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MALA SANGRE

Posted in Especial Lamedores, Los relatos más relamidos, Relato Libre, Relato libre Soledad Gallardo, Relatos Solidarios Fundación Vicente Ferrer with tags , , , , on Martes, 28 \28\UTC mayo \28\UTC 2013 by soledadgallardo

La espalda ensangrentada yace sobre una exquisita alfombra gris con greca multicolor. Lástima, masculla el dependiente que tapa su nariz.

La policía que atiende el teléfono insiste mucho; quiere saber si la víctima es mujer maltratada de mediana edad o joven descerebrado a rayas de coca .

-¿Cómo saberlo, señorita?- replica el dependiente con mucha educación.

-Diferente protocolo- justifica la agente y prosigue su interrogatorio.

-Le digo que es una víctima, hombre, mujer, hetero o no… Lo que a mí me preocupa es que el pelo se le está apelmazando cada minuto más. No canta mucho el olor pero si me sigue usted preguntando, quizás hasta tenga que fumigar el local.

-¿Qué ha sido lo primero que ha visto usted al llegar, hoy?

-Un reguero indescriptible hasta un charco con unos magníficos dorsales, inertes ya del todo. Le repito que he llegado sobre las 8.15, me he adelantado como los almendros, para recolocar la tienda y limpiar los restos de la fiesta de inauguración. Ya sabe a quién madruga… Pero esta vez, ¡ya ve que no! Días de mucho, vísperas de nada.
-No le he preguntado eso. Me tiene que decir si ha gritado al encontrar el cadáver o le ha visto alguien entrar .
-Grito ahora. ¡¡ Quiero que se lo lleven ya!! No le quiero ver la cara, me basta el culito para darme pena de cuerpo, de vida y de agentes por la seguridad que pretenden desde un locutorio resolver los casos . Me habla usted desde un sillón de escay, porque será de escay su sillón ¿verdad? Pues venga aquí, compruebe lo que le cuento, no espere al siguiente asesinato para finalizar esta conversación. ¿A qué esperan?

-Le ruego que no utilice más la ironía y se abstenga de contestar sólo a lo que se le pregunta. En cuanto acabemos, una patrulla se acercará a su dirección para esperar la llegada de la juez.

-¡Ah! ¿Si? ¿Y será juez o jueza? ¿Un carcamal o una friki estirada a lo CSI ?  Pero… ¿quieren venir ya de una vez? Por favor, señorita, por favor, por Dios santo del amor hermoso. Se lo ruego, que se lo lleven, que investiguen lo que estimen oportuno y me dejen en paz, señorita o señora; o bien casada o bien quedada.

-Está seguro usted que ….

-Le digo que estoy seguro que más de una docena de niños han sido maltratados para confeccionar esta alfombra. Cada nudo es fruto del esfuerzo de unos dedos pequeños como dátiles africanos; sus colores no son los originales obtenidos en las tinajas, se han aclarado con lágrimas de ojos inocentes, negros , espantados. Esta pieza no lleva un pespunte que no responda a la letra que con sangre entra. ¿Quiere más detalles? Podría seguir con la trayectoria del producto final , primero para salir del zulo donde fue confeccionada , para protegerse de la humedad en el barco y ahora … bueno , el final ya lo sabe. Tengo que reanimarla, eso me costará una cifra incalculable.

-Disculpe, si tan mal le parece la esclavitud infantil ¿por qué importan esas alfombras?

Oir, ver y callar, hacen buen hombre y buena mujer. ¿Usted quiere que me despidan? Ni hablar. Por San Pancracio el ajo crece un palmo al día , son fechas de ventas, son días de comprar lo que no se adquirió en su lugar de origen. Días de…

-Ya, me impresiona usted con sus refranes.

-Pues aténgase a ese protocolo y agilice trámites que la alfombra es kurk.
-Será cool.

-No, señorita o señora, o bien casada o bien quedada. Exactamente kurk, dícese de lana buena.

-Ya, Ojos de extraños no alcanzan a ver los daños– concluye la agente.

No habían pasado más de veinte minutos de la conversación telefónica, cuando la policía Pómez Aguado entró en la nueva elegante tienda tras la juez , la médico forense , y otros compañeros y agentes superiores de la Guardia Civil. Había acabado su turno de noche como recepcionista; necesitaba un aliciente nuevo para acometer la semana y lo había encontrado.Lejos de importarle los hechos y el móvil del crimen, quería ver una alfombra. Quizás hasta comprarla a precio de saldo. ¿Por qué? porque la ocasión y tentación, madre e hija son.

 

MUERTAS LAS BURBUJAS, SE ACABÓ EL GIN TONIC por Soledad Gallardo

Posted in Lamedores en Negro, Relato libre Soledad Gallardo with tags , on Viernes, 26 \26\UTC octubre \26\UTC 2012 by soledadgallardo
¿Qué es lo que pasa… contigo? – entonó el encargado del PostMoon
“No sabría qué contestar” respondió Larrubia. Entre muecas simpáticas, encogió también los hombros y optó en ese momento por seguir la vida una noche más “o menos ” según se mire, pensó ella.

La verdad es que hacía tiempo que se sentía a menudo extraña; no paseaba ya por el embarcadero ni necesitaba acercarse a los turistas, no había vuelto a ver a su familia. Dejaron de entusiasmarle las golosinas o chucherías baratas de los primeros años allí, ni siquiera disponía del espacio de antes para atesorarlas.
Cuando cruzaba el pasillo hacia el camerino, uno de los jubilados le asió por la cintura para acariciarle el oído como le gustaba hacer. Era el señor Hellman, llevaba años perfeccionando un susurro que imitara las olas del mar. A Larrubia siempre le reconfortaba su aliento dulzón antes de sentarse ante el espejo.
Desde el otro lado del local, su amigo Juan, el encargado, la observaba y le lanzó unas voces. “¡No tienes escapatoria! ¡Hoy vuelves a cantar!” le gritó. Larrubia le devolvió entonces una mirada más alegre porque acaba de recordar que era jueves, el mejor día de la semana y la única noche que elegía cantar. Los clientes solían llegar  relativamente frescos -como Hellman, el jubilado alemán que ahora la rociaba sin querer-  habitualmente acudían solos o acompañados de tan solo uno o dos amigos.
Hellman, por ejemplo, sí aprecia un buen gin tonic con el toque adecuado y es capaz de conectarse a un cálido blues,  esa sabiduría le ha salvado hasta ahora   la vida. Los cocidos y escocidos de los sábados noche, no. Los que atraviesan los cortinones y entre bandazos recorren la moqueta,singles  o parejas, esos no valoran ni sospechan los variados ingredientes de los cócteles del PostMoon. Esos sólo  llegan a abrevar o triturar con sus babas resecas las almendras y peladillas.
Tras la barra del garito, las nuevas camareras se afanan en  recolocar  las ramitas  de enebro, las flores de loto, el cilantro,  los palos de regaliz, las canelas de diferentes aromas…Junto a ellas, apostado ya en su banqueta, el encargado se esfuerza en mantener abiertos los párpados, un empeño difícil desde hace unos cuantos días. Y es que a su cabeza vuelve cada mañana, cuando intenta dormir, el aspecto del caballero que les salió al encuentro a Larrubia y a él hacía ya tiempo, dos días después de haberse conocido. Entonces y para privarle del sueño, irrumpe en  su mente el origen del  declive del 2012.Cuando Juan y Larrubia se toparon en el centro de la capital, un  29S se convirtió también en fecha emblemática para mucha gente.  Corrieron  entre calles y se chocaron, cruzaron unas palabras y bebieron en un bar madrileño que horas después sería famoso por las redes sociales que ya ni existen.Aquella misma noche después de reír  volvieron a correr y a gritar consignas contra criminales disfrazados de políticos ;    las fuerzas de orden les apresaron y tras cuarenta y ocho horas no supieron decir no, les escocía la piel maltratada y la sangre reseca. Además  siempre habían sido cobardes y complacientes, sus interlocutores no tardaron en percatarse.
“Las pastillas para vigorizar las mentes ancianas causan efectos inmediatos, constatados, sin molestias para ellos ni síntomas que delaten una intoxicación evidente”. Larrubia y Juan creyeron que aquella propuesta para colaborar con la policía y un laboratorio era interesante para salir de allí sin cargos y participar en un experimento científico. Ellos sólo tenían que trasladarse a una ciudad costera, y suministrar los ácidos disueltos, con la maestría de un barman experto en cócteles. La clientela, de un perfil muy determinado, les vendría rodada y  hasta sedienta.Así la pareja de amigos  no tardó incluso en ilusionarse. Podrían subsistir y abandonar un futuro tan negro entonces como ahora en el 2035. La farmacéutica no se permitiría correr riesgos y por eso ellos  asumieron la obligada discreción. Cuando el laboratorio diera por finalizado el proyecto, a Juan y a Larrubia les esperaría una recompensa generosa o un futuro enmascarado. Ambos lo quisieron creer así.Desde  aquello  el hambre y la violencia se han llevado una gran parte de la población en España, los recursos para subsistir  siguen siendo cada vez más escasos y solo en guetos, antiguamente urbanizaciones privadas, cabe la posibilidad de salir adelante. En la  costa levantina, por ejemplo, aún  persiste la vida artificial pero vida al fin y al cabo que ven y se creen en el exterior hasta el punto de soñar con ella. La pluralidad de medios de comunicación ha dejado de existir y los informativos apenas difunden basura grabada en interiores.

Tan alta es la adicción que generan las sustancias que suministraban y suministran a la población nórdica emigrante , que cualquier sospecha de síntoma extraño es desechada por las mismas víctimas para no enturbiar su falso bienestar. Anuladas sus voluntades, ríen, follan y beben a destajo, mientras sus pensiones desaparecen de manera fulminante unos días antes de morir henchidos y reventados de placer. Las familias de los ancianos, al recibir la noticia de sus óbitos no indagan ni quieren, ¿acaso no se habían largado a España para vivir una eterna juventud?

Ya suena la música. En esta noche especial los turistas de la primera quincena del mes  esperan  elegir  uno de los famosos gin tonic de la amplia y  famosa carta anunciada por  sus compatriotas, escuchar jazz y disfrutar de una agradable compañía.  Juan  sospecha cada vez más que el tipo decrépito pero elegante que les saluda, y que llamó a su puerta hacía unos días pudiera ser el encargado esta vez  de evadir las últimas ganancias en las que ellos han intervenido. Acaba de  sentarse  en primera fila, frente al escenario. Su visita empieza a presagiar el final de una aventura a la desesperada . En realidad cuando en la puerta del apartamento les preguntó por las camareras, Larrubia ya había intuido que  ellas  podrían ser las sucesoras.

Ahora a Juan  mientras escucha el tintineo de las varillas en los dos primeros gin tonic de la noche, las palabras viejas y las recientes del mismo tipo le acuchillan la frente .  Poco a poco en su cabeza todo empieza a cuadrar. Son estadística y les ha llegado la hora.  De pronto desea que larrubia salga ya del camerino porque  ha comenzado a echarla salvajemente de menos.

Mientras tanto Larrubia aún  perfila sus labios rojos, frente al espejo, y piensa también que compartir el mismo apartamento con otros empleados, durante más de veinte años, ha supuesto un sacrificio demasiado grande. Juan y ella nunca han sido amantes más que por extrema necesidad y aunque cohabitan en la misma miseria, se salpican en el lavabo y el aire apenas corre entre ellos, se han habituado a pasear juntos cada noche hacia el pub  sin disfrutar de la  intimidad que habrían merecido. Quizás sólo por eso, unas lágrimas le obligan por primera vez a retocar el excesivo maquillaje antes de dejarse ver.

Juan  sorprendido de ella y de si mismo  decide,  sin saber por qué, acompañar al piano a Larrubia cuando asoma al escenario. Hacia las diez de la noche, “ Black to black” cautiva  al público octogenario que de pie aplaude por igual a Juan al teclado  y a ella por su voz sensual. Abrazados y visiblemente emocionados al terminar de interpretar “ A song for you” entrechocan las copas que las chicas les acaban de volver a ofrecer.

Apenas dos horas después, la pareja con un humor muy diferente se encuentra, en el apartamento, muy conmocionada. Juan sonríe a Anabel, ya no la ve rubia sino tan morena como veinte años atrás. Ella canta por primera vez sólo para él mientras se desviste y, apenas sin hablar , le invita a completar el tratamiento que han iniciado unos brindis atrás, similares a los ingeridos por sus clientes durante tantos años.

Esta vez al bailar abrazados les une una ternura especial, el destilado de agave se hace sentir como un sonido envolvente poco a poco en todos los órganos y puntos vitales. La piel les arde y los sentidos explotan encendidos como nunca antes habían llegado a sentir. Hasta el último estertor la mezcla en sus gin tonic provoca estelas azules en sus miradas. Y así, entre  arrullos,  ella tan lista y él tan flaco susurran “Lástima que el experimento tenga que culminar”

UN BUEN HISTORIAL por Soledad Gallardo

Posted in Relato Libre, Relato libre Soledad Gallardo on Martes, 11 \11\UTC septiembre \11\UTC 2012 by soledadgallardo

La vida le ha dado un respiro de dos días… Eso pensó su madre cuando le vio llegar, con la pequeña maleta de mano, la  mirada brillante y  aquella sonrisa bobalicona que le caracterizaba como a ella cuando las cosas le salían bien.

Desde la calle la llamaba. Y ella arriba en el balcón le volvía a ver  zalamero, dispuesto a saltar de alegría, con ganas de tragarse lo  comestible y fumable a su alcance, deseoso a  dejar  la piel tan enredada  en las rocas de la playa como en  los wateres del barrio.

Ya en su casa, tras una ducha apresurada, como  cada uno de sus movimientos,  rodeó una vez más a María por la cintura. Parecía que a él le sobraban brazos y a ella le faltaba cintura, pequeña desde que el hambre y las preocupaciones se instalaron en su vientre.  Y es que  Claudio la quería, a su manera. Su madre le había  apoyado en trifulcas,  en la calle y en la escuela siempre, quizás sólo porque su niño era cariñoso y sonreía cuando le trataban bien.

La sentencia salió hacía ya un año. Recogía el último robo del líder del barrio, el perpetrado a una bella frutera,  con intimidación,  que  se sumaba así a hurtos y anteriores atracos hasta un número difícil de recordar para el abogado de oficio.  Sin embargo, el mejor hijo para  su  madre, había conseguido  en los últimos días reconvertir en bueno su historial penitenciario. Así Claudio,  exultante, confiaba en un fin de semana memorable, de permiso  merecido, cuando besó a su madre y le preguntó por su secreto.

-Le di a ella la mitad, como me dijiste, y el resto… lo he ido vendiendo para pasarte en cada visita y bueno, queda un poco en el fondo del… – y ahí quedaron las últimas palabras de María hacia su hijo.

-Falta, falta, no puede ser… – replicó Claudio

Fueron solo unos bufidos y algunas palabras las que salieron de la boca, como siempre  maloliente, de Claudio. En apenas unos segundos, María recuperó la angustia adherida a su papel de madre; el pavor de no saber qué pudo haber hecho  mal o debiera haber callado, la estúpida sensación que le encogía su estómago cuando su niño dejaba la carita desvalida  que enseñaba el diente roto.

Ahora volvía a ser el tipo sin escrúpulos de mirada atravesada, la bestia desbocada que subía al desván, dispuesto a arremeter  contra la puerta varias veces repuesta. Lo que él no sabía es que dentro no quedaban más cachivaches que vender, solo un confortable sofá rojo y los útiles  de despedida  dispuestos, con el decoro indebido, de una madre rendida.

María, en un alarde de atención hacia ella misma llegó a prepararse una infusión especial mientras  justificaba su decisión. Calculaba el tiempo que un yonqui se toma apremiado por una urgencia vital, tan vital como la  ansiedad acumulada por ella para encontrar al fin la paz. Terminada la taza, dos cigarros y una conversación trivial por teléfono, respiró hondo y subió al camarote. En unos instantes rememoró escenas tratando de preservar recuerdos con algún valor, objetos que subieron y poco tardaron en bajar . Regalos,  piezas de vajillas, artículos robados… poco le importaron  que hubieran sido algún día de ella, de su padre o de sus hermanos que al igual que las cosas  salieron de aquel antro para no volver jamás.

Al llegar al descansillo, María observó que ni siquiera se notaba que la puerta , como en anteriores ocasiones ,  había sido forzada. “Probablemente hasta la dejé abierta” susuró .  Y allí, como presentía,  descansaba  el último despojo de  sus entrañas. La cabeza recostada en el mullido respaldo y un pequeño reguero de sangre en el brazo. Los ojos cerrados y el semblante de dulce sobredosis  de la mejor calidad.

Tal y como había imaginado, sin tocar nada regresó al piso. Agarró la misma maleta que ya no desaprovecharía más  él y, tras rescatar el dinero que quedaba en el fondo del edredón, salió en busca también de otra oportunidad.  Definitivamente, aunque fuera de dos días , necesitaba un respiro.

COLGADA

Posted in Relato libre Soledad Gallardo with tags , , , , , , , , , , on Jueves, 28 \28\UTC junio \28\UTC 2012 by soledadgallardo

La bandolera se estrenó en la calle un día de primavera, tersa, radiante, caminaba junto a un novio  también nuevo, altivo. Dentro llevaba el maullar de una gata siempre dispuesta a extender sus patas en el regazo de una falda o pantalón. Tras cinco años, ha pasado por muchas manos pero sigue igual de bonita.

Su  piel es blanca, rota. Guarda enganche de pendiente a un lado, resguardo de compra en otro, una llave para probar, el bolígrafo gastado y ocho condones a punto de caducar.

MUÑECAS GRANDES

Posted in Relato libre Soledad Gallardo with tags on Viernes, 8 \08\UTC junio \08\UTC 2012 by soledadgallardo

Su boca quería estrenarse al mismo tiempo que el vestido rojo. Era la primera cita. Durante el camino ya no había luz y el viento había comenzado a azotar. Sin embargo, la joven caminaba sin descanso hacia su secreto; con pasitos cortos sujetaba la tela para que no se elevara, y según humedecía los labios éstos le escocían cada vez más.

Finalmente desistió del juego. El adulto llegó como estaba previsto … Pero ella no , ni para subirse al coche ni para aprender a su lado.

Al día siguiente otra joven  desapareció  y un hombre fue detenido.

LA MUERTE, UNA NUEVA VIDA

Posted in Los relatos más relamidos, Relato libre Soledad Gallardo with tags , , , , , on Viernes, 24 \24\UTC febrero \24\UTC 2012 by soledadgallardo

Aún se sentía demasiado perdida y holgada en el vestido azul cobalto, oscuro como su ánimo pero capaz de empezar a brillar como sus sencillos adornos. Se subió sobre las sandalias de plata y ya erguida le costó reconocer su nuevo rostro.

A pesar de todo terminó de acicalarse, con mimo, sin prisas;  decidida a continuar con su segunda vida, a eso que llaman ondear otra bandera, lidiar en otras plazas o simplemente dejar los kleenex .

La verdad es que tras el último vistazo al espejo aún estuvo a punto  de volver a sentarse sobre la cama, respirar hondo, relajar los músculos del cuello y abandonarse a la autocompasión. Quizás unos pasos lentos llegados del pasillo, seguidos de otros más rápidos y acompañados de risas, fueron los que la impulsaron definitivamente a salir, los que hicieron de rompeolas a sus temores. Así dejó el camarote por primera vez desde que inició el crucero;  siguió por el piso bamboleante hasta llegar al salón, alcanzarlo, confiada, antes de que diera comienzo la  gran cena de Nochevieja.  Serían  los primeros manjares que compartiría. Algo tan sencillo que había intentado y eludido, impotente, desde que se embarcara desolada en  Lisboa.

A la Miller, como durante años se la llamó en revistas culturales y páginas de sociedad, siempre le gustó no desentonar, también fuera del escenario y esa noche sin duda, de gala, había acertado con el terciopelo. No hacía demasiado calor en el barco y fuera la seda le protegería  su cuello,  tan mudo de notas  como de palabras  desde que se quebraron sus cuerdas vocales. Fue en aquel triste escenario de camas blancas, posterior a su propio despiste al volante,  cuando se despidió de él y dejó de cantar.

Al llegar al salón Eternity, en menos tiempo del que había supuesto, un camarero delicado y atento le indicó su mesa. Pudo devolverle una sonrisa y  saludar al resto de comensales aunque le sorprendieron de inmediato los ojos de una mujer de ensortijadas manos, voz profunda y en algún rasgo bastante familiar. Quizás fue por eso que la saludara primero a ella y ya sin demasiada energía, se replegara humilde en su silla.

Agradecida instantes después, no supo a quién, tomó su primera copa de agua y así pudo recuperar el aplomo. Reunió las fuerzas para dejarse ver, distanciar cada parpadeo y sujetar las lágrimas, su gran dolor de viuda culpable.

Después una jovencita atrajo su atención, en realidad fue una prominente tripa y el rubor adolescente del delicado rostro. Ambas se sonrieron mutuamente y no sintió más ternura hacia las otras caras, aunque dispuesta a ser sociable, trató poco a poco de conectar. Lo que tuvo bien claro es que el jolgorio de matasuegras en la mesa más cercana no iría con ella, tampoco el grupo de parejas ebrias agarradas a la barra del bar. Decididamente, había tenido suerte en la mesa asignada y eso mismo pensó el camarero atraído por su belleza.

Cuando otro joven, estirado, de nombre rimbombante,  le ofreció la primera copa de vino también lo agradeció, creía que no pero sí, su garganta pareció recuperar algo de vida a la vez que  un calorcito que quien sabe si más tarde llegaría a ser embriagador.

-¡Chin ,chin! son ustedes encantadores, yo también me alegro de estar aquí – fueron, tras la copiosa y variada cena, sus primeras palabras a todas las personas reunidas a su alrededor.

A falta de unos minutos para las campanadas de media noche, sin saber si por petición expresa de alguien, no llegaron a su mesa los cuenquitos de las uvas como al resto de las dispuestas por el salón. Sorprendida, Marguerite, vio como madame Dubois sacó una baraja de cartas, alzó sus cejas y en breves  instantes era un  tapete y no un mantel lo que cubría  el tablero.

El joven camarero, cumplida su misión, se quedó expectante tras  la famosa Marguerite Miller. Por su parte el señor pizpireto abandonó  el juego con la amable señorita que, sentada a su lado, no paraba de insinuársele.  La joven embarazada,  abrió tanto los ojos como si aquella noche fuera la elegida por ella para dar a luz. Sólo el dandi, que quizás no fuera tan señorito, iba y venía de la barra muy inquieto.

Cuando la cantante retiró la mirada del camarero, volvió a observar  las manos de madame Dubois y se estremeció. Asomó el recuerdo inevitable de una tarde de ópera truncada por una  afonía repentina. Aquello ocurrió el día que a la tal Castifiori, la más estúpida entre las amigas del director de su compañía, se le antojó que una pitonisa – madame Dubois, era ella ya sin duda-  le leyera las líneas de la mano. Y  entonces, no pudo llegar a más conclusiones, en medio de un gran escándalo las cartas revolotearon por el tapete hasta que una de ellas  cayó centrada bajo su pronunciado pecho, era la suya y no cabía ninguna duda, le había tocado La Muerte.

Al revuelo de las imágenes del tarot le siguió el de servilletas, sillas  y el de todos los pasajeros exaltados allí  en torno a su misma mesa. Los gritos de ¡socorro!, de auxilio por un médico o súplicas por la llegada del capitán del barco, le extrajeron de su terrible abstracción.

Minutos después salió muy afectada  de allí  y sin querer lo hizo tras el primer chico también apesadumbrado que no cesaba de fumar.  Algo que antes no habría soportado pero en esos momentos ya le resultaba indiferente. Entabló sin pretenderlo una amistad con él al igual que con  la joven embarazada que asomó tras ella.  Inés también huía del salón, de su vida y del tres de oros que el azar la asignó. Aquel extraño y oportuno encuentro fue suficiente para que los tres cruzaran unas palabras y desvelaran también sus tres secretos.

Respecto a la dulce Inés, Marguerite crearía un lazo tan íntimo que serían sus oídos los primeros que volverían a escuchar una canción de la diva  tras la muerte de su Malcom. Según se acercaba a la coda final, supo definitivamente que no interpretaría  en Río de Janeiro La donna del lago como estaba previsto,  cantaría en Brasil pero bajo las palmeras y ante los pocos turistas que llegaran a Tinharé.

Ahora Margarita es su propia directora y vive acompañada de  Flavio, el camarero que dejó de servir  möet  chandon  para volver a las  caipiriñas.  Del resto de personajes, la renovada cantante  no ha querido   saber  nada más, ni siquiera de la pitonisa madame Dubois.  “¿Quién puede asegurar que ella me robó una tarde de aplausos aunque después me devolviera la voz y una nueva vida?” se pregunta  ella. Por si acaso, también  jura que  no volverá a tantear el azar. Jamás.

UNA HISTORIA DE AMOR, BREVE PERO INTENSA

Posted in Relato libre Soledad Gallardo with tags on Miércoles, 26 \26\UTC octubre \26\UTC 2011 by soledadgallardo

El joven había pasado un mes aletargado, anodino, apenas le faltaban cuatro días para volver a su casa. En eso pensaba precisamente cuando regresaba de las últimas copas, acababa de despedir a sus colegas de verano y vio su figura en la acera, en la cola de los churros del bar, allí plantada a la espera como otros tantos clientes.  En realidad ella atraía las miradas de todos los que se acercaban entonces por la calle, trasnochadores o madrugadores,  y es que  chocaba aquel lustre deslucido entre tantas pieles rojas y ya morenas.

Aquel día los clientes salían del   bar con sus paquetes de churros o porras, otros se calentaban afuera. Cuando la cola avanzó, y ya se encontraba dentro de la misma churrería, se quedó anonadado  al mirar sus carnes. También  el abuelo y el turista teutón que le separaban de ella en la fila. Su figura femenina y extraña ya desprendía chispas para todos los presentes mucho antes de acercarse a la freidora.

Pepe Luis  se estremeció  al bajar la mirada a sus pechos, colmados, con trazos verdes, venas entre tatuajes, incluso los brotes morados que salpicaban aquellas tetas lechosas despertaron en él una  avidez férrea.  Pero hoy, confiesa que  aún le duele y avergüenza  lo que no hizo,  lo que pudo haber evitado, para salvar la mujer que ocuparía su mente el resto de la vida.

Cuando escuchó el chisporroteo de su camiseta, tan escasa y rala, fue tarde;  cuando las llamas saltaron a sus largas pestañas, como todos los presentes, él la dio por perdida. Quizás por eso  nadie hizo nada cuando escucharon aquel grito aterrador.

En realidad solo atisbaron a ver una  pistola de mentira rodeada de dedos finos de verdad, una imagen por encima de sus cabezas que duraría un segundo. Y es que, minutos antes,  ella había discutido con el churrero, pero  nadie prestó atención más que al cuerpo de ella. Luego todos confirmarían a la policía, con gestos más que con palabras, que el dueño del local  actuó en defensa propia.

Ahora, como ayer y desde hace varios años, a Pepe Luis se le fríe hasta la conciencia. No llegó a usar su billete de regreso a  casa. Se hizo cargo del establecimiento para redimir su culpa, su indiferencia. Aquella  mirada de alma atormentada y sus ojos negros, que reclamaban pasión, se quedaron con él.

De la pareja de churreros nunca más se supo, solo que ella defendió a su marido. Llegó a decir que el churrero era un buen hombre, sólo hizo lo que sus antepasados, echar   la masa cruda al aceite hirviendo.

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