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Tal vez el otoño

Posted in Relato Libre Elo with tags , , , , , , , , , on Jueves, 24 \24\UTC noviembre \24\UTC 2011 by guttaelo

-El tiempo todo lo cura.
-Paciencia, ha sido un golpe muy duro.
-Haz que salga de casa, que respire el aire limpio del bosque, mimale un poco y verás como se acaba reponiendo.
No se cuantas veces he oído la misma cantinela de unos y otros desde la muerte de mi madre, tal vez tengan razón y lo que necesita papá es que le cuiden con la misma paciencia y mimo con la que él cuidó a su amada esposa durante la larga enfermedad.
Desde que tengo memoria recuerdo a mi madre enferma, de hecho la primera imagen que me viene a la memoria es verla recostada en su sillón, con los ojos cerrados, la mano en el pecho y suspirando. Nadie sabía lo que le pasaba, tenía todas las enfermedades y ninguna.
Mi pobre padre ha pasado los últimos 30 años visitando consultas médicas esperando una respuesta, algo que diera con el tratamiento adecuado, una cura para esa mujer a la que tanto quería y por la que se había desvivido.
Era maestra, se casaron justo el mismo año en que ella acabó la carrera, se veía a si misma destinada en un pequeño pueblo y rodeada de niños recitando la lección. Pero mi padre la convenció para que esperara, él ya era mayor y quería tener hijos lo antes posible así que lo mejor era dedicarse a esa labor, mientras antes tuvieran un hijo y pasaran los 6 primeros años en que una madre ha de dedicarse por entero a su crianza, antes podría salir de casa y trabajar.
Creo que hay que querer mucho a una persona para postergar tantos años su gran ilusión, mi padre estaba chapado a la antigua y supongo que ella en el fondo también, entre eso y el amor la decisión estaba tomada así que esperó.
No tardé mucho en llegar, a los dos años de casarse nací yo y tal como tenían acordado mi madre se dedicó por entero a cuidarnos a papá y a mi.
Todo iba bien los primeros años en los que según me cuentan mamá rebosaba energía y vitalidad, pero cuando cumplí los cinco años todo empezó a cambiar, mi madre empezó a sufrir molestias gastrointestinales cada vez con más frecuencia, al principio no le dieron importancia pero con el tiempo se hicieron tan seguidas que empezaron a preocuparse, aquello la dejaba agotada y muy débil, estuvo todo aquel otoño sin poder salir de casa y sin ganas de hacer nada.
Y así cada otoño, uno detrás de otro volvían las crisis invariablemente, en primavera y verano se recuperaba bastante pero en cuanto llegaban las lluvias volvía a recaer con mas virulencia aún.
Debido a aquella enfermedad no pudo cumplir su sueño de dedicarse a la enseñanza, desgraciadamente su mal aparecía justo en pleno curso escolar así que se resignó a tenerme como única alumna aunque con el tiempo ni eso podía hacer, lo que fuera aquello que la carcomía por dentro la sumía en un letargo cada vez mas prolongado.
Mi padre le procuraba los mejores cuidados, la mimaba e incluso contrató a una señora para que la ayudara con las labores de la casa. Cuando cerraba la notaría iba directamente a casa y se sentaba junto a ella a leerle en voz alta algún libro mientras ella escuchaba con los ojos cerrados.
Pero sus cuidados no daban el fruto esperado y mamá poco a poco se fue apagando, el médico decía que no podía hacer nada por ella, lo habían probado todo y solo recomendaba paciencia a la espera de que algún nuevo descubrimiento científico aportara un poco de luz. Lamentablemente todo se complicó, empezaron a fallarle los riñones y mamá murió por fin este verano.
Desde entonces mi padre vaga por la casa sin rumbo, se sienta en su sillón y continúa leyendo en voz alta como si ella aún estuviera escuchándolo, le oigo hablarle bajito preguntando porqué se ha ido y le ha dejado solo. Me da mucha lástima verle así de hundido, por eso he decidido no empezar este año la universidad, no quiero dejarlo solo en esta casa, tengo miedo de que se aferre al fantasma de mi madre y continúe como si ella estuviera aquí.
Le dije que me tomaba unos meses de descanso, que no tenía la cabeza para estudiar, no quería que se sienta culpable por mi retraso en los estudios y le diera por pensar que se convertía en un lastre para mi. Voy a estudiar magisterio como mi madre, cumpliré su sueño por ella y a rodearme de niños recitando la lección, sé que estará contenta de mi decisión.
Papá está mucho mejor, mas alegre y contento e incluso ha vuelto a pasear por el bosque en busca de setas como cada otoño; tiene buen ojo para las setas y según mi madre las cocina como nadie, a ella le encantaban y por eso él en los últimos años las preparaba en conserva para que ella pudiera comerlas todo el año, tenía algunos botes bajo llave para asegurarse de que se guardaran para ella, hasta ese punto llegaba su obsesión por cuidarla y darle el menor capricho.
Yo nunca las había probado porque según él cada año se encontraban menos de aquella variedad y eran las que mas le gustaban a mamá, pero ahora que no está las cocina para mi y me las como encantada solo por ver su cara de felicidad al ver como me parezco a mi madre hasta en los gustos culinarios.
Cada día me alegro más de haber pospuesto mi marcha porque llevo mas de un mes enferma, al final mi padre hizo venir al médico y me temo que he heredado la mala salud de mi madre. He visto como se miraban sin hablar y al preguntar qué tenía su respuesta ha sido como una sentencia : tal vez el otoño.

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El Colacao

Posted in Especial Lamedores, Literatura, Relato Libre, Relato Libre Elo, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Domingo, 30 \30\UTC octubre \30\UTC 2011 by guttaelo

Ay Señá Emilia, un disgusto detrás de otro, esta hija mía me va a matar, y si no me mata ella, me mata mi marío, pero a este paso, yo a la Navidá no llego.
Se acordará usté que allá por abril se me puso malita, que entre estornudos, moqueos y picores, la pobre se me consumía, que hasta las ganas de comer se le quitaron a la chiquilla y lo único que le entraba en el estómago eran los colacaos, que hasta usté me preguntó que qué hacía con tanta lata, que si me lo comía o era por hacer la colección. Que por cierto y antes que se me olvide, a ver si me pué traer la de las flores, que me cogió la vez la Engracia la del Jacinto y no consiente cambiarmela.

Bueno, a lo que iba, que le escribí a mi prima la de la capital contándole el problema, ella habló con una vecina que por lo visto está mu enterá de estas cosas porque su hijo se ponía igual cuando vivía en el pueblo y por las mismas fechas, desde que se lo llevó a la capital no le pasa, total, que se entiende que el cambio de aires les cura la moquera y que toa la culpa la tiene el campo.
Así que pa casa mi prima que mandé a la niña a que pasara el verano con el encargo de que ya que estaba allí, a ver si de paso me la espabilaban, que ya sabe usté que tó le da miedo y vergüenza, que no pué ser que con veinte años todavía no se hable con ningún muchacho ni se le conozca trato con los mozos, ni con las mozas, porque ahora que lo pienso, ni una amiga tiene la pobre, siempre sola detrás de mis faldas como si se la fueran a comer.

En fin, que yo estaba mu contenta y ufana porque se acordará que me escribió allá por el día de Santa Marta, contándome que estaba mu bien de salú, que ya ni moqueaba ni tenía picores, que se había echao una amiga y que paseaban cada tarde, iban al cine y se lo estaba pasando mu bien, que si se podía quedar hasta que pasara el día de la Virgen de agosto, que allí también eran fiestas y de camino ayudaba a mi prima con los niños, que tiene cinco o seis, quizá siete, ya perdí la cuenta, la coneja la llaman porque parece que los tiene de dos en dos.

Claro está que la dejé, daba gloria verla con esa alegría con que contaba las cosas, esos ánimos que nunca le vi, si hasta desparpajo parecía que había echao desde que estaba allí.

Cuando volvió y la vi bajar del coche de linea parecía otra, estaba mas gordita, con aquel vestido nuevo que le habían regalao sus amigos nuevos por su cumpleaños, con la melena suelta sin aquella coleta que le deja las orejas al aire, que mira que ha tenío mala suerte la pobre al sacar las orejas de su abuelo en paz descanse, mu buen hombre y mu trabajador que era mi suegro, pero mas feo que un dolor, que se ponía el puro en la oreja y allí se quedaba sin miedo a perderlo por mas que se moviera el hombre segando.

Ay, tan contenta que estaba yo con aquel cambio, pensando que así, mas arreglaíta, mas moderna y echá p’alante algún mozuelo le pediría relaciones y no se quedaría pa vestir santos, que si seguía tapandose las orejas con el pelito y se paseaba por la plaza con ese contoneo que le había enseñao la amiga, alguno caería.
Pero conforme pasaban las semanas se iba apagando otra vez, ya los mocos no eran culpa del campo, ahora era otra cosa, cada vez que llegaba el correo y no había ná pa ella se iba en lloros. Por mas que le preguntaba no soltaba prenda, otra vez sin ganas de comer, otra vez a base de colacaos pero cada vez mas gorda. Y ahí ya mi marío se puso serio, porque el colacao alimenta, pero aquella gordura no era normal por mas quilos que se tragara.
Pos resultó que si que era normal la barriga, preñá que me vino de la capital, que no quiera saber usté lo que llegó a decir mi marío de mi prima, que si la culpa es de ella, que si no estuvo pendiente de las compañías de la niña, que si se veía venir, que claro, como iba a estar por la niña si solo pensaba en traer conejos al mundo, en fin, desvaríos que mejor no contar por no aburrir.
Mi Eusebio quería plantarse allí a buscar al padre de la criatura pa traerlo de las orejas a casarse con la niña, y ahora viene lo mas gordo, es militar, pero no de aquí, de los de las américas y andaba de paso por la base, y pa acabarlo de rematar, no se acuerda ni del apellido ni de donde le dijo que era, cosa normal con esos nombres tan raros y complicaos que se gasta esa gente, que parece que ni se entendían porque la niña de americano ni papa y el otro de español menos, así que no se que le enamoró si ni conversación tenían. Lo cariñoso y la sonrisa dice ella y que era el primer mozo que le hacía fiestas. Le dió la dirección del pueblo en un papelillo esperando que le escribiera pero ni una carta llegó, claro que el pobre no habrá escrito porque no sabe, que esa es otra, si ni sabe hablar menos sabrá escribir la criatura.
Y aquí me tiene, paseando al Colacao a ver si le compro un abriguito pa cuando llegue el frío, que ha salío grandote y crece fuerte como un roble el mozuelo, mu buen niño, obediente y tranquilito como su madre, lástima el color, claro que la culpa es mía, por eso el disgusto es mayor, ya me lo decía mi Eusebio, tanto colacao no es bueno, y tenía razón, de lo que se come se cría y por algún lao había de salir, concentrao, negro como el tizón ha salio el niño, por eso aunque Don Ramón el cura le puso Luís, pa nosotros siempre será el Colacao.

31 Días

Posted in Especial Lamedores, Relato Libre with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 8 \08\UTC octubre \08\UTC 2011 by guttaelo

Un mes, simplemente 31 días bastaron para cambiar mi visión de tantas cosas. En un solo mes mi pensamiento, mi percepción, mi alma, descubrieron un mundo hasta ahora ignorado, el del amor.
Por mi vida han pasado muchas novias, unas estuvieron dos meses, otras un año, la que más duró supongo que fue la que mas me quiso, cuatro largos años de convivencia, años de ilusiones rotas, de decepción y paciencia, de reproches al principio callados, con el tiempo envueltos en lágrimas y por último con rabia. Jamás comprendí sus quejas, por más que intentara entender qué hacía mal y remediarlo, no daba con la fórmula. No me quieres, decía, si me quisieras no serías tan insensible a mi dolor, tu no sabes lo que es querer. Y tenía razón, ahora lo se, el amor no era aquello que yo sentía, no es cariño mezclado con sexo, no es simplemente ir a vivir con una mujer que te gusta y te cae bien, es algo mucho más complejo, algo tan difícil de explicar…
Cuando por fin me dejó sentí alivio, un poco de pena por ella pero aliviado por mi, el último año había sido desastroso, oír sus llantos, ver su desgana en todo, esa falta de energía acompañada de dejadez hacia su persona, ya no era la mujer con la que yo quería convivir y hacer cosas. La dejé ir.
Apenas noté su ausencia, el trabajo, los amigos y mi acostumbrada desidia por las cosas de la casa me llevaban de un día a otro sin sobresalto alguno, quizá alguna noche, al notar su hueco vacío en la cama me hacían mover la cabeza en un gesto de “que grande para mi solo”.
El aburrimiento me llevó a buscar unas vacaciones diferentes, cansado de la rutina agencia de viajes-lugar exótico-cuanto mas lejos mejor, en una revista vi una imagen blanca, un pueblecito en el interior con casas encaladas, flores en los balcones y callejuelas de piedra que parecía anclado en el tiempo.
Llegué un mediodía de intenso calor tan cansado de conducir y tan sudoroso que tras una ducha rápida en la pequeña habitación del hotelito decidí posponer la inspección de tan pintoresco lugar a después de una merecida siesta.
Al anochecer di un paseo admirando aquella quietud y buscando un sitio para cenar. Entonces la vi, una chica morena entradita en carnes para mi gusto, de piel bronceada y mas bien feucha venía hacia a mi sonriendo. Mi instinto hizo que me diera la vuelta esperando que aquella sonrisa espléndida fuese dirigida a otra persona, pero no había nadie tras de mi, tierra trágame, he dado con una loca en busca de ligue. Mientras mi mente urdía estrategias para escabullirme de un posible acoso de la que yo presentía la chica menos agraciada del pueblo, mi cara esbozaba mi mejor sonrisa mecánica, ensayada tantas y tantas veces en mi trabajo de relaciones públicas.
No se como fue, qué dijo, qué pasó, pero cuando me di cuenta habían pasado cuatro horas, cena, sobremesa, paseo, charla y despedida con un “quizá volvamos a coincidir, este pueblo es muy pequeño”.
Aquella noche a solas me limité a un encogimiento de hombros al no encontrar explicación al hecho de haber pasado todo ese tiempo con una desconocida que ni me atraía ni tenía nada en común conmigo.
Dos días mas tarde la vi de lejos, sentada en un banco de la plaza leyendo absorta un libro que por el tamaño debía ser el Quijote. Sin pensar acabé sentado junto a ella manteniendo una charla sobre literatura rusa de la que yo no tenía ni idea ni conocimiento alguno y todo hay que decirlo, interés, pero su voz, sus gestos, sus ojos al mirarme, esa sonrisa dulce y llena de inocencia me cautivaban, hacían en su conjunto una mezcla explosiva para mi, la miraba deseoso de no perder ni un detalle de aquel compendio de cosas que me ponían los pelos de punta.
Día tras día la buscaba en aquellas calles, madrugaba con la esperanza de encontrarla temprano y pasar el mayor tiempo posible a su lado, quería saberlo todo de ella pero me daba miedo asustarla, suponía que si no contaba nada por propia iniciativa le molestaría mi curiosidad, al fin y al cabo ella no se había interesado nunca por mi vida, me parecía descortés hacerlo yo.
Fueron pasando las vacaciones entre paseos tranquilos, debates de todo tipo y anocheceres mágicos, me sentía en una mezcla extraña entre euforia y desasosiego que no podía explicar, mariposas en el estómago cuando la veía, sonrisa estúpida cuando me hablaba, pelo erizado si me rozaba, tristeza al despedirnos cada noche, sueños en los que me abrazaba y besaba con dulzura, urgencia por que llegara el amanecer para oler su pelo, ver sus ojos, deleitarme en su sonrisa.
Se acercaba el fin de mi verano, el desespero se apoderaba de mi, dejaría de verla, estaría lejos y mi vida volvería a estar vacía, a oscuras sin aquella luz que la bañaba teniéndola cerca.
Me estaba obsesionando, eso era, una simple obsesión tonta producto de la mezcla entre aburrimiento, días largos y el deseo inconsciente de compañía en un lugar demasiado tranquilo para mis costumbres. Se me pasaría en cuanto volviese a mi rutina habitual, no cabía duda.
La última noche pasó sin darme apenas cuenta, nervioso y aturdido me despedí de ella con un largo y apasionado beso que me salía del alma y me metí en el coche con urgencia, como si el tiempo apremiara y llegara tarde a alguna cita ineludible. Le había escrito mi número de teléfono en un pequeño papel un rato antes, deseando que me llamara y convencido de que cuando lo hiciera mi cabeza, mis tripas y mi corazón habrían vuelto a su estado natural.
De eso ha pasado mas de un año, un tiempo en el que no he pasado un solo día sin estar pendiente del teléfono, pensando en ella constantemente, soñando con aquél único beso, recreando su voz, buscando un perfume que me haga sentirla cerca, sintiendo las mariposas cada vez que creo verla a lo lejos.
Nunca llamó, intenté encontrarla, volví al pueblo, pregunté por ella en cada rincón, recorrí las mismas calles una y otra vez, nada, nos recordaban pero no sabían nada de ella, “lo siento señor” me decían una y otra vez con cara de pena al ver mi desespero.
Ahora se lo que es el amor, ya se de qué me hablan, por fin comprendo el porqué de los llantos, yo también me sorprendo llorando al recordarla cada noche.
Nunca le dije lo que sentía, perdí el tiempo intentando escapar, tal vez si le hubiese dicho aquél te quiero que ahora repito mil veces al día, tal vez mi vida no estaría llena de dolor, ese dolor que jamás entendí y que ahora se ha convertido en mi mas fiel compañero.

FITO

Posted in Literatura, Recuerdos Lamedores, Relato Libre, Relato Libre Elo, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , on Martes, 3 \03\UTC mayo \03\UTC 2011 by guttaelo
Adela y Román formaban la típica pareja de clase media, 5 años de noviazgo, pisito de 3 habitaciones en un barrio en construcción de las afueras y una única meta, vivir tranquilamente sin sobresaltos.
Él trabajaba en una fábrica como supervisor de maquinaria, ella se dedicaba a sus labores.
Cuando llegó Adolfito, su alegría era patente, el primer niño en la familia, el primer hijo, el primer nieto, el primero en todo.
Los primeros meses fueron normales, Fito comía, dormía y era el bebé deseado por todos los padres, jamás lloraba, nunca dio una mala noche, era el bebé perfecto.
Fue más o menos a los cuatro meses cuando doña Pilar, la madre de Román, se trasladó a vivir con ellos una temporada. La pobre mujer sufrió una caída que le había roto la cadera, así que decidieron entre todos que estaría mejor acompañada.
Doña Pilar solo había tenido un hijo, pero había cuidado y criado a la mitad de las criaturas del pueblo, sabía más que cualquier madre o abuela normal sobre el desarrollo de los niños, sería de gran ayuda con Fito.
Mientras le preparaban una habitación para ella, la instalaron en el cuarto del niño.
Adela andaba nerviosa por el piso, preocupada por tenerlo todo impecable, por que su suegra no la viera quieta, desviviéndose por atenderla en su afán de demostrarle que era la nuera perfecta.
Román estaba feliz, ver a su madre allí, con su nieto en brazos cantándole las nanas que tantas veces había oído en su niñez, su querida mujercita tan hacendosa, tan complaciente, siempre perfecta, sonriente y servicial. ¿Qué más se podía pedir a la vida?._Adela querida, ¿has llevado a Fito al médico últimamente?._¿Al médico?, no veo porqué, está bien, nunca ha estado enfermo, come y duerme como un bendito, ¿para qué quiere que le vean doña Pilar?.

_No, no está bien, este niño no es normal, este niño es retrasado o algo le pasa, no llora, no se queja, no sonríe.

_¡Retrasado! ¿como puede usted decir que Fito es retrasado?, es un niño bueno, eso es todo.

Adela no sabía si llorar o reirse de aquella vieja chocha, su hijo era completamente normal, no tenía aquellos rasgos característicos de los retrasados, su suegra estaba senil, eso era, lo hablaría con su marido en cuanto llegase del trabajo.

_Román, espera, no entres todavía al salón, hemos de hablar, tu madre está senil, te aviso, ha empezado a decir tonterías sin sentido.

_¿Pero que dices, qué ha pasado?

_Dice que Fito es retrasado, que lo llevemos al médico. Ay Señor, menuda nos ha caído como empiece a desvariar con cosas así. Yo aprecio mucho a tu madre, pero no sé si seré capaz de ocuparme del niño y de una vieja loca.

_Primero, mi madre no está loca y tampoco es tan vieja. Si dice que el niño no está bien es porque algo le ha visto, piensa que ella sabe mucho de niños, mañana mismo llevamos al crío a que lo miren.

_¿Tú también vas a empezar con lo mismo? Te fías mas de tu madre que de mí, te digo que al niño no le pasa nada, lo que ocurre es que tu madre tiene que mandar, eso es lo que pasa, quiere hacerse notar, meter cizaña. Ya sabía yo que hacíamos mal en meterla en casa, ya me lo decían las vecinas: uf, la suegra en casa, se acabó la tranquilidad, no hay una buena. Y tenían razón por lo que veo.
Al entrar en el salón, Román observó a su madre sin decir palabra, no quería discusiones familiares, no le diría nada delante de Adela, nunca la había visto alterada de aquella forma, lo mejor era abordar el tema a solas, preguntarle qué notaba en su hijo y meditar.
Eso sí, la visita al médico no estaría de mas, aunque fuese solo para una simple revisión, preguntaría a sus compañeros, seguro que alguno le daría el nombre de un buen doctor de pago, no pensaba hacer miramientos con el dinero tratandose de la salud de su hijo.

Cuando llegó el domingo, tres días después, aún nadie había mencionado el tema, aunque notaba por las miradas de su madre, que sabía que Adela le había hablado, Román esperaba que fuese ella la que le explicara como siempre, con calma, como veía la situación. La tranquilizaría diciendole que ya tenía hora con un buen profesional y que no se preocupara por la nuera, ya se le pasaría. Era madre novata y a la vista estaba que no aceptaba que su hijo pudiese tener algún defecto. Su madre lo entendería.
Mientras tanto él estaba mas pendiente que nunca de Fito, le miraba, le hablaba, le hacía carantoñas, cosquillas y todo lo que no solía hacer.
Algo no estaba bien, o eso, o las palabras de su madre le habían condicionado para ver cosas raras, pero el niño no reaccionaba ante los estímulos, se limitaba a mirarlo fijamente, serio, sin una triste señal de reconocimiento. Su expresión no cambiaba ante las palabras cariñosas, temió que fuera sordo, ciego, o sabe dios qué. Su desasosiego iba en aumento y sin darse cuenta su rechazo a aquella criatura también. Se sentía culpable al notar que cada vez que lo miraba, un escalofrío le recorría el espinazo.
Era cierto, su hijo no era normal, su orgullo de padre tirado por los suelos, pisoteado.
¿Cómo iba a salir a la calle con un hijo retrasado?, ¡que vergüenza!.
Y su mujer, mimando cada día mas a aquel trozo de carne sin sentimientos, tejiendole trajecitos para lucirlo ante las vecinas.

Las palabras del médico retumbaban en su mente como martillazos en una chapa, autismo, así había llamado a la enfermedad de su hijo, ¿es retrasado Dr? Había preguntado él. No, no es retrasado, su hijo es autista, pero no quiere decir que sea retrasado mental, aunque en algunos niños se combinan las dos cosas.

_Y el tratamiento es costoso supongo.

_Me temo que no existe tratamiento alguno de momento, es una enfermedad que hace poco que se estudia, lo que si sabemos es que existen grados de autismo, hay que esperar y ver como evoluciona, algunos pueden llegar a tener una vida casi normal.
Solo el tiempo nos dirá qué cuidados necesitará. Lo siento, paciencia y entereza es lo único que puedo recomendar.

Adela se deshacía en llanto mientras abrazaba a su hijo con fuerza.
Román no se atrevía a mirarlos, conducía mecánicamente hasta casa, con la mente en blanco, no quería pensar, no podía entender.

Doña Pilar esperaba tranquila en su sillón, cuando recibió la noticia su semblante no cambió, solo movió la cabeza en señal de afirmación, como diciendo, ya lo sabía.
Al mirar a su nuera su cara cambió, una sonrisa amistosa asomó y tendiendo los brazos reclamó al niño.
Adela se arrodilló junto a ella y lloró suavemente en su regazo mientras su suegra le acariciaba el pelo.

Miró a su hijo fijamente y cambiando su plácida sonrisa por una expresión severa le dijo:

_Nosotras nos ocuparemos, pero tú, procura que nada les falte a tu mujer y a tu hijo.

Román recogió las cuatro cosas que le cabían en la maleta, sin decir nada, sin volver la vista hacia las dos mujeres abrazadas, salió de la casa para nunca volver.

Cambió de trabajo y de cuidad, jamás abrió las cartas que Adela le enviaba.
Religiosamente mandaba cada mes las tres cuartas partes de su sueldo y malvivía con el resto.
No supo de la muerte de su madre, aunque por los años transcurridos suponía que la pobre ya estaría allá donde fuesen las personas buenas.

El mismo día de su jubilación, recibió una visita. Abrió la puerta, un hombre bien vestido y con semblante serio le tendía una carta.
_Mamá ha muerto y estoy solo, aquí tienes las instrucciones.

Eloísa estaba debajo de un almendro.

Posted in Relato Libre with tags , , , , , , , , , , on Sábado, 2 \02\UTC abril \02\UTC 2011 by guttaelo

A la sombra de un almendro
me quedé un día dormida.
y a la media hora vi
que moverme no podía.
¿Que me pasa Dios mío?
¿porqué así me castigas?
¿es que acaso fui mala?
¿es que tal vez fui arpía?
si cometí algún pecado
fue sin querer, a fe mía.
Que si le robé el refajo
a aquella zorra tardía,
no fue por sacar provecho
pero la esquina era mía.
Que la gané en una apuesta
a la puta de Faustina,
que mi trabajo me dio
conseguir en solo un día
sacarle todos los cuartos
al pesao del policía
a cambio de mis favores
chupa y chupa ¡madre mía!
Que si no entro en la iglesia,
a honrar tu gracia divina,
no es por hacerte un feo
que sabes que no lo haría,
si no porque el sr cura
prefiere que vaya a verlo
detrás de la sacristía.
La noche ha sido muy larga
el sueño ya me vencía
por eso salté la valla
pero el hambre me podía
y al ver aquellas sandías
me comi una a sabiendas
que el derecho me asistía,
no en vano el marqués me adeuda
la última de sus visitas.
Así pues ay mi Señor
se misericordioso con esta,
que yo te prometo ahora mismo
no cobrarte ni un real
si en tu bendita bondá
decides llevarme allá arriba
que pa eso están los amigos
y una aunque puta es honrá
y lo que promete da
aunque salga malpará.

Eloísa hija mía
como lo he de decir,
no me prometas nada
que nunca podrás cumplir.
Deja de darle al vino,
al aguardiente, al rosolí
y verás como en un rato
moverte podrás al fin.
El cuerpo no da para tanto
mucho empinas la cerviz,
así que sigue durmiendo
y te recuerdo hija mía,
un servicio has de cumplir,
¡Qué sería de las casadas
si no estuvieras ahí!
Miedo me da pensar
el trabajo que darían
si el marido no tuviera
con quien descargar las ansias
que yo les metí en su día
queriendo que procrearan
sin prisa pero sin pausa,
para ahorrarme a mi el trabajo
de modelar cada día.

EL ENTIERRO

Posted in Especial Carnaval, Lamedores de Carnaval, Relato Libre, Relato Libre Elo with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 9 \09\UTC marzo \09\UTC 2011 by guttaelo

Llegué a este pueblo un día a finales de febrero, con mi 600 recién comprado. Me había cansado de la vida de cuidad, del tumulto, las prisas y sin meditarlo mucho, en una semana tenía mi coche, había cerrado mi piso de toda la vida en la capital y puesto rumbo hacia no sabía donde.

Mi objetivo era simplemente recorrer el país a mi aire, escribir sobre los sitios que visitaba, sus gentes y las sensaciones que provocaban en mi.

Al cabo de tres meses de ciudad en ciudad, comprendí que todos los lugares eran parecidos, si no iguales en su fondo. Desencantado y sopesando la idea de volver a mi rutina de siempre, decidí retornar por caminos menos comunes, abandonar las carreteras principales y aventurarme por los caminos rurales, esos que no salen en los mapas.

Después de un interminable camino de tierra, mas indicado para los burros y las cabras que para mi flamante utilitario, topé con un pueblecito a simple vista típico y encantador.

Dejé el coche en el camino y recorrí el último kilómetro a pie para estirar las piernas y observar el paisaje. Los campos aparecían cuidados, las fachadas de las casas adornadas con flores y guirnaldas de fiesta mayor. Pero el pueblo parecía desierto, no se oía nada, ni una mosca, silencio absoluto y extraño.

En el centro de la plaza se erigía un pequeño campanario, en la puerta de la iglesia una corona de difuntos. Pegué mi oído a la puerta, nada, ni un susurro. Pensé que ya habrían terminado el oficio y encontraría a la gente en el cementerio.

Salí de la plaza sin saber muy bien hacia dónde dirigirme, entonces me di cuenta que todas las puertas por las que pasaba lucían crespones negros, el muerto debía ser alguien muy querido en aquel lugar.

A lo lejos divisé los cipreses, señal inequívoca de que allí se ubicaba el camposanto y con paso rápido me acerqué. La imagen era sobrecogedora, fuera de los muros, en la parte de atrás, todo el pueblo congregado, en silencio y de riguroso luto, las mujeres con mantilla, los hombres con una banda negra rodeando el brazo y la cabeza descubierta en señal de respeto. Y los niños, los niños en el centro, mirando hacia el suelo, todos con una sonrisita en los labios.
Varias preguntas se agolparon en mi mente.

¿Por qué estaban enterrando al pobre difunto fuera de las tapias del cementerio? Si era tan apreciado por sus conciudadanos como para vestir el pueblo entero de luto, ¿qué impedía su entierro en suelo sagrado? ¿Por qué los niños sonreían de aquél modo tan extraño?

Me moría de ganas por preguntar, pero algo me decía que si me acercaba demasiado y rompía el silencio, lo tomarían como una falta de respeto a su dolor, así que esperé pacientemente a que empezaran a separarse de la tumba.
Un aldeano se caló la boina mientras me miraba curioso y se acercaba a mí.

– Buenos días forastero, se ha perdido usted por lo que veo.

-Buenos días, en realidad no me he perdido, voy de vuelta a casa y busco un lugar para pasar dos o tres días antes de seguir mi camino.

Mientras intentaba explicarle por encima mi situación y quién era, el silencio se tornó algarabía, risas, niños correteando a mi alrededor y caras sonrientes al grito de “venga, todos pal casino”.

-Venga usted con nosotros, hay que seguir la fiesta, qué pena que llegue hoy que es el último día.

– No entiendo, acaban ustedes de enterrar a alguien muy apreciado, ¿y van a seguir la fiesta? Ya he visto que el pueblo está en su fiesta mayor, normalmente se suspende cuando ocurre un óbito…

-¡Qué óbito ni que niño muerto!, lo que hemos enterrado es la sardina, ¿no ve que es el último día de carnaval?

¡Quieto todo el mundo!

Posted in Relato Libre with tags , , , , , , , on Miércoles, 23 \23\UTC febrero \23\UTC 2011 by guttaelo


Hoy se nos ha muerto el Nemesio, no sé si estoy triste o aliviado, el caso es que creo que con él se va el mejor representante del despropósito que hemos tenido en este pueblo.Considerado por muchos como un visionario, por otros el más tonto de los hijos de Toparriba de Abajo, yo, como párroco, debo dedicarle unas palabras y no sé como enfocarlo, creo que en el fondo le tenía cariño a pesar de todo, que Dios me perdone.

Ya sé Señor, que de buen cristiano es perdonar, que tengo bien presente aquello de “perdonad y seréis perdonados”, pero es que lo del Nemesio no tiene nombre lo mires por donde lo mires.
Aquél 23 de febrero que nos hizo pasar a la historia fue el peor de mis días, eso no me lo puedes discutir y si lo haces es porque estoy seguro de que mirabas para otro lado.

Sí, ya se, ya se, que tú lo ves todo y estás en todas partes, pero seguro que estabas más pendiente de la tele, como todo hijo de vecino, que de lo que pasaba en mi parroquia, si no, no habrías permitido que ninguno de los que estábamos en el casino jugando al tute perdiéramos de vista al Nemesio. Y si por un casual te creíste lo que me contó al día siguiente en secreto de confesión, mejor me callo.

Es mejor que te cuente yo lo que pasó realmente, luego tú verás que haces con él, si te lo quedas o se lo mandas al de rojo.

Cuando en la tele del casino nos pusieron que estábamos en pleno golpe de estado nadie se enteró de nada, fue el Nemesio el que con su grito de ¡hostia, eso lo soñé yo anoche!, nos hizo mirar primero a él y luego a su dedo señalando al televisor. En aquél instante estaba Tejero gritando el tan famoso “Todo el mundo al suelo”. Y fue en aquel momento cuando el Nemesio salió disparado del salón sin su inseparable boina, cosa que ya tendría que habernos dado la señal de que algo malo iba a pasar.

Entre la que se lió en el bar, con la tele a todo trapo, Faustino el alcalde pidiendo silencio a gritos, el Sebastián diciendo que todo el mundo fuese a buscar las escopetas y yo pidiendo calma y contención, ¿quién iba a pensar que la boina abandonada en el perchero nos estaba avisando del desastre?. Que nosotros, simples mortales, no nos fijásemos en eso vale, pero que Tú no salieses corriendo tras él, Tú que permitiste que le casara con la boina puesta con tal de que se casara de una vez y dejase de vivir en pecado. En fin, dejemos eso.
El caso es que el Nemesio soñaba mucho, más de lo normal a mi entender, y según él, su mujer y alguno más, todo lo que el Nemesio soñaba se cumplía tarde o temprano, no al pie de la letra, pero se cumplía.Y nos acababa de decir que la noche antes había soñado con el golpe de estado, lástima que con el follón que se lió y su salida precipitada, nadie se preocupó de preguntarle cómo acababa el sueño. Reconozco que ahí yo estuve torpe, que no se diga que no se reconocer mis fallos.
Mientras todos los hombres del pueblo discutíamos a gritos en el bar sobre qué debíamos hacer ante la amenaza de que aquello prosperara, nuestro Nemesio ya había ido casa por casa, amenazado a las mujeres con el fusilamiento cuando llegaran los Civiles y recopilado todos los papeles que hacían referencia a nuestro particular referendum por la III República.

Por lo visto en su sueño, esa misma noche, registraban casa por casa y al ver que todos, incluido yo, teníamos las papeletas preparadas, nos ponían delante del muro del camposanto y pum, fusilados.
Y no se le ocurre otra cosa que llevarse todo al ayuntamiento y prenderle fuego.
Considerando que lo que hacía las veces de ayuntamiento era a la vez sala de catequesis, biblioteca y sacristía, díme Tú. Justo cuando aparecía el Rey en la tele y todos soltábamos un suspiro de alivio nos llegó el olor a chamusquina. Cuando salimos a ver qué se quemaba ya era tarde, no sólo estaba ardiendo la iglesia-ayuntamiento, también ardía el poste de teléfonos y la tienda de la Emilia, a la vez estanco y oficina de correos.

Todo el pueblo congregado a la puerta del casino viendo como ardía el otro lado de la plaza, todos con la boca abierta y las manos en la cabeza. Todos menos el Nemesio, que con una sonrisa de oreja a oreja en su cara llena de hollín, nos miraba uno a uno y nos decía “ tamos salvaos, por los pelos, tamos salvaos, ¿alguien ha visto mi boina?”.
Entonces lo entendí.

El Nemesio había quemado mi iglesia. Y ahora me toca decir unas palabras en su funeral, bonitas a poder ser, ensalzando su honradez y diciendo lo bueno que era. Claro que bien mirado, si no llega a quemar la iglesia aún seguiría peleando con esta gente para arreglarla, que se caía a pedazos y nadie daba un duro. Y si no fuera por el Nemesio y sus sueños visionarios a saber si tendría iglesia. Creo que bien mirado se merece un funeral bonito, pobre Nemesio.
Señor, perdónale sus pecados y acógele en Tu seno.Amén.