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Ya no está el arpón

Posted in Relato Libre Xammar with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 9 \09\UTC noviembre \09\UTC 2009 by Xammar

báltico

Me llamo George Macallan y sé cuál es el sentido de la vida, pero eso se lo contaré más tarde. Nací en el condado de Berkshire, en una granja pequeña e ineficiente. Mi primer recuerdo de este mundo es el grito que dio mi padre cuando me vio por primera vez. Algo así como fuckin’ shit. Todavía percibo el énfasis en la efe y en la te.
Mis padres eran profundamente religiosos. Practicaban una variante local de calvinismo. Hasta los dieciséis años viví en un cilindro de vidrio de 180 centímetros de altura y unos 70 de diámetro. Me alimentaban por esporas. Eso podría explicar mi tendencia a la seborrea. Un orificio mínimo sobre mi cabeza me ayudaba en el suministro de oxígeno.
Mi primer contacto con las letras fue a los ocho años. Tía Margaret solía sentarse a varios metros del cilindro y fingía leer pasajes del Digesto de Justiniano. Mi latín nunca fue muy bueno y me consta que mi tía no sabía leer.
Mayor provecho obtuve con el Berkshire Morning. Tía Margaret sujetaba pacientemente cada ejemplar ante mis ojos e iba pasando las páginas cada cinco segundos. Ese fue mi primer contacto con la lectura rápida.
Yo sentía un enorme interés por las páginas de internacional. Después supe que “internacional” para el Berkshire Morning eran los demás condados de Inglaterra. En la granja interesaba sobre todo la sección de actualidad local: las carreras de orugas, la geopolítica euroasiática y las peleas de cobras con escorpiones. Por este orden.
Según me contó el abuelo, las peleas de cobras con escorpiones tenían la peculiaridad de que nunca eran auténticas peleas. En un recinto amurallado con sacos de avena se depositaba a los contendientes y al árbitro. Era una profesión muy bien pagada la de árbitro. La cobra siempre se mostraba indiferente ante el escorpión e iba a por el árbitro. A su vez el escorpión se guiaba por el calor… e iba a por el árbitro. Mi abuelo me contó que había un juez externo que velaba por el cumplimiento de las reglas de cada combate. Para este menester apuntaba con una escopeta a cada nuevo árbitro.
Cuando cumplí dieciséis años me retiraron el cilindro de vidrio. Necesité seis meses para aprender a caminar y bastantes más para habituarme a dormir tumbado. Los siguientes fueron unos años oscuros en mi vida. Me encerraron en una especie de estancia cálida, llena de heno, arañas y algún ratón. Aquello se parecía mucho a una cuadra. Valoré enormemente la compañía de Laura Cristina y María Angélica, las vacas lecheras de la granja. Los tres nos llevamos muy bien…
Un atardecer otoñal, poco después de alcanzar mis veintiuna primaveras, supe, por unos berridos, que mis padres habían contraído una gonorrea y un poquito de sífilis. Sus prácticas sexuales siempre fueron un misterio para mí, como también el mundo exterior lo había sido hasta ese atardecer.
Ante la ausencia de mis padres, bajó a darme de cenar mi abuela Judith, que se conservaba magníficamente, a pesar de sus 91 años. Con ella venía su madre, Mary Ann, con algunos achaques ya. Ambas desconocían el modo en que se me suministraba la comida y tuvieron la temeridad de abrir la puerta de la estancia. Supe que era mi momento. Mi espíritu aventurero se sobrepuso a mi artritis y salí empujando la puerta y corriendo no sé en qué dirección. Como llevaba cinco años sin ver la luz del día corrí con los ojos cerrados. Desde algún punto indeterminado me alcanzaban los lamentos de Laura Cristina y María Angélica.
Ya dije que la granja era pequeña. Un árbol me ayudó a detener mi trayecto aleatorio. Fue algo impactante. La sangre en la cara me animó a abrir los ojos. Ante mí había un camino de grava que serpenteaba entre otros árboles. Lo seguí a gatas. Avanzaba con lentitud. Ya empezaba a oscurecer. Vislumbré algo similar a una carretera. Eso me recordó una foto que vi un día en el Berkshire Morning. Un señor que levantaba un dedo junto a una carretera para que algún vehículo motorizado se detuviera y lo llevara más rápido por ahí. Yo quise irme más rápido por ahí. No recordaba qué dedo levantaba aquel señor, así que levanté uno de los del medio, para ser equitativo con mis otros seis dedos.
Algo que reconocí como un camión se detuvo. Un señor barbudo, de unos 120 kilos, se bajó apresuradamente. Con la misma premura me cruzó la cara ayudándose de la culata de un rifle de caza. La compasión afloró en su alma. Supongo que mi aspecto habría dado lástima a cualquier forma de vida basada en el carbono. Después de escupirse en las manos, me frotó la cara para quitarme los restos de sangre; la reseca del trompazo contra el árbol y la fresca del culatazo. Me agarró como a un saco de estiércol y me depositó dulcemente en el asiento de copiloto. Dormí varias horas. Al despertar ya había amanecido.
–Comamos algo –dijo. Paró el camión en un descampado. Lo que sucedió entonces todavía perturba mi ánimo. No entraré en detalles. Creo que el camionero tenía un herpes. Todavía me acompañan los picores.
No sé de dónde saqué mis fuerzas, pero recuerdo que lo golpeé con ruido y furia y con temor y temblor…
Corrí no sé cuántos kilómetros hasta dar con un pueblecito. En la plaza del mercado un hombre vociferaba pidiendo voluntarios para tripular un barco ballenero. Mi espíritu de aventura superó a mi temor al agua, elemento que según los griegos (algunos griegos) es un componente básico del cosmos. Mi rechazo cerval de la autofagia como modo de subsistencia acentuó mi valentía. Me alisté como voluntario.
Embarcamos en Fowey. Los meses siguientes los dediqué a aprender las tareas rudas del marino, las maneras rudas del marino y el rechazo a las atenciones rudas del marino.
Aproveché los días de sopor y espera para leer. Leí Love Among the Chickens, de Wodehouse, Le Parnasse satyrique du XVe siècle, de Schwob, un ejemplar destartalado del Doktor Faustus, de Mann y una edición en rústica de la Histoire contemporaine, de Anatole France. Me interesé por la astronomía, la mecánica de fluidos, la física de partículas y sufrí una radionovela española de guión netamente cursi, con actores pomposos y solemnes, dramas vitalicios y vocalización desesperante.
Las diferentes nacionalidades de mis compañeros espolearon mi interés por sus respectivos idiomas. Esos meses me sirvieron para aprender rudimentos de finlandés, húngaro, ruso, francés canadiense y sánscrito.
Una partida de cartas supuso el fin de mi aventura. Habíamos llegado al Báltico, estábamos cansados, apáticos, irritables y semiconscientes. El capitán estaba borracho en la bodega rodeado del afecto de sus marinos predilectos y compartiendo el poco ron que quedaba.
Balfour, Smith, Roskófinsky y Maluhá me acompañaban con los naipes. Todos abandonaron, salvo el ruso y yo. Era todo o nada. Había apostado mi ropa de abrigo. Perdí. Me irrité, protesté, me negué a ceder. Podíamos ver el hielo en los amarres y las junturas. Se había levantado una niebla densa. Salimos a cubierta, dispuestos a rompernos los dientes. Aunque eso ahora ya no importa, Roskófinsky me traicionó. Me arponeó desde tres metros de distancia. En menos de dos segundos fui de popa a proa. Antes de detenerme ya no había mundo a mi alrededor. No sé si estoy muerto aunque sí sé que no estoy vivo. Ya no está el arpón. Veo formas difusas a mi alrededor, en todas direcciones. He caminado durante horas hacia ellas sin alcanzarlas nunca. Parecen siempre a la misma distancia. Desde hace unos minutos, si es que puede hablarse de ‘tiempo’ aquí y de un ‘aquí’, hay una forma negra a unos metros de mí que se acerca muy poco a poco.
Se preguntarán cómo demonios he podido escribir esto si en este no-lugar no hay papelerías. Ni yo mismo lo sé.
Iba a contarles el sentido de la vida, pero no queda ‘tiempo’. Esta cosa negra se está tragando mis piernas. No siento dolor ni temor. Echo de menos el afecto de Laura Cristina y María Angélica, incluso añoro al cilindro de vidrio.
¿Quién habrá ganado la pelea de escorpiones contra cobras de este año?

B.

Posted in Relato Libre Xammar with tags , , , , , , , , on Sábado, 23 \23\UTC mayo \23\UTC 2009 by Xammar

schulz
Me abroché la gabardina inglesa y embutí los guantes en mis manos, tan afiladas. Tomé sombrero y cigarette y me dispuse a salir a la noche helada de la ciudad periférica y subpoblada. Poca ciudad. Bajo presupuesto.
Caminé encogido, buscándome los pies por temor a deslizarme a los abajos, a la subciudad proletaria. Abundantes oquedades en el cemento traidor.
Vi a lo lejos luces desconocidas. Por el lado de allá no hay almas, pensé. Tomé la pluma del fondo del bolsillo de la gabardina inglesa con una de mis manos, tan afiladas. El bolsillo de la derecha; la mano derecha. Dejé la zurda para el bofetón oportuno o para arrojar nieve. Una ingenuidad. La nieve era dispersa, ocasional, y además fina.
Oí una conversación. Tres figuras alargadas me observaban desde lo alto de un muro que no debería estar allí.
Noté la trayectoria de un objeto pequeño, difusamente.
Las figuras susurraron. Yo apreté la mano sobre la pluma dispuesto, no sabía cómo, a tajar a tientas.
Un segundo objeto rozó mi rodilla. Me sentí débil. La gravedad me ganó. El espanto, la incoherencia, el tacto frío y húmedo del suelo. Fue todo uno.
Lo que vi no era bueno. Vi el símbolo. Asumí que habían terminado mis días.
Ignoro cuánto tiempo transcurrió hasta que recobré la consciencia.
No sé cómo, la oscuridad me calmó. Noté con sorpresa que no estaba atado. Sentí que desde algún ángulo del recinto alguien me estudiaba.
No intenté moverme. Esperé la reacción del otro. Desdeñé las palabras. Juzgué que el mutismo y la inmovilidad me favorecían. Palpé con torpe discreción el bolsillo derecho de la gabardina. No me extrañó el contacto del arma improvisada en los fondos.
Entonces tía Gertrud encendió la luz del salón; y me convencí de
que no volvería a paladear su Frescobaldi de 1897.

Hauptschwanger

Posted in Relato Libre Xammar with tags , , , , , on Miércoles, 18 \18\UTC febrero \18\UTC 2009 by Xammar

“Oyéronlo todos y hubo amago de pataleos y altas voces, mas pronto alcanzó la calma cada rincón de Ashdod y cada emelita supo desde entonces que para cortar hace falta un filo”.

Ashfujanam, 124 d

thumb6

Y. Hauptschwanger

Lo único que se pudo recuperar hasta ahora de Yitzhak Hauptschwanger consta en el informe policial, señor. Los testimonios de los vecinos son inequívocos y coherentes y la nota que redactó Hauptschwanger es lo suficientemente explícita como para no precisar de posteriores pesquisas y más a estas horas, señor, tan tarde ya y yo sin mi bocata boquerones de las ocho. Usted disculpará, señor, que ya me vaya despidiendo ahora pero es que no conoce a mi mujer, si llego 15 minutos tarde me capa y si llego con antelación se enfada porque interrumpo su sesión de sexo creativo con su amigo Julius. No se ofenda señor, pero no me queda mucho tiempo, este reloj se para con facilidad y los seis que tiene mi mujer están coordinados con el del All Souls College de Oxford, a donde nunca fui, señor, ni mi mujer, si es que usted lo duda. Ya se me hace tarde, señor, usted no conoce a Gertrude, no tolera excusas y menos en noches como esta, señor, que cenamos los restos del cocido kosher de tía Magda. Le dejo el informe que redactó el agente Klupp con la reconstrucción de los hechos.

“Según testimonian numerosos vecinos, el señor Yitzhak Hauptschwanger estaba obsesionado con las Variaciones Goldberg. Las escuchaba a todas horas, cada día, sin pausa. Al parecer le obsesionaba particularmente la Variación 17. La noche de los hechos sonó ininterrumpidamente durante 6 horas la Variación de referencia. Como asegura la señora Milchwoch, que regenta una carnicería kosher que ocasionalmente ofrece comida precocinada, el señor Hauptschwanger sólo comía grigollini al pesto. En opinión del Profesor Helmut Bössensgeist la consumición de grigollini al pesto junto con la exposición ininterrumpida a la Variación Goldberg 17 puede ser indicio de algún trastorno de personalidad no catalogado todavía por la OMS.

La reconstrucción de los hechos, obtenida a partir de los detalles de la autopsia, los testimonios coherentes de los vecinos, el diario encontrado bajo la cama del sujeto y la nota manuscrita con el esbozo del plan, es como sigue.

En los dos meses anteriores a la realización del acto Yitzhak no había hecho más que comer grigollini al pesto, dormir entre 20 y 35 minutos al día, rediseñar su estrategia de autocircuncisión y escuchar la Variación Goldberg 17. Fue ésta, en su última audición, la 38.674 (según ha podido precisar el agente Johansson, soltero), la que lo decidió a actuar. En un anaquel del cuarto del señor Hauptschwanger se ha encontrado uno de los volúmenes del Talmud de Babilonia maltratado por el uso, lleno de anotaciones y subrayados, con ocasionales manchas de té húngaro (precisión del agente Johansson, soltero) y quemaduras de tabaco de importación, probablemente belga (nuevamente Johansson) en las páginas 34, 211, 458 y 626. Según el perito talmúdico Joseph ben Guibahá el Talmud no es explícito sobre la autocircuncisión. Sí lo es sobre la circuncisión a secas. Ninguno de los grandes Sabios aprueba la circuncisión sin la presencia de tres testigos mayores de 8 años y muy pocos la admiten más allá de las 35 semanas desde el alumbramiento. Pero, como puede verse ahora, Yitzhak no estaba dispuesto a cumplir los mandatos de los Sabios. Y no podía concebir que fuese necesario escuchar unas 148.233 veces más la Variación Goldberg 17 (según Johansson, soltero). El perito observa que Hauptschwanger debió de haber leído en el volumen encontrado, el Tratado de Ashfujanam (apócrifo), ed. princeps, copia facsímil 54, del editor ocasional Fangius (pederasta), que la autocircuncisión no atenta contra los principios de la Torá si se hace con rectitud y que quien tenga el valor de autolesionarse el pene (“chorra”, en la ed. cit., y “esa cosa” en la canónica) se convierte inmediatamente en levita. Por testimonio del Encargado del Registro civil esa sería la razón principal por la que Yitzhak estaría deseoso de actuar. Estaba harto de apellidarse Hauptschwanger. Se había presentado en 24 ocasiones en los últimos dos meses con el propósito de modificar su apellido saltándose la Ley y el Reglamento (puntualización de Johansson, soltero). Demasiado largo… el apellido. Con la condición sacerdotal del levitanato pasaría a llamarse Yitzhak ben Leví. Infinitamente cómodo. Además, ninguno de sus compañeros niega que los diminutivos que usaban con él en la fábrica de audífonos le parecieran altamente ofensivos. Jausbaj, Jopxuanjer, Jaus, Tschw, Habanguer, etc. La vergüenza, el bochorno, lo motivaron ciegamente y lo determinaron a actuar siguiendo una planificación invariable. En su diario estaba fijado el día del tajo circunscrito en la chorra. 19 de abril. También la hora y los utensilios. 16:44 y una gama estándar de machetes Rothfürstenberg. Sólo restaba esperar. Así que se echó a dormir los 1.439 minutos restantes (puntualización de Johansson, soltero). Pero presa del nerviosismo natural que todos sentimos ante nuestra circuncisión (agregado evacuado por el teniente Pitzarnik, calvinista), Yitzhak decidió organizarse con cierta antelación, de modo que 178 minutos antes de la hora todo estuvo listo para el autoforzamiento de la chorra. El yunque, el machete de 3,75 pulgadas, la mesa camilla para el desmayo, el bisoñé blanco, la barba postiza, las gafas de sol de importación, un mapa del Líbano, el gel de baño Sanex, el lenguado a la vinagreta que encargó al pirómano con salario mínimo Mündstadter, una peli de Chuck Norris para reponerse tras el desmayo y un CD con los Grandes Éxitos de Ramoncín (sic) para ponerlo como música ambiental durante el rito. En cuanto hubo pulsado el play del aparato de CD de fabricación soviética y la voz desgarradora de Ramoncín hubo llenado la habitación, Yitzhak se dispuso a iniciar el ritual sagrado.

En palabras del agente Geldschlacht lo primero era tantear la zona para determinar las dimensiones exactas del machetazo. Se miró la chorra, midió la zona a intervenir, la embadurnó con el gel de baño Sanex y rezó el Janam tasha ne tumim 77 veces dando las 26 volteretas rituales sosteniéndose el bisoñé y describiendo la trayectoria de la estrella de David sobre el mapa de Líbano que estaba colocado en el suelo, justo al lado del yunque, como exige el rito. Tras recuperarse del mareo y asegurarse de que había un solo yunque y no 6, colocó su apéndice más preciado sobre la imponente pieza de metal. Con la mano izquierda, como prefiere el Talmud, estiró la piel unos 3 cm; con la derecha cogió el machete, lo alzó y lo sostuvo en alto los 59 segundos que exige el rabí Schlomo Bar-Jojay. Entonces inició la bajada del acero liberador, pero justo cuando estaba a punto de cortar la piel por el lugar apropiado se le resbaló la mano izquierda, naturalmente embadurnada de gel de baño Sanex, de modo que se cortó el dedo pulgar al completo y parte del índice. La sangre no lo amilanó. Con lo que le quedaba de dedos trató de agarrarse la chorra, que respondía con movimientos espasmódicos, como si contara con vida propia. Cuando hubo conseguido paralizarse el miembro, alzó de nuevo el machete, esperó los 59 segundos y bajó al instante el acero fatal con tan mala suerte que en lugar de cortar por donde debía cortó por donde no hay que hacerlo nunca, amputándose la chorra entera y parte del testículo derecho. En este instante de tensión emocional, Yitzhak notó por primera vez una cierta sensación de dolor, pero tuvo ánimos para mantenerse despierto. La sangre manaba ya a chorro, manchando el mapa del Líbano con su mar rojo. Las fuerzas empezaron a fallarle. Sintió que las piernas ya no le respondían. Perdió la verticalidad y al caer se golpeó la cabeza contra una pata de la mesa camilla. Se abrió parcialmente el cráneo. A la sangre de su miembro separado y del orificio al que estuviera funcionalmente unido, se le añadió ahora la de la cabeza. Sin fuerzas ya para mantenerse despierto por mucho tiempo, trató de arrastrarse hasta el teléfono. A medida que avanzaba, el reguero de sangre hizo desaparecer el Líbano y una tercera parte de las baldosas Preysler. La nítida trayectoria roja, con sus leves curvas a un lado y otro, motivadas por las oscilaciones a que lo obligaba su mano de tres dedos, culminó su recorrido proyectado. Yitzhak, a punto de desmayarse, alzó el brazo izquierdo. Su mano ensangrentada palpó el teléfono con insistente torpeza. El aparato empezó a zozobrar sobre la mesita inglesa en la que estaba colocado, cerca del retrato de Moshe ben Manujá, rabino principal de la localidad. La mala suerte quiso que fuese un teléfono antiguo, de fabricación eslovena, con una base metálica y un peso aproximado de 4,5 kg. En un último y desesperado intento por descolgar el auricular, el teléfono zozobró una vez más y acabó deslizándose por el borde de la mesita, ayudado por la sangre que ya la cubría parcialmente. El teléfono cayó sobre la nuca de Yitzhak, abriéndole el cráneo de tal forma que parte de sus sesos acabó salpicando el mantel a cuadros rojos y blancos que cubría la mesita inglesa. Fue la última salpicadura del ritual. Y fue el último suspiro de Yitzhak Hauptschwanger antes de ir al She’ol, morada de cuantos ya no están entre los vivos.
En el ambiente cálido y un poco húmedo de la habitación, Ramoncín cantaba (sic) con arrobamiento aquello de “¡Oh, Violeta, acábate mi cerveza, acábatela (bis)! ¡Oh, Violeta! ¡cómo te adoro, Violeta! ¡Con la cerveza me gustas más!” (estribillo).

Cuando nos dimos traslado al lugar de los hechos el agente Brovsky se tomó la libertad de destruir el aparato de CD.” Sigue leyendo