Archivo del autor

RESEÑA

Posted in Las Reseñas De Miren with tags , , , on Domingo, 11 \11\UTC marzo \11\UTC 2012 by Miren

RESEÑA 10 ( por Miren)

“Caminarás con el sol” (Alfonso Mateo-Sagasta)

 

Editorial: Grijalbo

Encuadernación: Tapa dura

ISBN: 978-84-253-4678-1

Páginas: 284

 

SINOPSIS:

Una carabela parte del Darién con rumbo a La Española, en ella viajan un grupo de soldados y aventureros que se mueven por las costas de Las Indias, un lugar aún por explorar. Ante unas turbulencias en pleno mar del Caribe, el barco naufraga, sólo unos pocos se salvan de la catástrofe. Entre ellos Gonzalo Guerrero, un soldado de fortuna a quien la búsqueda de fama, gloria y dinero ha llevado por distintos lugares del mundo. Desde su Huelva natal, y tras fallecer su padre —también soldado de fortuna— debido a unas heridas sufridas durante la toma de Granada, la vida de Gonzalo comienza a rodar; primero ayudando en el barco de su tío. Pero su ansia de fortuna, fama y gloria, la misma que no consiguió su padre; le lleva a alistarse en las milicias contra los franceses en la guerra de Nápoles y tras este paso, que tampoco le depara lo que espera; termina enrolándose en un barco rumbo a Las Indias. Allí tras un período donde ve los negocios de los españoles, comercio de piedras preciosas, explotación de minas y de esclavos, etc., sufre el naufragio, donde, como él dice con sus propias palabras, vuelve a nacer. Allí, en aquel pedazo de tierra nueva, que él cree que es una isla, pero en realidad es la península del Yucatán, el aventurero toma contacto con una cultura y una forma de vida nuevas, la maya, ahí es donde comienza su principal aventura, la aventura de sobrevivir.

RESEÑA:

“Acuclillado sobre un altozano en la linde de la selva, un jefe de guerra maya con el rostro cubierto de escarificaciones teñidas de negro, grandes orejeras de ámbar y el labio inferior horadado con un hueso tallado de jaguar, observa una canoa ocupada por tres indios semidesnudos y desarmados. A su espalda, un grupo de niños corren y juegan despreocupados de todo lo que les rodea. La ligera embarcación se dirige hacia la playa de blanca arena que se extiende ante sus ojos. Cuando llegan a una distancia razonable, el hombre aguza la vista para distinguir a los remeros y, en su fuero interno, sonríe”.

Siempre es un placer para mí leer alguna de las novelas de este escritor. Gran conocedor de la Historia, Alfonso Mateo-Sagasta siempre nos deleita con aventuras, ya sean en el Madrid del Siglo de Oro español, en la ciudad de nuestros días y con problemas actuales, o perdidos en la selva del Yucatán con los primeros exploradores españoles.

Narrada desde la proximidad que da la primera persona, con una prosa cuidada y ágil, léxico apropiado y una excelente documentación, es muy fácil hacer que el lector se ponga en la piel de los protagonistas. Detalladas descripciones tanto de las vestimentas, como de sus facciones, hacen que los personajes nos parezcan más cercanos. Cuando el autor nos describe los lugares con todo cuidado nos pone delante un cuadro, un cuadro que nos ayuda a imaginar el entorno en el que estos se desenvuelven. Algo muy de agradecer, no es nada fácil dibujar pinceladas pictóricas con las palabras.

Otra dificultad añadida, es la clara representación de las acciones de los protagonistas, cómo viven, lo que hacen, sus celebraciones, el cuidado de sus tierras y cultivos, su religión —con un buen conocimiento de sus Dioses,   creencias y festividades—, su vida familiar y la preparación de sus guerreros. Y esto señores, si ya es complicado de contar cuando hablamos de lo que nos sucede en nuestros tiempos, de todo lo coetáneo y que conocemos bien, imaginemos el esfuerzo que tiene que costar cuando hablamos de algo pasado hace quinientos años y dentro de una cultura ya desaparecida y completamente distinta a la nuestra. Y todo eso narrado en menos de trescientas páginas, todo un portento de narración, que demuestra que para conseguir dar un repaso a periodos complejos de nuestro pasado, tampoco es necesario elaborar libros de mil páginas. No en este caso, que no dudo, que en otras historias no sea imprescindible alargar las novelas.

La estructura del libro es sencilla, la novela consta de tres partes —perfectamente introducidas por unos breves fragmentos del “Infierno”, el “Purgatorio” y el “Paraíso”, justo en ese orden de la magistral Divina Comedia de Dante—sin capítulos de división; algo que debido a la poca extensión de la obra es completamente lógico, ya que no se echan de menos estas separaciones; claro que a ello contribuye también la buena dosificación de los pasajes y sobre todo esa sabía mezcla de los temas; ya que Gonzalo, nuestro protagonista, sabiamente nos va alternando recuerdos de su vida pasada, en su “civilización”, con su vida actual, perdido en la selva con un grupo de “salvajes”, cómo serían considerados en su mundo.

Es curioso cómo nos hace ver las similitudes entre las batallas que él ha vivido en Europa, con la estrategia que ve en la lucha de los guerreros mayas.

El personaje de Gonzalo, que por cierto, es real, no es un personaje de ficción, y sus aventuras le ocurrieron de verdad, está completamente logrado; y se puede pensar que esto es relativamente fácil cuando hablamos de un personaje que existió y del cual basta con una buena documentación para crear su perfil.

Pero lo arriesgado y lo que en realidad da vida a la novela es el resto de personajes que la componen: los jefes, guerreros, y resto de la población maya; así que a pesar de la profusión de escenas fuertes; sí, aquí hago un inciso para advertir de que no escasean las escenas sangrientas, y que ahora nos parecen auténticas salvajadas propias de gente sin civilizar, o sin alma, como pensaron muchos de nuestros antecesores de aquella época remota; pues a pesar de todo, Alfonso Mateo-Sagasta, logra de manera perfecta hacer que personajes como Tekun, Taxmar y los distintos personajes que va conociendo Gonzalo, terminen siendo conocidos, comprendidos e incluso con los que llegamos a empatizar, pensando que su forma de vida es semejante a la nuestra,  y que quizá, lo que realmente nos separe es que aquella cultura era más respetuosa y noble dentro de su sanguinaria religión que les exigía sacrificios, mientras que la nuestra sólo buscaba la riqueza en el exterminio.

La única pequeña pega que le pondría a este brillante trabajo es el final, un final un poco precipitado, donde todo pasa demasiado deprisa; pero tampoco es digno de destacar, de todas formas lo principal y lo más importante ya queda dicho, quizá intentar alargar la novela sólo hubiese sido abundar en lo mismo; y también me gustaría pensar, que, ¿por qué, no? El autor cualquier día nos pueda sorprender con una continuación de la apasionante vida de este aventurero, relatando de forma más compleja esa parte final que se nos señala de forma clara, pero rápida.

Caminarás con el sol no es sólo una novela histórica plagada de aventuras y la historia de un hombre que lucha por sobrevivir; es, además, la historia de la metamorfosis de una persona; un soldado de fortuna que lucha por la idea de enriquecerse y adquirir fama, y termina siendo alguien distinto a lo que siempre había soñado. Es la vida de un español llamado Gonzalo Guerrero que termina convirtiéndose en Ah Na Itzá, un guerrero maya.

Anuncios

LA JUSTICIA

Posted in Especial Lamedores, Relato Libre Miren with tags , , , , , , , , , , , on Jueves, 16 \16\UTC febrero \16\UTC 2012 by Miren

¡Dios mío! Si es que no sé que hago aquí, en que hora me dejé convencer por mi madre y embarcarme en este… bueno no sé en que. Pero era esto o trabajar y la verdad es que “la menda” para trabajar no ha nacido. Pobre mamá todavía tengo en mis oídos su despedida en el puerto: “Silvina hija, esta es nuestra última oportunidad, o pillas un marido rico o será nuestra ruina y no quieras saber que entre en detalles y te cuente lo que tuve que humillarme para convencer al tacaño de tu tío Cornelio, de que me “prestase” el dinero para este viajecito tuyo de placer; y ya no fue sólo arrastrarse a los pies de tu tío, lo peor fue aguantar los chillidos histéricos de tu tía Cándida. No veas como se puso la señora, que si era la última vez nos daban dinero, que si tú ya tienes edad de buscar un trabajo o pillar un marido rico. Nena pero si hasta me amenazó y todo, me dijo que si seguíamos así no volvería a pagar un recibo más del carísimo y exclusivísimo colegio franciscano de tus hermanas menores. Que lo que hacía sólo lo hacía por la memoria de su querido primo tercero, Carolo, pero que bastante había hecho ya en honor a su persona. No podíamos estar toda la vida pegadas a sus faldas, bueno, mejor dicho a su bolsillo, y que ella no estaba dispuesta a cargar toda la vida con los parientes pobres, o sea, una cuadrilla de vagas, nosotras”.

Tengo que decir que mi tía, la prima tercera de mi padre, es doña Cándida Mascuerna del Charcoseco, futura marquesa del ídem, muy famosa en su exclusivo círculo de amistades, porque creo que ya nadie más la conoce. Y su charco estaba más seco que el desierto del Sahara, hasta que encontró a su media naranja; Cornelio Cabras del Monte, plebeyo de nacimiento, pero podrido de dinero. Menudo braguetazo el de tita Candy —como se empeña en que la llamemos— una unión muy “cornuda” pero la mar de provechosa.

“Ya sabes niña —volvía a recordar a mamá y sus recomendaciones— lima un poquito esos modales bruscos que tienes. ¡Qué lástima que tú no pudieses estudiar con las monjitas! Como decía tu abuela, mi querida mamuchi que en paz descanse, no hay nada como un buen colegio religioso para que una señorita tenga una esmerada educación”.

Y es que para mamá yo tengo unos modales un tanto vulgares y barriobajeros. ¿La causa?, pues haber estudiado en un colegio “privé”, eso sí, sin monjas, y es que papá que era un noble de medio pelo —es decir, más pobre y más seco que tita Candy antes de su matrimonio— no podía costearme el colegio de Franciscanas con el que soñaba mamá. Sólo pudo conseguir que entrase, por la cara, en un colegio privado laico que regentaba una de sus amistades.

¡Ay Dios! Cada vez que pienso en la insulsez ñoña y cursi de mis hermanas pequeñas me da de todo. Mariló, es la versión edulcorada de “Sissi Emperatriz” del siglo XXI, vamos que a la niña sólo le falta la corona. Y ya de la pequeña, Adelaida, mejor paso de largo, desde que a tita Candy se le ocurrió regalarle la serie completa de Heidi vamos apañadas. Ahora se pasa todo el día soñando con trasladarse a vivir a los Alpes, verse casada con un pastor y estar rodeada de cabras y ovejas —eso sí, ver las cabras y las ovejas desde lejos, difuminadas por los verdes prados, mientras ella disfruta de un agradable desayuno en una de las múltiples terrazas de su imponente mansión alpina —y yo me pregunto qué que parte de la historia de la muñeca cabezona y con coloretes se ha saltado la “jodía” niña.

En fin que a lo que iba, yo no sé que coño pinto en este “Dreams of Love”, que ya tiene huevos el nombrecito, rodeada de estos seres raritos y estrambóticos. ¡A cualquier cosa llama mamá viaje de placer! ¿No habría otra manera más fácil y menos aparatosa de encontrar un ricachón?, porque esa será mi meta, pegar el braguetazo como tita Candy. Algo tenía que tocarme en suerte de mi sangre azul, y va a ser eso, que cada vez que me hablan de trabajar huyo como alma que lleva el diablo. Una es progre para ciertas cosas, nada más.

Con lo a gusto que estaría yo ahora tomándome unas birritas con mis colegas en mi antro favorito, en lugar de estar aquí intentando pillar marido en este salón cutre. “Eternity” le llaman ja,ja,ja, pues quitando unos pocos  la mayoría son setentones, me pregunto si les hará la misma gracia que a mí el nombrecito.

No sé, no sé, si en este viaje de lujo del INSERSO lograré algo productivo, me parece que mamá ha tirado el dinero que tan, ¿amablemente?, le, ¿prestó? tío Cornelio; lo del préstamo me hace gracia, como que no sabe él que ese dinero lo ha perdido je,je,je. En fin, la verdad es que desde que la tía rara esta de los pelos tiesos, la madame Dubois, esta “como se llame” nos ha dado el numerito de las cartas, con luces moradas y todo, tengo alguna esperanza, ni sé como no se nos atragantó la cena je,je,je. Bueno, lo importante es que mi destino es heredar una fortuna ¿De un marido setentón? Pues probablemente, a la vista de lo que me rodea. Al final, mamá va a tener razón, nada como un crucero de ¿placer? para pillar marido.

Sinceramente me siento un poco incómoda sentada en esta mesa contemplando como una panoli a estos elementos que sólo conozco de vista. ¡Jo macho, si es que vaya pintas! Je,je,je. Me da en la nariz que la más normal va a ser tipa rara esta de las cartas, aunque esté más colgada que mi coleguilla Manel, ¡que buen chaval es mi tronco! aunque le dé a los porros con demasiada frecuencia. ¡Lástima que esté a dos velas en lo tocante al dinero, con lo guapo que es!

A falta de otro entretenimiento mejor voy a ver si corto algunos trajecitos a los que me acompañan. Empiezo por la rubia lánguida tetona, aunque yo creo que más que atributos físicos es ese corpiño ceñido que lleva —ni sé cómo puede respirar— , me parece que ésta viene a la caza y captura de marido, lo mismito que yo, cómo se la ocurra poner los ojitos en mi presa —si es que la encuentro— me la cargo; Silvina tía afila uñas que me parece que aquí hay mucha loba. Bueno mientras tonteé con el que tiene al lado vamos bien, y hasta podríamos llegar a hacernos amigas. Menudo ojo que tiene la pobre, me parece a mí que con ese no va a llegar a buen puerto, el tío tiene bastante pluma, ¡que lástima!, con lo monín que es. Aunque yo tampoco tendría futuro con él, me parece que este de dinero anda tan escaso como yo. Pues mira la embarazadita, si es una cría, ya ha tenido valor de dejarse embarazar tan pronto, lo que hace la ignorancia, a mí no me pillan ufff ¡Embarazos a mí! Sólo accedería si es por exigencia del guion y con un buen cheque con muchos ceros a la derecha. Y que decir de la “prima donna” esa de pacotilla, tiene más pinta de soprano y de diva mi tita Candy, pero fijo, fijo.

— Perdone mi indiscreción, ¿ha venido usted sola, señorita?

¡Uy, lo que me faltaba, la momia de Tutankamon quiere conversación! Que pena de hombre, tiene todo el aspecto de quedarle dos telediarios. Pues no tengo muchas ganas de hablar, la verdad. Aunque… esto… ejem… ¡Madre del amor hermoso, vaya pedazo de “relojaco” que gasta el tío, nada menos que un Rolex de oro! ¡Joder! Pero si hasta parece que la “pelos tiesos” me ha guiñado un ojo, ¿o serán imaginaciones mías? Porque la tipeja no ha movido un músculo desde hace rato, lo mismo hasta nos entra en trance otra vez y nos vuelve a amenizar la velada. Bueno por si acaso voy a sacar mis modales más finos y delicados, a ver a quien imito esta vez, ¿a Mariló o a Heidi? Ups, mejor a Mariló, no parece que a “Mister Cegatón” le vaya mucho la prosa pastoril y bucólica je,je,je.

— Sí, sí, caballero —intento timbrar mi voz con un deje cándido y tímido.

— Mi nombre es Casimiro y me gustaría invitarla a una copa. Si usted lo desea, por supuesto. No quisiera incomodarla…

— Muchas gracias, Casimiro, pero no me apetece tomar nada. Le confieso que tengo un leve mareo que me está provocando un malestar tal, que si no fuese por lo que es, me levantaría de la mesa y me iría inmediatamente a descansar al camarote. —Ja,ja,ja “talmente” así lo diría Mariló.

— Para encontrarse mal, tiene usted una expresión en el rostro muy cautivadora, señorita. Uhmmm, perdóneme, su nombre ha dicho que era…

— ¡Ay qué despiste, Casimiro! Lo siento. Le pido mil disculpas. Mi nombre es Silvina. Silvina Barros del Charcoseco. —Decididamente hay que dar conversación al viejo chocho este y sobre todo sonsacarle lo de los caudales.

La conversación fluye por mi terreno, Casimiro —no podía tener un nombre más propio— cuando seamos marido y mujer tendré que decidir cual es el apelativo cariñoso que más le va ¿Casi ó Miro? La verdad es que cualquiera le iría bien ja,ja,ja, tengo que carraspear para disimular la carcajada que ha estado a punto de escapárseme. Este no sería mal partido, parece ser que está forrado de pasta gansa, es dueño de una cadena de ópticas —quién lo diría— y además tiene bodegas.

— ¡Ayy! —Ups no he podido contener el respingo ¿Será cabrón el viejo, pues no me ha tocado el muslo? Vamos casi mirará pero se le da de maravilla ir al bulto, que ver no verá mucho, pero palpando es un lince el tío. No, sí todavía le voy a arrear una hostia al viejo sobón que se le va a acabar gozar del “Eternity” antes de tiempo. En plena indignación  levanto la vista y miro a la pitonisa, me está observando intensamente, y además hace un leve gesto de negativa con la cabeza casi imperceptible. Bueno vale, venga, habrá que hacer de tripas corazón y cargar con el bisojo, así que me contengo y en vez de soltarle el hostión, me contento con darle un ligero pellizquito en la mano. Un simple roce, que, ¡joder!, le ha puesto la mano morada. Ay, que mi Bisojín no está para muchos trotes, me temo.

A pesar de todo el viejo le pega al vino que es un gusto, ya está calentito, calentito y, ¡la madre que le parió!, cómo va subiendo esa mano magullada por mi muslo. Que cosquilleo más insoportable agggg, si al final me voy a marear de verdad y no va a ser por el movimiento del barco precisamente. Que asquito me está dando esa manita morada. Y para colmo los putos zapatos de salón me han hecho rozaduras en los talones, si es que esto de andar con playeros todo el día es lo que tiene, ¡Ayyy, ahhhh, opsssss, uinsssss! No puedo contener los quejidos del dolor, pero creo que mitigados por el lugar donde me encuentro y no dar la nota, mi proyecto de pretendiente se ha tomado por otra cosa; solo hay que ver la cara de baboso que se le ha puesto y las chispitas que le salen por los ojos, claro que eso pueden ser los efectos del vino. Bueno pues a seguirle la corriente, casi es mejor que se piense que estoy al borde del orgasmo je,je,je. Voy a seguir poniendo el tono de la bobalicona de Mariló.

— Casimiro, por favor, que nos van a ver y yo soy una señorita de bien…Tengo una reputación, ¿sabe usted?

¿Y ahora que coño le pasa? ¡Ay que se me ha puesto pálido de repente y le ha dado un mareo! ¡Ay que se ha caído de la silla!

— ¡Capitán, capitán! ¡Que venga rápidamente el capitán! Necesito al capitán ¡YAAAAA! —me escucho gritar histéricamente mientras me arrodillo junto a mi Bisojín.

— ¡Un médico, por favor! ¡Que este pobre hombre se nos queda en el sitio! Pero señorita ¡¿Está usted loca?! Que este anciano no necesita al capitán para nada, lo que necesita es un médico urgentemente —oigo también gritar al de la pluma.

¡¿Será gilipollas?! A ver quien le manda meterse donde no le llaman. El viejo necesita un médico, pero yo, lo que necesito inmediatamente es al capitán y que nos case aunque sea “in extremis” o como quiera que se diga eso, luego… ya… si tiene que venir el médico, que venga. Pero ¡coño! Que tengo que aprovechar el último hálito de vida que le quede a este tío ¡Joder, joder, joder! Que si no el futuro se me cae por la borda, otro más a huevo no voy a encontrar y, además, a punto de espicharla; vamos que tener que seguir mendigando a los titos o ponerme a trabajar sería una putada se mire por donde se mire y, soportar de nuevo los gorgoritos de la Castafiore… ups perdón, la regañina de tita Candy, más.

FIN

RESEÑA

Posted in Las Reseñas De Miren with tags , , , , , , on Viernes, 27 \27\UTC enero \27\UTC 2012 by Miren

RESEÑA 9 (por Miren)

“El tiempo entre costuras” (María Dueñas)

Editorial: Temas de hoy: Ediciones Planeta

Encuadernación: Tapa dura

Precio: 20,90 euros. También disponible en formato ebook por 14,99 euros.

ISBN: 978-84-8460-791-5

Páginas: 634

SINOPSIS:

Sira Quiroga es una niña que crece entre las calles de un barrio popular del Madrid de los primeros años del siglo XX y el taller de costura donde su madre ejerce de oficiala. Allí inicia sus primeros pasos, de chica de los recados, que le da la oportunidad de ver los barrios y las casas más selectas de la capital, pasa al taller donde descubre su habilidad para la costura. El tiempo pasa y entre las turbulencias de los años de la Segunda República, que deja intuir ya el conflicto que sangrará a España, Sira crece y se enamora de un hombre que le hace abandonar a su familia y a su novio de toda la vida. Con él emprende un viaje al Marruecos español. Abandonada y sola Sira se enfrenta a la vida. En el Tetuán abre un taller de costura que pronto tendrá éxito. Sus clientas serán damas alemanas, inglesas y algunas españolas. Desde el Protectorado Español verá pasar la Guerra Civil. Tras terminar la guerra, su amiga inglesa le propone un trato, abrir un taller en Madrid, y allí aprovechando su posición espiar a todos los altos mandos nazis afincados en la capital y pasar la información, a través de un código morse cosido en los patrones de sus piezas al Servicio Secreto Británico; la intención, evitar que con su información España entre en la Segunda Guerra Mundial. Así, Sira, una modista pasa a ser un miembro del SOE.

RESEÑA:

“Una máquina de escribir reventó mi destino. Fue una Hispano-Olivetti y de ella me separó durante semanas el cristal de un escaparate. Visto desde hoy, desde el parapeto de los años transcurridos, cuesta creer que un simple objeto mecánico pudiera tener el potencial suficiente como para quebrar el rumbo de una vida y dinamitar en cuatro días todos los planes trazados para sostenerla. Así fue, sin embargo, y nada pude hacer para impedirlo”

Una perfecta descripción de lugares exóticos. Una cuidada prosa y una buena ambientación sobre los escenarios. Algunos personajes históricos y el entorno de la época en el que se desarrollan los hechos, son el eje fundamental de esta novela. Que, sin embargo, y cómo lectora no consiguió atraparme.

El personaje principal, nuestra heroína, me parece un personaje un tanto voluble, sin la fuerza necesaria para esa vida agitada que le hacen vivir, haciéndose pasar por marroquí y espiando a señoras extranjeras sin conocer en profundidad ninguno de los dos idiomas. Rodeada de unos personajes secundarios desdibujados, sin personalidad propia, que aparecen y desaparecen de su vida con el objeto de resaltar y servir de marco para la protagonista. Salvando el caso de Candelaria “la matutera” y Rosalinda “su amiga inglesa y amante del Beigbeder”.

Hay momentos que la novela se ralentiza, repetición del origen de la protagonista, pasajes históricos que no están englobados en la propia trama.

Tiene que pasar más de medio libro para encontrarnos con la Sira espía que todos esperamos con ansia. Y precisamente a partir de ahí, es cuando el argumento pasa por algunas situaciones inverosímiles dejando lagunas argumentales, y al lector tras la intriga inicial, con la duda.

Por ejemplo cuando reaparece su padre. Un señor que en la primera parte nos deja con la miel en los labios, con una sospecha de que alguien pretende matarle, pero que luego aparece en el argumento dejando en el aire lo que pasó con él.

Situaciones como el reencuentro con su antiguo novio, convertido en inspector del Ministerio de Gobernación, y con claras sospechas de que ella es un agente de los británicos y aun así no hace nada por poner trabas a la protagonista, vuelve a desaparecer, tras, eso sí hacer moralina. Otro personaje inmerso en alguna incongruencia es Beigbeder. El hombre triunfador del Protectorado durante la primera parte de la novela; en la segunda, pese a su magnífica inteligencia y haber sido uno de los que la hacen entrar en el mundo del Servicio Secreto, acude asolado a casa de nuestra heroína a llorar sus penas; pese a la inconveniencia y los problemas que la pudiera causar, pero que efectivamente, por milagro divino del argumento no le causa.

Un antiguo pretendiente que aparece para salvarla, un asistente chivato que luego localiza al heróe —supuestamente ilocalizable, incluso por su propia compatriota Rosalinda— para confesarle que quieren liquidar a la protagonista. Un coche que aparece sin más para facilitarles una huida intensa —viajar en sólo unas horas y nocturnas desde las cercanías de Lisboa a Madrid, cruzando un país por las carreteras de 1941 y recientemente asolado y destrozado por la guerra, es toda una proeza.

Ni siquiera el motivo de Sira para hacerse espía me parece sólido, ya que ella la Guerra Civil la vive muy de pasada y en la lejanía.

Una novela bien escrita, bien ambientada, pero con unos personajes y un argumento de flojea bastante, con el único motivo del lucimiento de la protagonista principal, dejando un final abierto con demasiados interrogantes que ni limitan la novela, ni la hacen más interesante.

IMAGEN INTRUSA

Posted in Relato Libre Miren with tags , , , , , , , , , on Miércoles, 11 \11\UTC enero \11\UTC 2012 by Miren

Disparada desde primera hora de la mañana. El fuerte portazo me despertó, como siempre, mi madre salía con la hora justa para llegar al trabajo. Su tiempo era muy valioso y escaso. Ella siempre pasaba ante mí como una exhalación. Más que el ser que me había dado la vida, parecía una sombra fugaz a la que sólo veía pasar a una velocidad vertiginosa varias veces al día, no demasiadas; ya que pasaba la mayor parte de su jornada diaria en el trabajo. Un trabajo metódico, en el que los minutos se medían rigurosamente, con la inflexibilidad mecánica que imponían aquellos superiores enlatados.

Me esperaba otro día aburrido embutido entre las cuatro paredes del apartamento. Curiosamente, y a pesar del tedio que suponían las clases, y sobre todo la férrea disciplina y el control al que estaba sometido, echaba de menos el instituto; sus cámaras de vigilancia y sus guardianes de uniformes plateados, que no dejaban de vigilar constantemente cada rincón del edificio, eran mucho más soportables que esos monótonos días, en los que, no podía hacer mucho más que calarme el casco de los videojuegos y, sumergirme en el mundo virtual y tridimensional del último juego de rol que me había regalado mi madre.

Pero aquel día no me apetecía hacer ninguna de las dos cosas, quería hacer algo nuevo, lo deseaba con todas mis fuerzas. La invariabilidad me hacía caer en un estado de sopor cada vez más preocupante. No quería que mi mente se quedase dormida, no podía consentir que mi cerebro dejase de recibir los impulsos de la curiosidad, las emociones y la ilusión. Me negaba a terminar como mi madre. No era mi meta transformarme en una especie de bala disparada que actuaba simplemente por la inercia del deber, respondiendo a los estímulos de forma programada y automática sin una pizca de voluntad propia en sus actos.

En ese momento recordé mi vieja libreta, necesitaba retomarla y volver a plasmar en un trozo de cuartilla aquellas ideas que se agolpaban en mi cabeza. Ese puñado de papeles unido a unas pastas de cartón, siempre me fascinó. Lo guardaba entre mis tesoros, aquellas hojas cosidas fueron el regalo de mi maestro de primer curso, el hombre que me enseñó a leer y a escribir, el venerable anciano que sabía mirarnos con dulzura paternal a través de los gruesos cristales de sus gafas. Él siempre supo ver en mí aquella cualidad que todos ignoraban. Mi afán de saber y mi capacidad innata de plasmar sentimientos.

A pesar de mis esfuerzos era incapaz de crear nada, cerré con fuerza —casi con violencia— el cuaderno. El tedio que me envolvía habitualmente estaba matando mi capacidad para percibir emociones. Me aterroricé. “¡Noooo!” grité a la soledad que me envolvía. No quería convertirme en uno de ellos.

Me levanté de la silla y di unos pasos por mi habitación, poco a poco me fui relajando. Me asomé al ventanal y ante mis ojos se hizo patente el mismo paisaje de todos los días. El mismo panorama de siempre, una noche eterna coloreada por las luces luminosas e intermitentes de neón.

Necesitaba salir de allí, pero sabía que no podía, así que cogí mis gafas tele transportadoras de imágenes. El último juguete inventado para adolescentes; con este aparato se intentaba suplir nuestro encierro solitario, pudiendo ver a través de ellas cualquier lugar de la ciudad sin salir de casa.

Me conecté a ellas sin ninguna emoción, me sabía de memoria cada rincón que iba a visitar. Pero cuando apreté el botón me quedé helado frente a la ventana. Lo que aparecía ante mis ojos nada tenía que ver con lo que yo esperaba. Aquello era maravilloso, el paisaje me enamoró desde el primer momento. La cristalera del ventanal desplegó una hermosa imagen, un colosal y espacioso lugar cubierto de blanco. Y en primer plano, aparecía algo que debía ser una planta seca, pero que no podía identificar. En el mundo que yo conocía no  había cabida para la vida vegetal, que tan sólo conocíamos de pasada a través de los libros de texto.

Acostumbrado sólo a contemplar un entorno de paisajes oscuros oscilando entre el gris oscuro y el azul —que llamaban noche—, rotos por la luminosidad de las luces de colores de los rótulos, esa blanca claridad y aquella luz nueva me impresionó. La curiosidad perdida volvió a mi mente, tenía que descubrir qué era aquello. Y por segunda vez, recordé a la única persona que podía hacerlo: mi viejo profesor.

Me quité las gafas arrojándolas a un rincón y salí del piso con sigilo, ningún vecino debía verme abandonar mi casa o sería denunciado. Afortunadamente hacía ya un par de años que había conseguido hacerme con la contraseña de la llave digital de acceso a mi casa.

Con mucho cuidado me escabullí hacía las escaleras. Allí respiré tranquilo, no era probable que en ese lugar me pillara nadie, todos utilizaban los ascensores.  Así que, con tranquilidad, me dispuse a bajar los diecisiete pisos que me separaban de la calle, afortunadamente, también había conseguido copia de la llave del portal. Aquella escalera parecía interminable, pero lo peor sería la vuelta. Los ascensores estaban preparados con un sensor de huellas digitales que tenían fichados a los vecinos por edades, y nosotros, los menores de veintitrés años, no teníamos acceso a ellos si no era acompañados por un adulto. Aquella puñetera ley de protección de menores nos había ido convirtiendo en esclavos sin libertad. Nadie menor de esa edad podía salir sólo a la calle, íbamos de nuestra casa a los centros de enseñanza completamente vigilados por robots canguros que no nos quitaban un ojo de encima. Esos seres metálicos eran los únicos autorizados, junto con los padres, a tener las llaves de acceso a nuestras viviendas. Su misión era protegernos y controlarnos desde que salíamos del centro, hasta que nos dejaban encerrados en nuestras respectivas casas.

Una vez en la calle no me sentí tan valiente, era la primera vez que salía solo, pero me repuse inmediatamente. Conocía bien el camino y la vivienda de mi maestro no estaba lejos. Aunque hacía tiempo que no habíamos vuelto a visitarle, recordaba la dirección, al igual que mantenía clara en mi memoria nuestras visitas, antes de que mi madre se hubiese convertido en aquel proyectil acelerado.

La suerte estaba de mi lado. La calle estaba desierta y, gracias a mi aburrimiento y al abuso de las horas pasadas conectado a mis gafas tele  transportadoras, conocía de sobra donde estaba instalada cada cámara de seguridad. Agazapado entre las sombras conseguí llegar a mi destino.

La casa se conservaba tal y como la recordaba. Siempre me pareció muy extraña, y recuerdo que al principio me daba miedo entrar. Sólo quedaban tres o cuatro construcciones de ese tipo en toda la ciudad; eran viviendas unifamiliares, construidas de ladrillo y no pasaban de dos plantas. Nada parecido a las torres de treinta pisos de metacrilato, acero y cristal que plagaban las calles y se habían convertido en nuestros pulcros e impersonales hogares.

Golpeé la aldaba, aquel raro objeto de hierro y con forma de cabeza de dragón que me atemorizaba en mi niñez, contra la puerta de madera. Allí no había llaves digitales, ni identificación de huellas dactilares, ni ninguno de los sofisticados detectores de seguridad. Curiosamente todo aquello que despertaba mis temores infantiles, ahora eran un símbolo de libertad.

El maestro acudió a abrir la puerta parapetado tras sus gruesas y entrañables gafas, no había cambiado nada en aquellos años.

— ¡Hola muchacho! Cuanto tiempo sin verte. ¡Pasad! ¡Pasad! Esto… ¿y tu madre?

— He venido solo, señor.

— ¡¿Qué has venido solo?! ¡Estás loco! Ya sabes que la ley de protección del menor es muy estricta.

— Lo sé, pero mi madre cada vez tiene menos tiempo y yo… yo… necesitaba verle. Tenía que contarle algo que he visto, y tengo el presentimiento de que sólo usted podría sacarme de mis dudas.

— ¡Venga pasa, pasa! Mejor que no te vean.

La salita seguía siendo acogedora, su propietario no había cambiado un solo mueble. Nos sentamos ambos en sendos sofás frente a una chimenea apagada.

— Es una lástima que ahora con la climatología estable, este hogar sólo sirva de adorno —suspiró mi maestro—. Era maravilloso sentir su calor y ver el resplandor de las llamas en las frías tardes de invierno. Y ahora cuéntame muchacho. ¿Qué es lo que has visto que te ha hecho aventurarte a venir solo hasta aquí?

— Esta mañana estaba aburrido y pensé que a falta de poder salir, dar una vueltecita virtual por la ciudad me vendría bien; así que cogí mis gafas tele transportadoras y vi algo que no había visto nunca. Todo se veía de forma distinta con otra luz mucho más clara, no había focos, ni neones, el cielo era claro y el suelo estaba cubierto de una capa blanca.

— ¡Dios mío! ¡Muchacho, has visto la nieve!

— ¡¿Y eso es malo?! —me asusté.

— No, en absoluto, eso era un don divino. La nieve era agua congelada por las bajas temperaturas que caía del cielo los días de mucho frío. Creo que lo que has visto ha sido la imagen de la última nevada. Yo era muy joven cuando la presencié.

— ¿Me lo podría contar? Quiero volver a escribir, hace mucho que no he vuelto a hacerlo. No hay nada que me motive a ello, es todo siempre tan monótono, tan igual.

— Mira hijo, hace muchos años podíamos vivir al aire libre, ¿sabes? Allí fuera podíamos distinguir entre el día y la noche. Durante el día la luz inundaba todo el cielo, cuando no había nubes era de un azul claro y brillante. Las noches se volvían de un azul oscuro, parecido a los días completos que conocemos ahora; incluso algunas veces, cuando no se podían ver la luna ni las estrellas, la noche podía volverse totalmente negra. Llovía, nevaba, hacía frio, calor… nada era estable. Hasta que llegó la gran explosión y todo se fue al garete. —La mirada del anciano se apagó.

— ¿La gran explosión?

— Sí, hijo. Tanto se quiso explotar los dones de la naturaleza que ésta se rebeló. Y un día, el sol estalló en mil pedazos, conseguimos sobrevivir sólo unos pocos: un pequeño grupo de científicos cualificados que veíamos venir la tragedia y que fuimos preparando un refugio. Fue muy doloroso saber que todo se terminaba, y más doloroso todavía no poder hacer nada para alertar al resto de la población. Nuestros gobiernos haciendo caso omiso a nuestras advertencias, nos tenían atados a un férreo pacto de silencio. Sabíamos que si hablábamos, aparte de poner en peligro nuestras vidas, otros expertos saldrían rebatiendo nuestra teoría y nadie nos tomaría en serio. Estuvimos muchos meses parapetados en nuestro amparo subterráneo. Cuando estuvimos seguros que el peligro de radiación había pasado, y que el calor ya sería soportable en la superficie, salimos de allí. Efectivamente nuestros cálculos habían sido cruelmente exactos. Todo estaba arrasado, fulminado y calcinado. Éramos pocos pero pronto nos sobrepusimos a la tragedia. Conservamos la ilusión, aún podíamos hacer algo bueno y así comenzamos a reconstruir lo que habíamos perdido. Lo primero era pensar en cómo protegernos de las agresiones exteriores y evitar otro desastre de esa magnitud, así que comenzamos a edificar la campana metálica que compone nuestra actual atmósfera. Conseguimos elaborar un metal de tal dureza que nada podría destruirlo. Ningún ataque del cielo nos volvería a pillar desprevenidos. Luego todo fue más o menos fácil, con aquel metal y otros que poseíamos en abundancia, gracias al reciclaje, todo comenzó a rodar sin mayores problemas. Sólo topamos con una pequeña dificultad, en el equipo había pocas mujeres, con una edad en la que concebir hijos, era muy limitada; así que la capacidad de reproducirnos se vio muy mermada. Decidimos que lo mejor era fabricar seres a nuestra imagen y semejanza para que nos ayudasen en nuestras tareas y, que en algún momento, pudiesen ser los continuadores de nuestra obra.

— ¿Los robots? —interrumpí.

— Sí, hijo, y estos cada vez fueron siendo más perfectos… y esos robots fueron construyendo otros… y se fueron reproduciendo y multiplicando… y cada vez eran más inteligentes… y al final, las máquinas nos fueron dominando hasta que nosotros, sus creadores, fuimos quedando relegados al olvido. Fuimos unos ingenuos, o unos prepotentes, no sé… pero lo cierto es que las máquinas son máquinas y aunque pueden ser inteligentes, es imposible dotarlas de humanidad.

— ¿Por eso ahora ellas nos dominan?

— Sí, muchacho, por eso ahora nos esclavizan las máquinas, por eso ahora es todo tan perfecto, por eso no disfrutamos de cambios y todo es mecánico. Nuestro sueño de volver a crear un mundo como el que teníamos antes de la gran destrucción, pero mejorado y casi perfecto, se vino abajo. Estos seres jamás nos dejarán alcanzar nuestra utopía. Ya sólo quedamos cuatro viejos sin fuerzas para luchar contra una mayoría aplastante e indestructible.

— Profesor, ¿puedo hacerle una pregunta sin ser grosero o indiscreto? ¿Cuántos años tiene usted?

— Muchos, hijo, muchos, hace dos meses cumplí doscientos cincuenta años, una edad a la que el hombre no llegaba desde los tiempos bíblicos. Hemos conseguido alargar la vida, sí, conseguimos alargar nuestra existencia hasta límites insospechados. No logramos vencer a la muerte que, aunque mucho más lejana, aún nos acecha. Pero, ¿de qué sirve vivir tanto si carecemos de inquietudes, y nuestra existencia está sumida en la más total apatía? De todos modos el destino final será el mismo, no quedará ni un solo resto de nosotros, nadie nos recordará, ni pasaremos a la Historia.

— Quedamos nosotros, sus descendientes —exclamé.

— No, muchacho, no tenemos descendientes, ya lo único que podemos hacer este puñado de ancianos es esperar el sueño definitivo.

— Entonces yo, ¿quién soy?, ¿qué soy?

— Tú, muchacho, eres mi mejor obra…

FIN

RESEÑA

Posted in Las Reseñas De Miren with tags , , , , , on Miércoles, 30 \30\UTC noviembre \30\UTC 2011 by Miren

RESEÑA 8 (por Miren)

 “Veneno para la corona” (Toti Martínez de Lezea)

 

Editorial: Erein

Encuadernación: Tapa dura

Precio: 22,00 euros.

ISBN: 978-84-9746-678-3

Páginas: 331

SINOPSIS:

Navarra, marzo 1542. Doña Juana Enríquez, segunda esposa de Juan de Trastamara, infante de Aragón, duque de Peñafiel y rey viudo de Navarra; viaja en una noche tormentosa desde su castillo de Sangüesa. Doña Juana ante los primeros dolores de parto decide emprender este tortuoso traslado con el único objeto de que su hijo —que ella creé fervientemente que será varón— nazca en territorio aragonés. La comitiva tiene que parar en Sos (Zaragoza) donde, efectivamente, viene al mundo su hijo Fernando.

En esta localidad entran en su vida dos mujeres, María Valtierra y su hija Munia, cuando estas piden justicia tras haber sido violadas por dos soldados de su guardia. Doña Juana da cobijo a estas dos mujeres, que eran consideradas brujas por la población, y aprovecha que Munia queda embarazada tras la violación para nombrarla nodriza del pequeño Fernando.

Pero María Valtierra en realidad esconde otra personalidad. Ella en realidad es  Jordana Pérez de Gorria, hija de la que fue nodriza de Carlos, Príncipe de Viana, el hijo de Juan de Trastamara y su primera esposa, la reina Blanca de Navarra. Jordana se crió en Sangüesa y dado el cargo de sus padres, se crió en el ambiente cortesano, siendo compañera de juegos, tanto del príncipe Carlos, auténtico heredero de la corona de Navarra, como de sus dos hermanas. Incluso se pacta su matrimonio con otro joven cortesano. Pero el azar se ceba con la joven tras quedarse embarazada de su amante. Abandonada, malherida y con la cara deformada; debido al maltrato de uno de los esbirros de la familia de su enamorado huye hacia Sos. Allí da a luz a su hija Munia, en la choza de una curandera. Durante dieciséis largos años, María o Jordana va maquinando su venganza contra todos aquellos que la maltrataron, humillaron y abandonaron.

Este odio, esas ganas de represalia y sus conocimientos sobre venenos, son aprovechados por Doña Juana Enríquez para ver cumplida su ambición de quitarse de en medio a todo aquel que se interponga entre su hijo recién nacido y la corona. Pasando incluso por encima de sus hijastros.

RESEÑA:

“Al decir esto, doña Blanca se echó a llorar, asió sus manos y las apretó como queriendo infundirle cariño y, a la vez, pedirle perdón por no haberla apoyado en su desventura, pese a que poco o nada podría haber hecho por ella siendo como era todavía una niña. Aquel gesto la conmovió, rompió de alguna forma el hielo que rodeaba su pasado; la hizo sentirse en paz por primera y última vez.”

Nadie mejor que Toti Martínez de Lezea para recrearnos en nuestro pasado. Navarra, mediados del siglo XV. Aspirantes al trono, usurpadores, legítimos herederos, ambiciones, reinos colindantes al frente de reyes unidos por fuertes lazos familiares.

Con prosa cuidada, diálogos ágiles y lenguaje claro (sin abusar de terminologías y vocablos concretos de aquella época). La autora nos va metiendo de lleno en los preliminares de una Península Ibérica, aún desgajada en diversos reinos.

Según pasamos las páginas nos vamos haciendo una idea de lo que era la política de entonces. Ansías expansionistas, ambición y poder. Desde los más  altos cargos a los vasallos que rodean las distintas cortes; pocos se libran de este baile de intereses.

Particularmente me ha gustado mucho el tratamiento de los personajes, tanto los reales: Juan de Trastamara; su esposa, Juana Enríquez; su hijo Carlos, el príncipe de Viana, así como sus hermanas Blanca y Leonor. Todos ellos, desde Juana —personaje principal de la novela—, hasta su hijastra Blanca que pasa como de soslayo hasta casi la final de la novela, dejan huella —debido sobre todo al conocimiento histórico de la autora— que va dejando entre las páginas de ficción datos reales y biográficos que nos hacen tener plena consciencia de sus protagonistas.

Los personajes de ficción: María Valtierra, alías de Jordana Pérez de Gorria; su hija Munia; Haim Abernardut; físico judío de la corte de Juan de Trastamara y enamorado de Munia, Miguel de Ezpeleta, el prometido de Jordana; Beltrán Ximenez de Zangoza, su amante; Lope Ximenez de Zangoza, primo de Beltrán; Iakue, servidor de los Beltrán esbirro que golpea y deforma la cara y el cuerpo de Jordana. Son todos (a pesar de lo más o menos breve de su aparición en la novela) importantes, personajes fuertes que van dejando su impronta en el lector.

Cada personaje desarrolla su papel y está dónde y cómo debe estar en el momento oportuno, ensamblando poco a poco la trama de la novela.

Una trama que se puede diferenciar en dos partes. Por un lado la trama histórica, la ambición de Juana Enríquez y las desavenencias con sus hijastros, sobre todo con Carlos; el auténtico heredero de Navarra, que culmina en su misteriosa muerte que es achacada a su madrastra; aunque no hay pruebas históricas de ello. Y por otro lado las ansías de venganza de Jordana, su odio desmedido por todos aquellos que la humillaron y abandonaron a su suerte. Un sentimiento del que se vale Juana Enríquez —haciendo viajar a nuestras protagonistas hasta Nápoles y Sicilia— para conseguir sus fines principales, que su hijo Fernando llegue a ser algún día rey de Aragón, Navarra y Cataluña. Lo que no sabía su madre es que sus desvelos tendrían más éxito de lo esperado, ya que Fernando con el paso de los años y tras su boda con su prima Isabel llegaría a convertirse en uno de los monarcas más poderosos de su época: Fernando el Católico.

Un excelente paseo por la Historia de los años anteriores al reinado de los Reyes Católicos. Donde a la vez de distraernos podemos hacernos una idea más clara de la situación de reinos como el de Aragón, Navarra y los condados de Cataluña, que ya están abocados a su crepúsculo, para dar paso a un país centralizado y unificado.

Un claro ejemplo de como la Historia y la ficción no están reñidas, muy al contrario, bien encajadas pueden ser una excelente herramienta para ampliar conocimientos sobre lo que fuimos y hemos llegado a ser.

Un libro especialmente indicado para todos aquellos apasionados de la novela histórica, que no dejará indiferente y mucho menos cansará a los no tan aficionados a esta materia, ya que tiene otros alicientes como la aventura, los viajes por reinos medievales como Aragón, Cataluña, Nápoles y Sicilia; siguiendo la trayectoria ambiciosa y como no las intrigas palaciegas de los personajes poderosos o cortesanos, reales o ficticios; unidos con un nexo común, cambiar el rumbo de nuestra Historia.


EL DUENDE DE LAS CASTAÑAS

Posted in Relato Libre Miren with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 12 \12\UTC noviembre \12\UTC 2011 by Miren

No me gustaba el otoño. Era una estación tonta y llorona. Los días eran siempre grises, llovía casi todo el tiempo, comenzaba el frío, los árboles se ponían feísimos convirtiéndose en palos negruzcos y secos. Y para colmo empezaba el colegio. De nuevo atenerme a los horarios, aguantar las aburridas charlas de los profes y, cómo no, al pesado de Jesús Enrique que llevaba dándome la paliza desde el parvulario con la tontería esa de que quería ser mi novio y, lo que es peor, aguantar con resignación sus proyectiles de papel disfrazados de avioncitos donde —con mala caligrafía, y peor ortografía de— me escribía sus interminables poemas de amor. Aún recuerdo la primera que me escribió cuando ambos teníamos sólo seis años:

“Bolverán las hoscuras Jolondrinas

En tu valcón sus nidos a coljar una

y hotra bez con el hala en tus cristales,

Gujando yamarán.

 

Pero haquellas que el buelo refrenavan

tu ermosura y mi dicha contemplar.

Haquellas que haprendieron nuestros nombres,

¡esas no bolverán!”

Poesías que, para mi indignación y disgusto, luego me enteré que no eran suyas. Eran de un tal Gustavo Adolfo Bécquer, según nos contó la profe de Lengua. Mi enamorado —además de bobo— era un mentiroso y un mal imitador, por lo menos podía haberse esforzado en hacer bien la copia.

Con lo bien que vivía yo en verano, con sol, playa, sin horarios, sin deberes… Sin Jesús Enrique, y con Jorge —nuestro vecino de apartamento—. Un pillo pelirrojo y pecoso que me tenía sorbido el seso.

Pero lo peor de todo, y con diferencia, eran las excursiones campestres de fin de semana. No terminaba de entender ese gusto que tenía mi padre por llevarnos cada domingo, al monte, al bosque… bueno a todo lo que fuese silvestre.

Me agobiaba la neblina, me molestaba sobremanera pisotear las asquerosas hojas marrones húmedas, y llenarme los zapatos de barro —que luego había que limpiar—. Las obligaciones en casa estaban repartidas, y a mí me tocaba recoger la mesa y limpiar el calzado.

Esa tarde estaba más mohína de lo normal. La semana había sido dura, septiembre y octubre eran meses más o menos relajados, toma de contacto con los compañeros, primeros temas de repaso, etc. Pero en noviembre comenzaba ya lo más pesado. De buena gana me hubiese quedado en casa tumbada a la bartola escuchando música o hablando por teléfono con Cris —mi mejor amiga—. Pero con diez años no te queda más remedio que seguir a tu familia donde quiera llevarte. Y en este caso era sufrir una tarde húmeda y molesta en un barrizal plagado de hojas secas.

Iba caminando tan absorta que no me di ni cuenta de que me había alejado de mis padres y hermanos. Cuando quise reaccionar, me vi allí sola en medio de un bosque, rodeada de árboles. Me puse muy nerviosa, era lo peor que me podía haber pasado. Perdida en aquel otoño que me repelía y a la vez me provocaba inquietud.

Di unas vueltas en redondo pero tampoco me atrevía a alejarme de aquel lugar, imaginaba que cuando se diesen cuenta que yo no iba con ellos volverían a por mí. Respiré hondo y decidí que lo mejor era quedarme allí y esperar. Pasaron horas (bueno mejor dicho, minutos que a mí me parecieron horas) y allí nadie aparecía.

Unos ruidos procedentes de los arbustos me alertaron. Me quedé muy quieta y de pronto entre una zona espesa del bosque apareció un ser extraño. Era como un hombrecillo que me llegaría por la cintura. Tenía una gran nariz ancha y ganchuda, y unos ojos enormes; pero lo que más me llamó la atención fueron sus enormes orejas de elefante.

La sorpresa del hombrecillo fue tan evidente como la mía.

— ¡UIUIUIUIUIUIUI, una niña humana! —exclamó—. No es nada habitual veros por estos parajes, y menos, solas.

— Creo que me he perdido, pero estoy segura que mi familia volverá enseguida a por mí. —Intenté aparentar una seguridad que no tenía. Me habían enseñado desde muy pequeña a desconfiar de cualquier desconocido, y más, si estos tenían un aspecto extraño, y este lo tenía, y mucho.

— Tranquila hijita, te haré compañía mientras vienen tus padres. Me llamo Rumpelstilskin, y soy un duende.

En aquel momento no sabía si reír o llorar ¿duendes? Hacía un par de años que era lo suficientemente mayor para no creer en seres mágicos.

Sin poder evitarlo las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos. ¡¿Qué hacía yo ahí perdida en aquel lugar, acompañada de un tío raro y en un estúpido otoño, la estación que más aborrecía?! Con la desesperación no me di cuenta de que  la última frase la había pronunciado en alto.

— ¿No te gusta el otoño, pequeña? Pues que sepas que es una estación maravillosa y llena de magia. ¿Ves estos árboles? Son castaños y son milenarios, llevan aquí muchos años. Creo que más que yo, y yo ya voy por mi 315 cumpleaños —y eso que entre mis congéneres soy de los más jovenzuelos je,je,je— ¿Sabes que esta es la época perfecta para la naturaleza?

— Pero se hace enseguida de noche, llueve mucho y hace frío, no me gusta —protesté sin dejar de gimotear.

— Claro nenita, para que el campo se regenere tiene que llover. ¿Qué quieres que los pobres árboles y la hierba se mueran de sed? Tú necesitas beber para vivir y ellos también. ¿Te figuras que todo fuese sol, sol, y más sol? No habría nada verde, al final todo se volvería marrón y se quemaría con el efecto solar. No habría agua, ni vida. Ni las plantas, ni los animales, ni tú, ni yo podríamos existir.

— Pero en verano soy libre. En invierno llega Navidad. Y en primavera ya comienzo a soñar con las vacaciones…

— Hijita, si todo fuese un interminable verano, o una eterna Navidad, os cansarías también de esa vida. Los humanos sois muy volubles y caprichosos; nada que ver con nosotros que somos seres estables, ejem, ejem.  Mira pequeña, mira mis manos. Esto son castañas, el fruto de estos árboles que, como ves, se empiezan a quedar feos y desnudos sin hojas. ¿Sabes por qué? Porque ellos ahora van a comenzar a dormir. Les espera un largo invierno, si el inclemente frío no les pillase dormitando, les mataría. Pero antes de que eso pase —como son seres agradecidos y generosos— nos dejan su último regalo hasta que vuelvan a despertar en la próxima primavera; nos dan su fruto. Un fruto que sirve de alimento a los animales y a las personas. ¿Has comido alguna vez castañas asadas?

— Sí, y me gustan mucho, mi abuela las hace cuando vamos verla. A mis hermanos y a mí nos encanta comerlas calentitas y sentados junto a la chimenea, mientras ella nos cuenta historias y leyendas de su pueblo.

— ¡Lourdes! ¡Lourdesssss! —Sentí una gran alegría; era mi familia que me llamaba, y estaban muy cerca.

— ¡Ups! Creo que ya vienen a buscarte. Es hora de desaparecer. Comprende que somos seres huidizos y no nos gusta mucho el contacto con los de tu especie. Aparecemos en contadas ocasiones, y sólo, cuando alguien es realmente muy especial. No, no, no, podemos darnos a conocer, aún no sois lo suficientemente fiables, no podemos arriesgarnos a que nos exterminéis.

— Adiós Rumpelstilskin. —Me despedí con un deje de tristeza.

— Adiós pequeña, y recuerda siempre que esas castañas que tanto te gustan son un regalo de tu amigo el otoño.

************

— ¡Jooo, mamá! ¡Cómo me ha gustado tu cuento! Aunque el otoño sigue sin gustarme nada de nada.

— Bueno, eso ya lo veremos. Venga remolona ponte el abrigo que tu padre nos  está esperando en el coche. Hoy ya sabes que te tienes que portar bien. Es un día muy importante para él, nada menos que va a recoger el premio “Pluma de oro” que le han concedido por su última novela. Tenemos que estar muy orgullosas de él.

— Sí, mamá, lo estoy. Ayer mi profe de Literatura me dijo que había leído todos los libros de papá. Me felicitó por tener como padre a un magnífico escritor. También me dijo le diese la enhorabuena de su parte y que le comentase que  es una gran admiradora suya. Y que yo podía aprender de él, que como siga así en ortografía, me tendrá que suspender. —Suspiró la niña.

— Ja,ja,ja,ja, eso es porque ella no sufrió sus arrebatos literarios durante toda la infancia. ¡Menos mal que todo en esta vida tiene arreglo! ¡Vamos, vamos qué se nos hace tarde! Te prometo que el domingo que viene iremos al campo. Lo mismo hasta con un poco de suerte nos tropezamos con el duende de las castañas. Pero, umhmmmm, eso no te lo puedo garantizar del todo. Rumpelstilskin es un poco quisquilloso y sólo aparece en ocasiones muy especiales y, únicamente, cuando algún humano le resulta simpático.

FIN

NOTA DE LA AUTORA: La maravillosa foto del Castañar de Casillas me la ha prestado amablemente Ignaciocenteno. Un genial fotógrafo que tiene en su página de Flickr, una colección de fotos magníficas.  Muchísimas gracias Ignacio.

DESPEDIDA

Posted in Especial Lamedores, Los relatos más relamidos, Relato Libre Miren with tags , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 22 \22\UTC octubre \22\UTC 2011 by Miren


Por favor, amor, no digas nada, déjame hablar. Hace tanto tiempo que deseaba disfrutar este momento, de abrirte mi corazón. Tantos años reprimiendo las palabras y los sentimientos que ahora, voy a convertirme en un torrente, y trataré de explicarte —si es que la emoción y mi torpeza para expresarme me lo permiten— todo lo que llevo dentro.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Jamás podré olvidar aquel día en el que tropezamos en la puerta de la lonja. Yo iba en mi bicicleta, y tú ayudabas a tu tío a descargar las cajas del pescado. ¡Casi te tiro al suelo!, y yo, hubiese ido detrás. ¿Recuerdas cómo nos reíamos después, cuándo nos imaginábamos rodando por el muelle cubiertos de sardinas y de boquerones? Desde el primer momento me hechizó tu piel morena y tu blanca sonrisa. Y no podía dejar de contemplar tus ojos grises que cambiaban continuamente de tonalidad según el color del mar.

Desde entonces, y a pesar del disgusto de mis padres —que no podían entender cómo una niña de clase alta como yo, abandonase a su pandilla de siempre para pasar tantos ratos junto a un pescador— no dejé de frecuentar ni el puerto, ni tu vieja casa. Recuerdo a tu madre, siempre con las manos ocupadas en algo, tan joven y tan hermosa. Y tú tan orgulloso de ser su calco y no tener un mínimo parecido con aquel padre que os abandonó.

Recuerdo a tu abuelo, sentado en su mecedora. Siempre con su pipa encendida o apagada entre sus rugosos labios. Siempre dispuesto a que nos sentásemos en el suelo a su lado para contarnos historias de sirenas, de caballitos de mar, de sus largos viajes, por todos los mares del mundo. Historias, que luego me decías que eran sólo producto de su imaginación, porque él jamás salió de las costas gaditanas con su pequeño barco de bajura.

No he vuelto a ver  atardeceres tan hermosos cómo los de la Bahía de Cádiz cuando, cogidos de la mano, caminábamos por la playa.

Tú querías ser médico, ¿recuerdas? Y deseabas que empezara tu último curso del instituto para iniciar tu carrera. Yo quería ser periodista, y ambos nos dejábamos arrastrar por nuestros sueños. Tú te convertirías en un famoso oftalmólogo e irías a buscarme a Palencia. Mientras tanto nos consolaríamos con nuestros veranos.

Pero no nos quedó ni ese alivio. Mi familia y yo jamás volvimos a Cádiz. Mis padres alertados sin duda por aquel cariño, vendieron nuestra casa, y desde entonces nuestro lugar de veraneo fue otro. No podían dejar que la niña se les malograse con un muchacho humilde  sin un apellido reconocido. Siempre chocando con lo mismo… el qué dirán… el dinero… la posición… el buen nombre…

Phssss no digas nada aún, déjame explicarte. Sé que me vas a decir que pude escribirte, llamarte por teléfono, siempre hay mil formas de comunicarse. Yo me fui, y tú prometiste ir a despedirme. Pero no apareciste, Álvaro. Esperé y esperé, me consumí en un mar de amargas lágrimas, no cumpliste tu promesa y yo no quería marcharme de allí sin decirte adiós. Mis pies permanecían anclados al suelo, y mi mirada fija contemplaba el lugar por donde deberías haber aparecido. Casi tuvieron que meterme arrastras en el coche. Según me iba alejando de allí una punzada de dolor se clavó en mi corazón. Y luego meses y meses esperando unas noticias que jamás llegaron.

Hoy, por fin he podido volver, han transcurrido nueve largos años. Terminé mis estudios, tengo mi trabajo, soy una mujer independiente; y al final mis padres han comprendido que ya no soy una niña y puedo tomar mis propias decisiones. Jamás les perdoné haberme prohibido volver a este hermoso lugar. Cómo tampoco te perdoné a ti tu abandono.

Tenía que regresar, por orgullo. Tenía que saber qué había pasado y acallar esa duda que me corroía las entrañas.

He vuelto a recorrer el puerto, he visto tu casita —blanca y encalada, igual que antes— y mi corazón comenzó a latir de nuevo. He llamado a la puerta y tu madre salió a abrirme, casi ni la reconocí. Es increíble lo que ha cambiado en estos años, no es ni sombra de lo que fue. Miré la mecedora del abuelo y estaba vacía, la casa en sí, estaba vacía. Al fin, he encontrado lo que venía buscando.

************

Mientras las ruedas del coche de mi padre giraban para devolverme a mi casa, tú luchabas entre la vida y la muerte. Ahora me acuerdo perfectamente de aquella ocasión en la que te comenté que el mejor regalo que podías hacerme, era una estrella de mar, ¡necia de mí! Y eso es lo que hiciste, ir a buscar mi regalo. Eras el mejor nadador y buceabas cómo los mismos peces. Cómo decías tantas veces, el mar y tú erais amigos. En él te criaste y empezaste a desplazarte por sus aguas incluso antes de caminar por la tierra. Hay amigos que traicionan y este te traicionó, o, quizá no. A lo mejor simplemente te quería tanto que quiso tenerte sólo para él. No pudo soportar compartirte conmigo.

Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, saqué un trozo de papel y lo arrojé a ese mar traicionero que me quitó lo que más quería. Era la carta que tenía preparada para enviarte. Esa carta que el despecho y la certeza de que me habías olvidado, quisieron que se quedase arrinconada en un cajón. Destrozada volví la espalda a la playa y con paso lento me fui encaminando al centro de la ciudad, que abandonaría en breve, seguramente para no volver jamás.

Mientras me alejaba, el murmullo de las olas me trajo tus últimas palabras: “Te quiero Carolina”.

FIN