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THE SHOW MUST GO ON

Posted in Relato Libre, Relato Libre Novembre with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Viernes, 27 \27\UTC mayo \27\UTC 2011 by novembre27

Se sienta desganada en la misma silla en la que lleva sentándose todas las tardes desde hace años. Enfrente, un espejo que le devuelve una imagen que apenas reconoce.

Enciende un cigarrillo y mientras intenta calmar un inoportuno acceso de tos con un trago de whisky piensa que tiene que dejarlo. Sonríe para sus adentros, sabe que no lo hará.

Hubo alguna época, lejana, en la que salir al escenario era su vida. Ella sola frente al mundo. Los espectadores, su público, y la ansiada oportunidad que nunca llegó. Aprovechados que le prometieron un gran futuro y que terminaron por olvidarla una vez consiguieron lo que habían ido a buscar. Poco a poco la ilusión se convirtió en rutina y la rutina en una espiral destructiva que solamente conseguía hundirla cada vez más.

Hace ya mucho tiempo que ha dejado de gustarle aquello. Su ilusión se ha convertido ahora en una obligación que le ayuda a pagar facturas a final de mes. Cada actuación se vuelve más pesada que la anterior y siente una tremenda rabia que intenta calmar sin conseguirlo.

Cada día le cuesta más maquillarse. Cada trazo en su rostro le descubre todas y cada una de las arrugas que los años allí depositaron. Las intenta ocultar cuidadosamente, al igual que intenta ocultar sus cuarenta y demasiados años, esos mismos años que le recuerdan silenciosamente que ya es demasiado mayor para cumplir su sueño.

Mirada vacía. Rostro inexpresivo. Conoce a la perfección su cara, aunque últimamente cada vez que se mira en el espejo, ve a una desconocida. Ésa del otro lado del cristal no es ella; es un espejismo de lo que ella quiso ser, que le recrimina todas y cada una de las tardes en que se mira en el espejo de su camerino, qué es lo que ha hecho con su vida.

Grandes escenarios, lujo, un público entregado y fama. Su gran sueño inalcanzable. En su lugar un par de viejos trajes, remendados en demasiadas ocasiones, un camerino a compartir con personas tan vulgares como ella, y la certeza de que su mediocridad es la que le ha impedido vivir su sueño.

Termina de maquillarse. Se levanta y se mira por última vez en el espejo antes de salir al escenario. Los efectos del alcohol parece que han empezado a hacer su efecto y algo parecido a una sonrisa se dibuja en su rostro. Su público la espera.

Gritan su nombre entre bambalinas. Es su turno. Su espectáculo debe continuar.

PAUVRE FOU

Posted in Relato Libre, Relato Libre Novembre with tags , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 11 \11\UTC abril \11\UTC 2011 by novembre27

París se desperezaba ante sus ojos. Era el viaje de sus sueños, era el viaje de su vida. Les había costado un gran esfuerzo poder reunir el dinero suficiente, pero por fin, el gran día había llegado.

El viaje había sido duro, largo y cansado; pero lo emprendió con una sonrisa. A su lado, ella. La mujer de su vida, su esposa, su amiga, su amante, su compañera de viaje.

Llegaron a París de noche. Nunca imaginó que fuera tan hermoso, o quizá le parecía hermoso porque por fin su sueño se había hecho realidad. Permaneció despierto en la habitación del hotel hasta el amanecer. Un amanecer como nunca antes había visto, un amanecer en uno de los mejores hoteles de París y junto a la persona que más amaba en este mundo.

Salieron del hotel como una pareja más y se perdieron entre el gentío. Nada importaba excepto ellos. París les recibía con los brazos abiertos y un agradable sol primaveral.

“Pauvre fou…” murmuraba la gente.

Pasearon tranquilamente, sin ninguna prisa por las calles de su ciudad soñada, intentado retener cada aroma, cada imagen, cada rincón. Llegaron casi sin quererlo a una de las partes más bonitas de la ciudad, que aquel día aparecía más bonita si cabe: Montmartre. Callejuelas serpenteantes donde perderse es un placer y donde pararon a descansar en una acogedora cafetería.

“Pauvre fou…” murmuraba la gente.

Caminaron y caminaron. Tenían todo el tiempo del mundo. Nada ni nadie osaba molestarles, nada ni nadie hubiera sido capaz de romper el encanto de aquellos momentos. Sus pasos les condujeron esta vez hasta las puertas de la catedral de Notre-Dame, donde él le juró amor eterno bajo sus arcos góticos.

“Pauvre fou… ” Pobre loco… murmuraba la gente a su paso.

Él era feliz y sabía que ella también lo era. Poco importaba ya que ella hubiera fallecido en un accidente de tráfico unos meses atrás. Su sueño se había cumplido al fin. Una gran emoción inundaba su alma mientras paseaba, con una sonrisa en los labios, portando amorosamente una urna funeraria con sus cenizas por las calles de París.

BUENOS DÍAS PRINCESA

Posted in Relato Libre on Lunes, 7 \07\UTC junio \07\UTC 2010 by novembre27

Me gustan los domingos por la mañana. Me encanta quedarme horas en la cama remoloneando holgazana antes de levantarme mientras el sol entra por las rendijas de la persiana iluminando tenuemente la habitación. Me encanta permanecer entre las sábanas en un delicioso duermevela mientras las horas van pasando lentamente.

De repente tu dedo acariciando mi espalda y un susurro cariñoso en mi oído: perezosa. Me doy la vuelta y te encuentro allí con una amplia sonrisa iluminando tu rostro. Hace ya tiempo que te has levantado pero te has colado otra vez sigilosamente en nuestra cama.

Me acaricias suavemente y me estremezco. Recorres mi cuerpo con tus manos. Reconoces la piel que tantas veces has tocado, que tantas veces ha sido tuya. Me abrazas. Me gusta esa sensación de protección, tus brazos envolviendo mi cuerpo y el aroma de tu piel tan cerca de mí.

Me besas y en cada beso encuentro al muchacho que un día me enamoró, al hombre en el que te has convertido, al amigo, al compañero, al amante. Tus labios y los míos se entremezclan intentando demostrar lo que tantas veces hemos intentado con palabras sin conseguirlo.

Nuestros cuerpos se unen. Me amas lentamente, suavemente, como sabes que me gusta. Sin prisas, con todo el tiempo del mundo para nosotros. Acariciando mi rostro y besando mis labios. Y deseo que aquello no termine nunca, que lo que siento cada vez que me haces el amor sea eterno.

Te retiras. Te tumbas junto a mí mientras me miras. Me sonríes y apartas suavemente el flequillo de mi frente. Me besas en los labios.

–          Buenos días, princesa.

Te levantas y te vistes. En el quicio de la puerta de la habitación veo tu silueta recortada. Te giras y me preguntas si quiero un café. Sonrío y asiento. Te veo salir y al poco escucho el ruido de la cafetera.

Tumbada en la cama, desnuda, respiro profundamente y sonrío. Definitivamente, me encantan los domingos por la mañana.

Página en blanco

Posted in Relato Libre on Jueves, 20 \20\UTC mayo \20\UTC 2010 by novembre27

Frente a ti. Tú y yo, nadie más.

Me retas con tu mirada, lo noto. Es invisible para el resto, pero no para mí. Desafiarte es duro, pero no imposible. Vencerte sea quizá una utopía.

Hueles mi miedo. Sabes que te temo, que enfrentarme a ti me va a ser difícil. Me conoces demasiado. Sabes mis debilidades, percibes mis flaquezas, intuyes mi fragilidad.

Y me miras sin ojos. Me miras inquisidora. Me lees. Escrutas dentro de mí más allá de lo que yo misma me conozco y esperas paciente una palabra, una frase. Que dibuje sobre ti una historia, que escriba sobre ti un dibujo imaginado.

Lo reconozco, tengo miedo. Miedo a que, sin querer,  mi tristeza se vea reflejada en mis palabras; a que al lector de éstas le desagrade lo leído, o peor, que lo olvide; a que lo que escriba no merezca ser escrito. Miedo a la vulgaridad, al tópico, al absurdo.

Te miro. Eres como un lienzo en blanco, como un pentagrama sin notas, como una mujer desnuda. Esperas. Porque aunque inerte, aguardas paciente, te entregas complaciente. Y no sé si merezco ser yo quien pinte en tus páginas, quien componga tu música, quien acaricie tu piel… pero lo deseo.

Porque quizá, venciendo el miedo, éste puede ser el principio de una inmensa aventura, porque es posible que escribiendo en ti me encuentre a mí misma. Porque quizá no sea necesario ser rivales, porque quizá podemos ser compañeros de viaje. Y el tiempo pasado, presente, y el que nos queda por vivir sea el que una nuestros destinos en uno solo.

Porque quizá la primera página, esa temida página en blanco, no sea la peor. Porque seguramente la peor página que tengamos que escribir… sea la última.

Aquella fue la primera, pero no sería la última.

Posted in Relato Libre on Lunes, 19 \19\UTC abril \19\UTC 2010 by novembre27

Aquella fue la primera, pero no sería la última. La recuerdo tan vívidamente como si hubiera ocurrido ayer, pero de aquello han pasado ya más de cinco años. Cinco años de violencia, de dolor, de tortura, de sufrimiento, de silencio. Cinco años viendo como el hombre de mi vida, la persona a la que tanto amaba, con la que esperaba compartir tantos sueños, se convertía poco a poco en mi peor enemigo, en el monstruo al que tanto he temido, en un ser del que ahora tan solo siento lástima, en ti.

Aquella fue mi primera paliza. No recuerdo exactamente el motivo, probablemente tú tampoco. Supongo que cualquier banalidad que te hiciera enfurecer. Lo que sí recuerdo son todos y cada uno de los golpes que me propinaste aquella tarde de otoño. Terminé tendida en el suelo, sin poder levantarme por mi propio pie, suplicándote por Dios que pararas y preguntándote una y otra vez por qué. Qué había hecho yo para merecer aquello.

A aquella primera paliza, siguieron muchas más. Con el tiempo aprendí a no preguntarte el porqué. Sabía que si lo hacía, si te preguntaba el motivo, aquello te enfurecía todavía más y los golpes eran más violentos todavía. Simplemente terminé asumiendo un castigo que no sabía ni entendía por qué merecía.

Y después de aquello, tus lágrimas, tus ruegos, tus súplicas pidiendo un perdón que no merecías y que te concedí en demasiadas ocasiones. Diciendo que me querías, que te perdonara, que no lo volverías a hacer. Pidiéndome perdón por el dolor que me causabas, por los golpes que me infligías, cubriendo de besos cada uno de mis moratones y acariciando suavemente cada una de mis heridas.

Y mi silencio. Ni yo misma entiendo como he podido aguantar callada tantos años. Sufriendo día tras día en mis propias carnes tu desprecio y tu humillación cada vez que me maltratabas.  Mi voz se perdía en mi garganta. Mi propio silencio me encerraba en una cárcel de la que cada vez era más difícil escapar.

Pero todo aquello ha terminado. Mírate ahora. Se han cambiado las tornas. Hace ya tiempo que esperaba tener esta oportunidad, el momento en que te despistaras y que yo pudiera aprovechar. El cuchillo que está ahora clavado en tu pecho es el pago por el dolor que he soportado, por cada uno de los golpes que he recibido.

El que está ahora en el suelo eres tú. No me pidas clemencia porque tú conmigo nunca la tuviste. Me he cansado. No quiero seguir soportando tu desprecio ni tus golpes porque no los merezco. No quiero tus promesas porque ya no las creo.

Lo siento cariño; aunque pensándolo bien, no lo siento tanto. A mi hijo no lo tocarás, no le harás lo mismo que me has estado haciendo a mí. Ésta no ha sido la primera, pero sin lugar a dudas ha sido la última.

Manos frías

Posted in Los precios marcados en tiza decoraban la barra del bar... with tags , , , , , , , , , , , on Miércoles, 20 \20\UTC enero \20\UTC 2010 by novembre27

Los precios marcados en tiza decoraban la barra del bar. Fue lo primero en lo que me fijé al entrar. Afuera estaba diluviando y, como no llevaba paraguas, pensé que sería una buena elección resguardarme de la lluvia entrando allí para tomar un café, mientras esperaba a que pasara el chaparrón.
Era un local pequeño y agradable, lleno de gente. Los camareros estaban bastante atareados. La opción de guarecerse de la lluvia en ese bar, había sido considerada por muchas otras personas, a parte de mí.
Aparté distraídamente un mechón de pelo mojado de mi frente y me di cuenta de que tenía las manos frías. Siempre tengo las manos frías en invierno.
Me acerqué a la barra y tomé asiento en uno de los pocos taburetes que quedaba libre. Intenté pedir un café, pero ninguno de los camareros se percató de mi presencia. Decidí esperar tranquilamente. De todas maneras, no tenía prisa. Nadie me esperaba.
Entonces llegó él y se apoyó en la barra junto a mí. Me miró y me sonrió mientras intentaba, sin conseguirlo, pedir algo a los camareros.
– Están demasiado ocupados – dije sorprendiéndome a mí misma hablando con un extraño. – Yo ya lo he intentado y tampoco lo he conseguido.
– No pasa nada. Esperaremos entonces – respondió con una franca sonrisa.
Nos quedamos callados por un momento, sin saber muy bien que decir. El trasiego de los camareros, el ruido de copas, de tazas, las conversaciones de decenas de personas se entremezclaban en un murmullo, que en aquellos momentos, me pareció lejano.
Un amable camarero me volvió a la realidad al preguntarle a mi desconocido acompañante qué iba a ser. Él me miró y con una sonrisa me preguntó qué iba a tomar.
– Un café, por favor – acerté a decir.
– Pues que sean dos, entonces.
El camarero se retiró. Me quedé inquieta, mirando no recuerdo exactamente donde, intentando rehuir un encuentro con su mirada que sería demasiado incómodo para mí; frotando mis manos, que seguían frías, hasta que llegó el camarero con los cafés.
Preparé cuidadosamente el café. Sin querer, tiré un poco de azúcar sobre la barra. Removí nerviosa, cogí la taza y haciendo un cuenco con mis manos la sujeté para calentarlas. El desconocido se quedó mirando mi gesto y volvió a sonreír.
Tomó su café solo, sin azúcar, mientras yo seguía notando el agradable calor del café calentando mis manos, absorta no recuerdo bien en qué pensamientos. De repente, un gesto suyo me turbó.
– Tome, señorita, ya me los devolverá algún día – dijo mientras tomaba mis manos y ponía en ellas unos guantes de lana.
– Pero… – balbuceé.
– Ya me los devolverá.
Se levantó y me sonrió por última vez. Dejó en la barra unas monedas que cubrían ampliamente el importe de los dos cafés. Cruzó la distancia que nos separaba de la puerta y salió corriendo bajo la lluvia que seguía cayendo insistentemente.

Terminé de tomar mi café pensando en lo que había sucedido. Me sentí extraña. Salí del bar cuando la lluvia cesó. Me puse sus guantes, exageradamente grandes para mis manos, y callejeé despistada pensando en él toda la tarde.
Días después volví a verle. Coincidimos en el mismo bar, al cual acudía asiduamente desde aquel día, para intentar volver a encontrarme con él. Estaba sentada en la barra, en el mismo taburete de aquel día. Llegó él y sonriéndome me entregó un paquete.
– Espero que estos sean de su talla, señorita.

En Punta Europa apuntaba el día…

Posted in En Punta Europa apuntaba el dia... on Lunes, 12 \12\UTC enero \12\UTC 2009 by novembre27

En Punta Europa apuntaba el día. Él, indiferente a este hecho, seguía sentado en la arena. Llevaba allí algún tiempo, era incapaz de recordar cuánto. Segundos, minutos, quizá horas; pero eso ahora, ya daba igual.

Estaba cansado. No, estaba exhausto. Levantó sus ásperas manos hacia su rostro y se las quedó mirando como si nunca las hubiera visto. Suspiró y su aliento llegó a sus manos como una esperanza de vida. Se sorprendió de que todavía quedara algo de calor en su maltrecho cuerpo tras el duro viaje. Se alegró de seguir vivo. En su cara se pudo apreciar una mueca de algo que pretendía ser una sonrisa.

Poco recordaba de aquel angustioso viaje. Zarparon de algún lugar indeterminado de la costa este de Marruecos.  65 hombres, 2 niños. El mayor debía tener unos 12 años, el pequeño, unos 7. Ninguno de los dos podía esconder el miedo que se reflejaba en sus ojos, en cada uno de sus gestos, en sus palabras. Pensándolo bien, ninguno de los hombres que se encontraba allí aquella madrugada se sentía con fuerzas para disimular un miedo que ni siquiera la oscuridad era capaz de ocultar.

Su miedo no era diferente al de los demás. Miedo a la muerte. Miedo a perder la oportunidad de encontrar una vida mejor al otro lado del mar. Miedo a fracasar, a ser descubiertos por las patrullas de vigilancia del estrecho y ser retornado a su país. Miedo a seguir viviendo en la desigualdad, la pobreza y la injusticia.

Sus compañeros eran subsaharianos, como él; pero prefirió no mantener ningún tipo de relación con ellos. Se aisló. Eran demasiados ya, los amigos a los que había perdido, y sabía que era  duro afrontar cada una de sus muertes. Decidió por ello, mantener el mínimo contacto con sus compañeros. Si no los conocía, no sufriría por ellos en el caso de que les ocurriera algo. Si era él el que moría, no sería nadie el que tuviera que llorar su muerte.

¿Qué habría sido de sus compañeros de viaje? Lo único que recordaba era el frío, un frío que calaba hasta los huesos. Y la oscuridad. Navegar sin ver nada, sin siquiera atisbar la mirada del compañero acurrucado que tenía enfrente. La oscuridad del mar, la oscuridad de la noche, la oscuridad de su alma muerta de miedo.

Y aquellas enormes olas que hacían zozobrar la pequeña embarcación. Olas violentas en la inmensidad de la nada, golpeando el cayuco; mojando los rostros, la piel, las ropas, las almas. Olas de agua salada y fría que se clavaban en la carne como cuchillos afilados.

Y aquella última y violenta embestida del mar que hizo que la patera volcara, echándolos a todos al agua. Entonces, el frío, el dolor, la angustia y, aunque pareciera extraño en sus circunstancias, soledad.

Estaba rodeado de gritos y súplicas, de una maraña de cuerpos enredados, intentando salir a flote, intentando vencer el peso de los otros cuerpos y salir a la superficie a respirar. Lo consiguió con gran esfuerzo. Muchos de sus compañeros no sabían nadar. Algunos de ellos se hundieron, otros se aferraron al cayuco en un intento desesperado por sobrevivir.

De pronto le pareció atisbar una luz en la oscuridad. Allá a lo lejos. Permaneció quieto, intentando mantenerse a flote, intentando no sucumbir a su cansancio, a su desesperación y a la de los demás. La luz desapareció, pero al poco volvió a verla. Era un faro, o al menos eso creyó.

Los hombres seguían amontonados, gritando, braceando. Tocó con sus manos el cuerpo inerte de algún compañero y decidió que no podía seguir allí. El frío del agua agarrotaría sus músculos, cada segundo en ella era como un infierno de hielo. Empezó a nadar hacia la luz. Sabía que era muy difícil, no sabía si su cuerpo respondería, si sería capaz de conseguirlo. Nadó con todas sus fuerzas hacia la luz, que creyó su única posible salvación. Cada vez le era más difícil respirar, notaba sus miembros rígidos, y permanecer en la superficie era cada vez más complicado.

Todavía no sabía como lo había conseguido, pero llegó. Alcanzó la costa y cuando notó la arena de la playa bajo sus pies, cayó desmayado en ella. Cuando despertó ya era por la mañana. Intentó levantarse pero no lo consiguió. Tenía frío y estaba empapado.

No sabía dónde estaba. No tenía nada, tan sólo su vida, que no era poco, y un futuro más que incierto en un mundo nuevo, completamente desconocido para él. Volvió a pensar en sus compañeros, pensó que quizá alguno más se podía haber salvado, llegando a la costa como él. La gran mayoría no lo habría conseguido y sus cadáveres, quizá, algún día, llegarían a la costa, para certificar el drama de una muerte que todavía no sabía muy bien, si había merecido la pena.

Se quedó mirando al mar, ese mar que amanecía tranquilo y en calma. Azul, vivo, intenso, precioso. Ese mar que quizá se había convertido en la fosa común de sus compañeros de viaje. En la fosa común de demasiadas personas que arriesgaron su vida buscando un futuro mejor y perecieron en el intento de conseguirlo.

Se levantó y miró lentamente a su alrededor. Ya estaba allí. Había conseguido lo que otros nunca conseguirían ya. Empezó a caminar por la arena, con los pies desnudos. Era una sensación agradable. ¿Qué haría? ¿Hacia adonde dirigiría ahora sus pasos? ¿Qué habría sido de sus compañeros? ¿Qué habría sido de tantas personas que murieron buscando el sueño que él había conseguido?

Una gran angustia se apoderó de su pecho y no pudo más que arrodillarse y empezar a llorar. Y lloró. Lloró por él, por los amigos que dejó atrás, por su familia, por los compañeros de viaje muertos, por las almas de tantas personas que nunca verían amanecer en una playa como aquella.

 Encima de  unos acantilados, y borroso por las lágrimas que inundaban sus ojos, pudo ver el faro que le salvó la vida.