¡Marina existe! (por M.A Molina)

Habían pasado ya más de cincuenta años cuando volví a mi pueblito natal. Lo hice por ti. Por nuestros recuerdos. Jamás pude olvidarte. Marina. Ese nombre siempre me ha hecho temblar. Recordaba tus pecas y tus dos trenzas, largas, esas que tu abuela trenzaba cuidadosamente todas las mañanas. Tus ojitos negros, pequeños, rasgados, delincuentes en la mirada. Nuestros paseos cortos al barranco de detrás de casa para cogernos de la mano y sentir el rubor en nuestras mejillas. Y aquel beso suave en los labios,,casi sin rozarnos. Nuestro único beso, justo antes de decirnos adiós. Soñamos con escribirnos largas cartas y no olvidarnos jamás. Lo primero nunca lo hicimos, lo segundo, puedo afirmar que al menos por mi parte ha sido así. Por eso decidí volver y buscar a esa niña que me volvió loco cuando era pequeño.
Paseé por todos nuestros rincones. Me acerqué a la puerta de tu casa, que se había convertido en un hipermercado. Aún sabiendo que era una misión perdida pregunté si sabían algo de ti, de los antiguos dueños de ese edificio, dije tu nombre. Nadie te conocía. Llamé a la casa de al lado, donde vivía la tía Teodosia, la que siempre nos hacia pasar a su casa para darnos melón fresco, y pregunte por ella. Hacia ya treinta años que había muerto. en su casa ahora vivían unos nietos que jamas habían oido hablar de ti. Para ellos al lado ,siempre, había habido un hipermercado.
Fui a nuestro columpio. Ahora había un parquin y muchos coches. Pero imaginé entre los ruidos de motores tu risa mientras te empujaba y me decías : “¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más alto!!!”
Mis ojos se humedecieron.
Seguí en mi camino hacia ti.
Mi siguiente estación sin fruto fue nuestro colegio. Las clases de Doña Maritrini se habían convertido en apartamentos y nuestro recreo en una piscina. Al menos ahí jugaban niños a esconderse bajo las toallas y cogerse la mano. Eso hizo que sonriera y que el corazón me palpitase fuerte.

corazon arbolLlevaba horas caminando. La calle Ancha, la plaza del Carmen, las escaleras al callejón de los besos. Sin rastro de ti.
Cuando llegue a la entrada del parque Ideal, abatido, triste y cansado, me senté en el banco de la entrada. Viejo y ajado como yo. Necesitaba descansar y asumir mi derrota. Llegué a pensar que fuiste una alucinación. A veces los recuerdos son traicioneros. Igual nunca te llamaste Marina, nada mas que en mi memoria y en la espuma de las olas de la playa de aquel pueblo donde nací y donde ya nada era como recordaba. No se cuanto tiempo estuve sentado, soñando despierto lo mejor de mis recuerdos, pero el frío al caer la tarde me recordó que aún no había comido y que era hora de recogerse. A la mañana siguiente tenía que volver a Barcelona, mi residencia desde que me fui de tu lado.
El estomago me crujió y me sentí mareado. Tuve que apoyarme en un árbol y cerrar los ojos unos segundos para intentar no desplomarme. Fue al abrirlos y retirar mi mano cuando lo vi. Un corazón con una flecha y tu nombre, Marina, y el mio, Lolo, grabados con fuerza en la corteza de aquel árbol. Entonces te hiciste real, aunque yo no te haya encontrado. De entre todos los recuerdos ese día que hicimos pellas en el cole y fuimos al parque y con el capuchón de un boli nos dejamos el resto tatuando un corazón en la corteza de aquel árbol lo había olvidado. Puede que tengan razón los médicos cuando me dicen que estoy perdiendo la memoria. Pero exististe Marina y existes. Y aunque jamás te haya escrito y la memoria me falle, no lo hará mi corazón.

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