

  1. ricardocorazondeleon78 Says:

    Me gusta. Me decepcionó que no terminase ella suplicando ardorosa a sus pies pero hubiera sido demasiado cliché. Me gusta cómo has tratado el tema tan desconocido hasta las 50 Sombras de Grey, y que sigue sin conocerse.
    Enhorabuena, Linda. Me ha encantado imaginarte con esa ropa. Mamma mía!!! Debes estar guapísima.
    Un abrazo muy fuerte.

  2. Como siempre impresionante……no tengo palabras.

  3. Excitante… y sobre todo con un final inesperado, que puede quedar abierto a cualquier continuación.

  4. Muy bueno Linda, un tema siempre interesante, bien llevado. Nos haces pensar en ti como protagonista de la escena, lo cual no esta nada mal. Conociéndote el final es predecible, hasta benevolente diría yo.
    Felicidades Besooosss

  5. Extraordinario Linda……eres un crac. Me da mucha rabia de . (cuando yo era joven) no haber tenido tu fuereza e inteligencia, para expresar las cosas como tu lo haces..Bueno, una (con sus limitaciones hace lo que puede, que es poquisimo). Pero me en canta lo que escribes. Éste lo he pillado gracias a Pacolo que nos lo ha acolnsejado p0ara que no dejaramos de leerlo. Besooooos mil.

  6. Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios.
    Un besazo.

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