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Entrevista a David B. Andrada autor de CRISANTEMO ERA LA RESPUESTA

Posted in Colaboraciones, Relato Libre with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Martes, 19 \19\UTC mayo \19\UTC 2015 by Administrador

Crisantemo era la respuesta es una novela que nos transporta a tiempos pasados, donde la sinrazón de la guerra se sobrepone a toda cordura. La guerra civil ha concluido, pero la represión hacía los vencidos es aún más cruel que la propia guerra.

Un humilde profesor de matemáticas encuentra una misteriosa nota. Un espía inglés, interesado en su contenido, intuyendo que puede tratarse de un código de comunicaciones alemanas, rescata al matemático y a una extraña muchacha que aparece cuando están siendo víctima de una emboscada. Ambos son trasladados a Bletchley Park, en un tortuoso viaje al comienzo de la II Guerra Mundial a un centro de espionaje británico en donde coinciden con Alan Turing.

La novela que se lee de forma ágil, atrapando al lector, con su intensidad, desde las primeras páginas, tratando de obtener respuestas, tratando de unir los cabos sueltos, tratando de saber a qué da respuesta Crisantemo.

David B. Andrada se presenta como un magnífico contador de historias. La novela acoge una amplio coctel de estilos y géneros que van desde la novela histórica al cuento, del drama a la fábula, de la visceralidad más cruda a la más maravillosa de las ternuras.portada Crisantemo definitiva

ENTREVISTA A SU AUTOR: DAVID B. ANDRADA.

Quedamos con David B. Andrada para charlar sobre su primera novela, publicada recientemente, “Crisantemo era la Respuesta” que ha sido presentada en la feria del Libro de Rivas-Vacimadrid y La Casa del Libro y que estará firmando ejemplares en la próxima feria del Libro de Madrid los días 6 y 13 de Junio.

Nos sentamos en una cafetería. Pide una cerveza tostada, yo mi clásica cinco estrellas.

Yo: Adelante

David B. Andrada: Tu primero, por favor.

-Bueno, nuestras entrevistas suelen ser tener formato tipo, que según se va desarrollando está abierto al cambio. ¿Comenzamos?

-¡Comencemos!

-El típico tópico atribuido a José Marti dice: “Un hombre, para ser completo, ha de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.”

-En ese sentido se podría decir que yo he hecho todo al revés de lo que a priori parece más sencillo. Primero tuve a mis hijas, luego he publicado mi primer libro y esta misma mañana he plantado el primer árbol de mi vida. Debe ser que hacer las cosas de forma sencilla no deja de ser aburrido

-¿Cómo se enfrenta un autor novel al mundo de las editoriales? “manuscrito” en mano, y…”

-Uf, pregunta difícil, así en frio y sin anestesia. Es difícil para un autor novel enfrentarse al mundo editorial. Cuando yo registré la novela y la presenté a varias editoriales, un par de ellas me preguntó si tenía algún tipo de relación con Belén Esteban. Les contesté que no y pregunté el por qué. La respuesta es que hoy en día, si no tienes un nombre reconocible que ayude a vender tu libro, las editoriales no van a arriesgarse. Yo he tenido suerte. La editorial que ha publicado mi libro, fue la primera que vio algo en ella. La editorial ayuda a los que somos novatos a conocer cómo funciona esta industria por dentro. Además facilita, en cierto modo, la promoción de la obra. De todas maneras, en mi opinión, tanto en la literatura como en la música, el futuro (presente) viene por la autoedición. Por ejemplo a mí me hubiera encantado que mi libro se pudiera vender a un precio sustancialmente menor por que ayudaría a que llegara a un mayor número de personas o incluso que se hubiera editado en formato digital, pero la editorial pone sus reglas.

-Teniendo en cuenta que ahora todo se mueve a través de la net ¿No hubiese sido más sencillo sacar una edición digital del libro? ¿Crees que aún la gente está dispuesta a pasar páginas mientras se agarran a la barra del metro, del autobús, o se sientan cómodamente en el sofá? ¿ Cuales crees que son las ventajas, si es que crees que tiene alguna, del soporte físico?

-Pues eso me ha sorprendido. Porque yo también soy de la generación digital, pero es sorprendente la de gente que me ha comentado que todavía valoran el tacto y el olor del papel. En mi opinión, el libro en papel, al igual que el disco en soporte físico, están destinados a desaparecer. Todo pasará por archivos digitales, pero es innegable que a pesar del descenso de las ventas de libros en papel, todavía se editan y se venden un montón de ejemplares hoy en día.

-Hablemos de tu libro.

-Si, eso, hemos venido aquí a hablar de mi libro hombrecoñoya… y del milenarismo (risas)

– Crisantemo era la respuesta… un título que ya invita al misterio. ¿Cuál es la pregunta para saber que Crisantemo era la respuesta?

-¿No querrás que desvelemos el secreto, así tan pronto no?

He de decir, que acabo de terminar de leer tu novela y he quedado sorprendida. Es una novela corta pero aún así hay gran cantidad de personajes. Hay una gran capacidad para estremecernos de dolor y admirar la compasión de ciertos personajes. Un final que da sentido a todo el libro. Me ha encantado

-Que quieres que te diga. Me halagan mucho tus comentarios. No escribo para vivir de esto, por lo que si con mis textos puedo transportar al lector a tiempos pasados, si puedo que sientan los mismos miedos y la misma ternura que los protagonistas, es que entonces ha merecido la pena.

-De donde nace la idea de escribir un libro, este libro? Te despiertas un día y…¿por qué contar, por qué compartir?

-Yo comencé a escribir como crítico musical hace años, colaborando con varias revistas especializadas. Mis inicios como escritor, puramente dicho, han sido a través del microrrelato. La historia es algo que me fascina. El libro no deja de ser la conversión de esas dos vertientes, mi interés por la historia y mi hábito a la escritura. El libro surge de la vocación y mi interés por el estudio de la última de las guerras globales, La II guerra mundial.

-No queremos revelar nada, pero el libro a pesar de ser un texto de narrativa histórica cabe destacar la relación de los dos personajes principales.

-Creo que realmente el hecho de que sea una novela histórica no deja de ser la excusa para describir la historia de los personajes, dos perdedores que no tienen más alternativa en la vida que huir, que sobrevivir. Dos personajes que sin tener nada que ver entre sí, son lo único que tienen en la vida. El uno al otro. Me costaría decidir si el libro narra la historia de dos personajes a lo largo del tiempo, o el paso del tiempo es el verdadero protagonista y los personajes meras comparsas.

-A eso me refería. La descripción de los personajes hace que acabemos empatizando con ellos, en su intensidad, en su sufrimiento y angustia. Es en esa descripción donde nos cautivas haciéndonos partícipe de sus miedos, de sus temores y de la magia.

-Bueno, la novela versa de muchos personajes, se podría decir que dos de ellos son los principales, el libro habla de la guerra, pero lo que realmente quiero tratar es de la relación de los personajes en un contexto no propenso a las relaciones humanas.

-¿Cual ha sido tu proceso de composición a la hora de escribir?

-La composición ha sido un continuo proceso de adaptación. Adaptando las algunos de los hechos históricos y personas reales que encajaban en el hilo argumental. Vidas anónimas que merecen que su legado perdure. Vidas con nombre propio en otros muchos. Es curioso por que empezó siendo una novela sobre la II Guerra mundial, pero la necesidad de dar un pasado a los personajes me hizo retrotraerme en el tiempo y que la historia comenzara en la guerra civil.

-El libro comienza en Bilbao, transcurre en Oviedo y en Vigo, en Badajoz y en Burgos, e incluso viajamos a países como Portugal, Inglaterra, Polonia, Alemania o Francia…¡Todo un viaje!

-Los personajes, que me salieron inquietos… (risas). El hilo conductor me iba llevando a esos sitios. Algunos de los lugares están ahí obligatoriamente por los acontecimientos históricos que se narran, como Inglaterra, Miranda del Ebro o Vigo, otros lugares se adaptaban al hilo argumental de la historia que estaba contando.

-¿Hay algo de ti en la obra?

-Muchísimo. Algunas cosas forzadas y otras se habrán plasmado de forma inconsciente o porque no he sido capaz de ocultarlas. Al final, una obra, escrita desde un papel en blanco no deja de ser una creación, por lo que cada persona pone mucho de sí misma al rellenarlo.

-¿Si tu carrera fuera longeva, como te gustaría que te recordaran?

-Como un buen contador de historias. Me encantaría que así fuera. Escribir, mejor o peor, puede hacerlo cualquiera, lo realmente difícil es que la historia que estás contando cautive al lector, que puedas transmitir a la persona que está leyendo algún tipo de sensación.

-¿Por qué piensas que el público debería leer tu novela?

-Les garantizo que nada malo les puede pasar leyendo la novela. ¿Qué otro escritor conocen que dé garantías como compromiso de su calidad? (risas)

-¿Tienes en la cabeza próximas obras?

-Si, estoy compilando los microrrelatos que he escrito a lo largo de mi vida y comenzando a escribir una nueva novela, pero esta vez no será histórica, sino policiaca.

-Géneros muy diversos. ¿Cuál te está resultando más difícil?

Los microrrelatos sin duda es lo más sencillo. Son chispas de inspiración en forma de texto corto que en cualquier momento te vienen a la cabeza. Es francamente maravilloso llegar a provocar al lector con solo un puñado de palabras. Quizá ahí radica la magia y el auge del que está gozando este tipo de escritos. La novela histórica es compleja. Cualquier cosa que cuentes en un libro basado en tiempos pasados ha de estar contrastado, si hablas de una batalla, de un personaje histórico… ya se sabe de antemano en qué fechas, en qué lugar, como vivió, como murió… una serie de datos que has de adaptar a tu novela, por lo tanto es muy importante la fase de documentación para no cometer errores.

-Comentas que el microrrelato te resulta sin duda el más sencillo Dices que los microrrelatos son sin duda el genero mas sencillo. No estoy de acuerdo. Resumir y dar fuerza a un personaje y una situacion a base de tijeretazos y que tenga sentido y cale, creo que es mas complicado que tener paginas para llenar a base de adjetivos, pudiendo explayarse en antecedentes y adornando las consecuencias….

-Es curioso por Me parece más sencillo en el sentido de que cuanto tienes la idea sobre lo que vas a escribir, piensas en como vas a orientarlo, y al ser pocas palabras sueles concluirlo en el acto. Un libro , en cambio, requiere de una inversión de tiempo mucho mayor…meses…años…Es complicado porque se tarda mucho en escribir. Lo dejas.Vuelves. Y tienes que continuar con un mismo hilo argumental, con una misma caracterización de los personajes, ahondando en ellos, profundizando en la tramas, tejer una madeja, y que cuando todo esté terminado, encaje y tenga sentido. Los microrrelatos siendo más sencillos de escribir son más gratificantes, porque como te he comentado, hacer reír, llorar, sentir miedo, conmover o apasionar al lector en unas pocas lineas es maravilloso, pero en un libro creo que es más complicado  conseguir hacer empatizar al lector con el personaje porque tiene mucha más información sobre el.

-Una cosa que me ha llamado la atención es el nombre con el que firmas la novela. David B. Andrada. ¿Qué esconde esa B?

Esa diminuta B es importante. En realidad esconde quien soy. Es la inicial de mi apellido. Es un apellido bastante singular por lo que es sencillo identificarme con él. Yo no me gano la vida con la literatura por lo que decidí separar mi yo profesional del mi yo artístico. Pero es un apellido del que estoy tan orgulloso que ha acabado por asomar la cabeza…. Como diciendo, aunque trates de esconderme aquí estoy.

-He leído ya alguna reseña y comentario en Internet bastante positivo de la novela:

-La mejor manera de hablar de mi libro es dejando que lo hagan los propios lectores, que son transparentes y objetivos. Estoy encantado con las opiniones que me hacen llegar de la obra. Es algo que reconforta y que justifica todo el tiempo invertido.

-Por último, ayúdanos a conocerte un poquito mejor de cerca…

Una canción: Cualquiera de Led Zeppelin. Cualquiera de Bowie. Cualquiera de the Doors, Cualquiera de the Clash… Lo siento, me encuentro totalmente incapacitado para seleccionar solo una. La música se encuentra entre las cosas que más valoro en la vida.

Tu libro de cabecera: Maus de Art Spiegelman

Una película: Enemigo a las puertas dirigida porJean-Jacques Annaud;

Lo que no cambiarías por nada: Las sonrisas de mis hijas.

Lo que venderías al diablo: Mis memorias y las fotos de tu primera comunión.

Lo que le comprarías: Un ratito más, por favor…

-David muchísimas gracias por compartir con nosotros este momento , por dejarnos conocerte un poquito mejor, y por la cerveza. Te deseamos lo mejor en esta aventura literaria y esperamos tenerte pronto por aquí contándonos nuevas historias y nuevos proyectos.

-Gracias a vosotros por darme esta oportunidad. Un placer

portada Crisantemo definitiva

David B. Andrada estará firmando ejemplares de su obra, Crisantemo era la respuesta, en la próxima Feria del Libro de Madrid (caseta 324) los días Sábado  6 de Junio (18:00 a 20:00). Si no podéis acercaros a la Feria, su novela está disponible en La Casa del Libro, webs especializadas como Agapea y, como suele decirse, en estos casos, en las mejores librerías de todo el país-

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Adiós

Posted in Los relatos más relamidos, Poesía, Relato, Relato Libre, Relato libre Omsi, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , on Viernes, 27 \27\UTC junio \27\UTC 2014 by Omsi

“La vida no se trata de sobrevivir a una tempestad, se trata de danzar bajo la lluvia” Desconocido

Mujer_bajo_la_lluviaEsto se terminó como el diluvio de verano, no esa que moja los hombros y fascina al caminar bajo la lluvia sintiendo las gotas resbalar sobre la cara. No, de esas tormentas que dejan todo echo un desastre, un desastre natural del corazón.

Dicen que la esperanza es lo último que muere, pero definitivamente, “esto” que tenemos está más que muerto y enterrado.

Encontrarse varada en un mundo de espejismos, quimeras sin razón, no sirve de nada. Me cansé de esperar una señal tuya que, claramente, fuera lo que fuera de “nosotros” terminaría mal.

Así que digo ¡Adiós! a los sueños infundados, ¡hasta nunca! ilusión pasajera. Doy vuelta a la página y comienzo un nuevo capítulo.

No me verás mendigando el cariño que jamás mostraste por mí; me despido de tus palabras sin juicio, de tu suave y embriagante voz, de los apacibles besos de miel, almíbar que se desbordaba por mis labios.

Pierdo castillos entre nubes, el futuro incierto que pude haber tenido contigo. Sin embargo, gano seguridad, lealtad a mí misma, ganas de luchar y seguir manteniendo la fuerza que me mueve en la vida. Seguro encuentro a alguien mejor para mí.

En cambio tú, pierdes amor verdadero. El elíxir de la vida.

¡Adiós!

 

 

El deseo de Julieta

Posted in Especial Lamedores, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre, Relato libre Omsi, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 23 \23\UTC abril \23\UTC 2014 by Omsi

pluma “No fue suficiente haberte amado tanto, ni pagar tu amor amargo con la propia vida. No fue suficiente abandonar mis sueños, ni vender el alma para que sintieras, algo por mí…” (No fue suficiente – Paty Cantú)  

 

Le vendí mi alma al diablo, sólo por tenerlo a él. En tiempos de crisis, hasta el alma está en venta. Esquivando todo pronóstico, y ante la gente que no creía en lo nuestro: Romeo, mío fue.

Tenía sus delicados labios, su carne suave, su miel. Me amaba de forma feroz, sus ojos desbordaban deseo y pasión. Tenía mi calor, mi sudor. Conquistó cada poro de mi piel, mi tiempo, mi espacio.

Le vendí mi alma al diablo, sólo por tenerlo a él. Firmé con sangre mi condena, pero el tratado salió al revés. Le entregué mi vida, mi corazón lo tenía entre sus manos; lamentablemente Romeo, lo estropeó. Él no me amaba, simplemente me deseaba y un buen día terminó por destruir mi existencia; me estrujó, me desangró y se fue en busca de otro corazón que romper.

Satanás movió sus cartas y me jugó sucio, hizo un excelente acuerdo. Lo que él no me dijo, es que Romeo no sería mío hasta la muerte, su contrato, tenía fecha de caducidad. Expiró.

Ahora sé que en época de crisis, el amor y el alma no se compran ni se venden. Entiendo que la culpa fue mía y de nadie más.

Hoy me encuentro sola, sin él, mi Romeo. Aquí estoy, deshecha, seca, vacía y con el alma vendida.

INTIMIDECES

Posted in Relato Libre, Relato Libre lame Anna with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Martes, 31 \31\UTC enero \31\UTC 2012 by annalammer

Tras la resaca…

Se negaba a ducharse porque aún olía a el. Todo olía a él…y ella, no queria desprenderse de ese olor…Olía su pelo, olía su ropa y todo era él.

Buscado o no, si fue deseado aquel beso y los posteriores.

Volver a degustar aquella lengua lasciva y oler su piel, y sentir que todo era igual que hacia veinteavos, fue de lo más satisfactorio y reconfortante.

Aparentemente nada había cambiado. Cual quinceañeros entrelazaban sus lenguas y se metían mano en aquel rincón oscuro de cualquier bar sin importarles nada, ni la música, ni el que dirán.

Asignatura pendiente. Recordaban la canción de Júpiter, suspenso en amor. Ellos suspendieron. Difícil asignatura para recuperar cuando, veinte años después, has dejado la carrera atrás…, ojala hubieran sido corredores de fondo… Pero ahí estaban: ese olor, ese sabor, su lengua, su cuerpo.

Una noche. Solo una noche. Y sus recuerdos.

Las Nieves Eternas

Posted in Relato Libre Rhay with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 4 \04\UTC enero \04\UTC 2012 by Rhay

Disparada desde primera hora de la mañana y proyectada como un misil contra una diana situada a millones de kilómetros en los confines de su alma. Así se sentía Cristina cada vez que se levantaba de la cama. Para ella dormir equivalía a un viaje en barca durante una tormenta en mar abierto. El aliento nauseabundo era prueba del viaje de cada noche. Esta vez, la sensación se vio mitigada por la estampa que le ofrecía la ventana. Había nevado por la noche, y la ventana ofrecía un cuadro impresionista en bellísimos tonos blancos, negros y azules. Toda la llanura que se veía desde su ventana estaba cubierta por un brillante manto blanco que se extendía hasta donde podía alcanzar la vista. Era tan bella, que se quedó durante un instante absorta y contemplativa. Había decidido que hoy sería feliz. Pero poner los pies en el suelo la devolvió de golpe a la realidad. Sentada en el borde de la cama, sintió que por la garganta ascendía como una manada de caballos salvajes una náusea que la obligó a precipitarse sobre la taza del váter. Y es que el Docetaxel no daba tregua alguna. Cuando se hubo repuesto, se incorporó y se quedó paralizada frente al espejo. No reconocía al cadáver que la miraba desde el otro lado. Una cara demacrada, con las cuencas de los ojos hundidas, con un cabello ralo y frágil que se resistía a dejar la cabeza, pero que inexorablemente se veía muerto, y un rictus de dolor en todas las facciones que otrora fueran humanas y llenas de vida. El cuerpo enjuto que se dibujaba ante ella no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera el camisón de raso blanco disimulaba la extrema delgadez y la ausencia de algún bulto que debería estar ahí, pero que no estaba. Sin duda, el Docetaxel no daba tregua, no… Era la primera vez que Cristina se miraba al espejo después de la operación, y aunque ella sabía que su aspecto no debía ser muy lozano, no estaba preparada para ver lo que había visto. En cualquier caso, tenía que saber cómo había quedado todo. Lentamente, se quitó el camisón, y se quedó desnuda delante del espejo. Allá donde en otro tiempo hubiera dos pechos redondos y turgentes, sólo quedaba una cicatriz que pareciera hecha por el mismísimo doctor Frankenstein. Cristina se miró de perfil, y comenzó a repasar su pecho lentamente con la punta de los dedos. La superficie de la piel era rugosa, casi áspera, y apenas tenía sensibilidad. Su cuerpo enjuto y cetrino parecía ahora más que nunca la sombra de un cadáver andante. No podía imaginar que esa imagen fuera su reflejo. No podía ser. Ella siempre había sido una mujer lozana, llena de vitalidad, y ahora era un espantajo que apenas sí tenía fuerza para sostenerse sobre sus dos pies. Pero no, hoy Cristina había decidido que sería feliz, y nada ni nadie podrían impedirlo. Volvió a ponerse el camisón y salió del lavabo. Tras ponerse una bata y unas pantuflas calentitas regalo de sus alumnos, se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Un gran vaso de zumo de naranja recién exprimido, una tostada con mantequilla y mermelada de frambuesas, una taza de té con leche y la medicación de la mañana constituían su rutina diaria. El médico le había dicho que ahora más que nunca debía alimentarse de la forma más sana posible, y sobre todo tomar muchas frutas rojas, así que aunque se levantaba hecha pedazos y con una tempestad en el estómago, ella seguía obediente las órdenes que le habían dado. Hoy tenía cita con el médico. Le habían hecho algunas pruebas días antes y tenía que recoger los resultados. Tras la ducha, se enfundó en un vestido de lana roja y unas botas altas de cuero marrón. Hoy quería estar radiante, sentirse llena de colores, igual que la estampa impresionista de la ventana. El abrigo, las llaves, el bolso… ¡ah, el móvil!… Y un taxi esperando en la puerta de casa que la llevaría directa al hospital.

La sala de espera del hospital era un hormiguero de gente silente. Las personas entraban y salían como si de un velatorio se tratara. Y es que la sala de oncología no es un lugar muy alegre. Cristina se sentó en la sala y tomó una revista. Era de la Asociación Española de Oncología Médica, y había un artículo sobre el cáncer de mama. “Vaya”, pensó Cristina. “Parece que mi vida va a rondar en torno a esto todo el día de hoy”. La voz de la enfermera llamándola la sacó de su soliloquio. El médico era un hombre dulce, de mediana edad, con unas gafas metálicas y de lente pequeña que siempre se resbalaban hacia la punta de la nariz y que dejaban ver unos ojos chispeantes de bondad y esperanza. “¿Qué tal te encuentras hoy, Cristina?”, le preguntó el médico mientras ojeaba el historial. “Hoy he decidido que voy a ser feliz, doctor”, respondió Cristina con determinación. El semblante del médico se tornó umbrío y el brillo de sus ojos varió el color hacia la compasión. “No tengo buenas noticias, Cristina. Las pruebas que te hemos realizado demuestran que el cáncer se ha extendido hacia el pulmón derecho y las vértebras torácicas. Lo siento”. La enfermera se apresuró a ofrecerle un tisú a Cristina, pero su cuerpo estaba inmóvil. Su cerebro daba órdenes a las glándulas lagrimales para que comenzaran a brotar lágrimas, pero éstas no respondían. Los nervios de los brazos enviaban órdenes a los músculos para que activaran el movimiento, pero las fibras musculares se negaban a hacerlo. E incluso su corazón, ajeno a las órdenes del cerebro, se paró por un instante. “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?”, consiguió decir después de que el cerebro venciera a la voluntad de la laringe. “Debemos comenzar con una nueva sesión de quimioterapia, y reforzarla con sesiones de radioterapia durante al menos un mes para ver la evolución…” “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?” le interrumpió Cristina bruscamente. “Todavía hay esperanza”, acabó diciendo el médico. Cristina se levantó de la silla, y salió de la consulta caminando torpemente. El médico y la enfermera salieron tras ella para detenerla. Todavía había esperanza… Pero ahora eran las piernas las que habían decidido actuar por su cuenta, y no se detuvieron ante las voces del médico que le decía que todavía se podía luchar. “Luchar…”, pensó mientras salía por la puerta del hospital. El taxi la esperaba en la puerta, pero decidió pagar la carrera y caminar por la ciudad. El cielo era plomizo, con un agobiante espesor que casi no permitía respirarlo. Y los colores, ¿dónde estaban los colores de la mañana? ¿Desde cuándo los edificios ofrecían esos colores enlutados en blanco, gris y negro? Salió corriendo a duras penas calle arriba mientras en su mente intentaba desdibujar la imagen que acababa de ver. Cuando alzó la mirada, se encontró en las puertas de su colegio. “No, por Dios”, pensó. Intentó pasar desapercibida por delante de la puerta, pero la voz de un hombre la detuvo. “¡Señorita Cristina! ¡Cuánto tiempo!” le dijo un señor bigotudo y mofletón mientras le arreaba dos besos en plena cara. Era el conserje del colegio. “¿Qué tal, cómo se encuentra? ¡Niña, ven, corre, que está aquí la señorita Cristina!” gritaba aquel hombre mientras la agarraba del brazo. En un instante, se formó un remolino alrededor de ella. Personal del colegio, compañeros profesores, alumnos e incluso el director salieron a saludarla. Y lo que menos necesitaba ahora mismo Cristina era ese bullicio. Probó nuevamente la relación de su cerebro con sus piernas y vio que su cuerpo volvía a actuar como un todo, así que salió corriendo como alma que lleva el diablo ante la mirada atónita de todo el colegio. Corrió tanto que se perdió entre las caras anónimas de los transeúntes. Necesitaba estar sola, o al menos rodeada de gente que no la conociera. Necesitaba sentirse perdida entre la muchedumbre, como un grano de arena mecido por la marea.

“Necesito café”, pensó mientras pasaba por una cafetería de estilo parisino. Se sentó en la sala de espaldas a la vidriera. No quería que nadie la viera mientras reflexionaba sobre el café solo que había pedido. Cada vuelta de la cucharilla le traía la frase del médico. “Todavía hay esperanza”… Pero nuevamente algo la distrajo. Un hombre alto, moreno y de aspecto atlético enfundado en un traje de color gris marengo estaba delante de ella. Cuando alzó la mirada, encontró una cara conocida, unos ojos azules como el mar la miraban con dulzura desde la altura. “Cristina…”, susurró una voz varonil y llena de ternura. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? Creí que lo nuestro era algo bonito que podía llegar a buen puerto…” Cristina no sabía muy bien cómo reaccionar. La verdad era que cuando comenzó todo el infierno del cáncer, había dejado todo de lado, incluida una maravillosa relación de amor y comprensión que compartía con este adonis que se le presentaba ahora. Miguel se arrodilló para quedar a su altura. “Estás preciosa”, susurró. Nada le alienaba más a Cristina que la mentira piadosa. Ella misma había visto el zombi en el que se estaba convirtiendo esa misma mañana. “¿Preciosa? ¡¿Que estoy preciosa, dices?! Mira, no me vengas con chorradas, que sé cómo estoy, y no estoy preciosa precisamente…” Escupió. “No te estoy diciendo chorradas, te digo que estás preciosa, porque yo siempre te veo preciosa. Además, eso lo tengo que decidir yo, no tú.” Dijo Miguel mientras le tomaba la mano. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? ¿Cómo te encuentras?” prosiguió. “¿Que cómo me encuentro? Pues jodida. ¡Me encuentro jodida! No te he llamado en todo este tiempo porque no quiero saber nada ni de ti ni de nadie, porque me estoy consumiendo poco a poco y no quiero que nadie vea cómo estoy. Por eso no te he llamado. Y me vienes tú ahora y me dices que estoy preciosa… ¡Que me estoy muriendo, coño! Y tú con que estoy preciosa…” El semblante cetrino de Cristina se enrojeció por acción de una ira que permanecía latente como la lava de un volcán, pero que por fin había encontrado una grieta por donde surgir. “Cristina…” volvió a susurrar Miguel mientras volvía a tomarla de la mano. “Estoy aquí, no me he ido, no me quiero ir. Estoy contigo para lo que quieras…” La mirada azul de Miguel se hundía en las cuencas vacías de Cristina, llenándolas de agua dulce. Por un momento, su mente sopesó la posibilidad de fundirse en un abrazo con Miguel, y dejarse envolver por ese velo protector a cualquier precio, pero la ira contra todo y contra todos era demasiado poderosa como para contrarrestarla. “Miguel, déjame sola, por favor”, contestó Cristina retirando la mano bruscamente. “Ahora no tengo tiempo de discutir menudencias”. Miguel se levantó y sobre una de sus tarjetas escribió “llámame a cualquier hora del día o de la noche. Allí estaré”. La dejó encima de la mesita y se dio la vuelta camino de la calle hasta que se perdió entre el gentío. De las cuencas de los ojos de Cristina comenzaron a brotar un mar de lágrimas amargas y espesas. Sabía el coste que había pagado por esa despedida, y eso le dolía profundamente. La realidad es que en ese momento su ira contra el mundo era mucho más poderosa que el amor que sentía por Miguel, así que no podía ofrecer resistencia.

Como no quería más contratiempos de este calibre, decidió tomar un taxi y volver a su casa. Allí sabía que nadie la perturbaría. Se quitó el abrigo, y al dejarlo en la percha cayó la tarjeta de Miguel al suelo. Cristina se la quedó mirando, y la depositó en una cestita al lado del teléfono. Había decidido que se bebería una botella de vino mientras se daba un baño y escuchaba música. Necesitaba desconectar del mundo, y pensar con algo más de claridad de lo que lo había hecho hasta ese momento. Tras acabar la cena, decidió abrirse una segunda botella de vino. Esta vez, atacaría a un delicioso Grand Cru borgoñón comprado en la última visita a Dijon. Tenía la sensación de que aquella sería la última ocasión en su vida en la que probaría un buen Borgoña. La música seguía sonando mientras Cristina poco a poco se dejaba llevar por las nubes etílicas. Entonces, comenzó a sonar “Tosca”, de Puccini. La música le llevó a transportarse más allá de la estancia, como si el suelo no existiera bajo sus pies, como si la estancia se agrandara hacia dimensiones galácticas… Y comienza Tosca a cantar “Vissi d’Arte”, y comienza Cristina a levantarse lentamente, a vagar por la sala que poco a poco se va quedando vacía… excepto la cestita y el teléfono. En ese momento, tomó el teléfono y marcó un número de memoria, pero lo suelta mientras da señal imbuida por la música que penetra por todo su cuerpo… Y entonces, miró hacia la ventana, y ahí estaba otra vez ese cuadro impresionista que la saludaba. Quería formar parte de él, quería desaparecer de esa cárcel que se llama cáncer, y que la tenía atada a un riel por donde tarde o temprano pasaría el tren de las doce… Salió a la terraza al tiempo que desde el tocadiscos Mario cantaba desesperado “E lucevan le stelle”, y se quedó absorta mirando la llanura nevada. Una sensación de ligereza le permitió subirse a la barandilla mientras seguía ansiando el horizonte. Y cuando se disponía a dar un paso al vacío, unas manos la rescatan del abismo precipitándola dentro del salón. La música cesa, y Cristina se ve envuelta en unos brazos morenos y atléticos, y al girar la cara descubrió una mirada acuosa de color azul, que la sostenía firmemente. Miguel la abrazaba con fuerza tirados los dos sobre la alfombra del salón. De las cuencas oculares de Cristina comenzaron a brotar océanos de lágrimas saladas que caían sobre el hombro de Miguel. Lentamente, la levantó en brazos y la llevó a la cama, en donde la acostó dulcemente al tiempo que él mismo se recostó a su lado tomándola por la cintura. Cristina se dio la vuelta, y al ver la cara de Miguel, en donde todavía se dibujaba un rictus de terror, no pudo contener la necesidad de besarle.

A la mañana siguiente, Cristina se levantó mejor que nunca. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que hiciera el amor, y ya casi no recordaba lo maravillosa que era esa sensación. Al mirar por la ventana, vio que el cuadro impresionista seguía allí. “Todavía hay esperanza”, sonó en su cabeza mientras contemplaba la escena. “Todavía hay esperanza”, dijo en voz alta, como absorta. Miguel se desperezó lentamente mientras el sol le iba dando en la cara. Se incorporó, y besó el cuello de Cristina, mientras con las manos acariciaba las cicatrices de sus operaciones. Cristina se levantó de un respingo y se fue hacia el teléfono. Marcó y esperó señal. Al descolgar el teléfono, pidió que la pasaran con la unidad de oncología, necesitaba hablar sobre el tratamiento que tendría que seguir con su médico. Todavía había esperanza, y no iba a perder la posibilidad de que esa historia de amor que había renacido la noche anterior desapareciera sin al menos haberle plantado lucha a la enfermedad. Por primera vez en mucho tiempo, Cristina no se sintió como una bala disparada desde primera hora de la mañana.

 

EL DUENDE DE LAS CASTAÑAS

Posted in Relato Libre Miren with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 12 \12\UTC noviembre \12\UTC 2011 by Miren

No me gustaba el otoño. Era una estación tonta y llorona. Los días eran siempre grises, llovía casi todo el tiempo, comenzaba el frío, los árboles se ponían feísimos convirtiéndose en palos negruzcos y secos. Y para colmo empezaba el colegio. De nuevo atenerme a los horarios, aguantar las aburridas charlas de los profes y, cómo no, al pesado de Jesús Enrique que llevaba dándome la paliza desde el parvulario con la tontería esa de que quería ser mi novio y, lo que es peor, aguantar con resignación sus proyectiles de papel disfrazados de avioncitos donde —con mala caligrafía, y peor ortografía de— me escribía sus interminables poemas de amor. Aún recuerdo la primera que me escribió cuando ambos teníamos sólo seis años:

“Bolverán las hoscuras Jolondrinas

En tu valcón sus nidos a coljar una

y hotra bez con el hala en tus cristales,

Gujando yamarán.

 

Pero haquellas que el buelo refrenavan

tu ermosura y mi dicha contemplar.

Haquellas que haprendieron nuestros nombres,

¡esas no bolverán!”

Poesías que, para mi indignación y disgusto, luego me enteré que no eran suyas. Eran de un tal Gustavo Adolfo Bécquer, según nos contó la profe de Lengua. Mi enamorado —además de bobo— era un mentiroso y un mal imitador, por lo menos podía haberse esforzado en hacer bien la copia.

Con lo bien que vivía yo en verano, con sol, playa, sin horarios, sin deberes… Sin Jesús Enrique, y con Jorge —nuestro vecino de apartamento—. Un pillo pelirrojo y pecoso que me tenía sorbido el seso.

Pero lo peor de todo, y con diferencia, eran las excursiones campestres de fin de semana. No terminaba de entender ese gusto que tenía mi padre por llevarnos cada domingo, al monte, al bosque… bueno a todo lo que fuese silvestre.

Me agobiaba la neblina, me molestaba sobremanera pisotear las asquerosas hojas marrones húmedas, y llenarme los zapatos de barro —que luego había que limpiar—. Las obligaciones en casa estaban repartidas, y a mí me tocaba recoger la mesa y limpiar el calzado.

Esa tarde estaba más mohína de lo normal. La semana había sido dura, septiembre y octubre eran meses más o menos relajados, toma de contacto con los compañeros, primeros temas de repaso, etc. Pero en noviembre comenzaba ya lo más pesado. De buena gana me hubiese quedado en casa tumbada a la bartola escuchando música o hablando por teléfono con Cris —mi mejor amiga—. Pero con diez años no te queda más remedio que seguir a tu familia donde quiera llevarte. Y en este caso era sufrir una tarde húmeda y molesta en un barrizal plagado de hojas secas.

Iba caminando tan absorta que no me di ni cuenta de que me había alejado de mis padres y hermanos. Cuando quise reaccionar, me vi allí sola en medio de un bosque, rodeada de árboles. Me puse muy nerviosa, era lo peor que me podía haber pasado. Perdida en aquel otoño que me repelía y a la vez me provocaba inquietud.

Di unas vueltas en redondo pero tampoco me atrevía a alejarme de aquel lugar, imaginaba que cuando se diesen cuenta que yo no iba con ellos volverían a por mí. Respiré hondo y decidí que lo mejor era quedarme allí y esperar. Pasaron horas (bueno mejor dicho, minutos que a mí me parecieron horas) y allí nadie aparecía.

Unos ruidos procedentes de los arbustos me alertaron. Me quedé muy quieta y de pronto entre una zona espesa del bosque apareció un ser extraño. Era como un hombrecillo que me llegaría por la cintura. Tenía una gran nariz ancha y ganchuda, y unos ojos enormes; pero lo que más me llamó la atención fueron sus enormes orejas de elefante.

La sorpresa del hombrecillo fue tan evidente como la mía.

— ¡UIUIUIUIUIUIUI, una niña humana! —exclamó—. No es nada habitual veros por estos parajes, y menos, solas.

— Creo que me he perdido, pero estoy segura que mi familia volverá enseguida a por mí. —Intenté aparentar una seguridad que no tenía. Me habían enseñado desde muy pequeña a desconfiar de cualquier desconocido, y más, si estos tenían un aspecto extraño, y este lo tenía, y mucho.

— Tranquila hijita, te haré compañía mientras vienen tus padres. Me llamo Rumpelstilskin, y soy un duende.

En aquel momento no sabía si reír o llorar ¿duendes? Hacía un par de años que era lo suficientemente mayor para no creer en seres mágicos.

Sin poder evitarlo las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos. ¡¿Qué hacía yo ahí perdida en aquel lugar, acompañada de un tío raro y en un estúpido otoño, la estación que más aborrecía?! Con la desesperación no me di cuenta de que  la última frase la había pronunciado en alto.

— ¿No te gusta el otoño, pequeña? Pues que sepas que es una estación maravillosa y llena de magia. ¿Ves estos árboles? Son castaños y son milenarios, llevan aquí muchos años. Creo que más que yo, y yo ya voy por mi 315 cumpleaños —y eso que entre mis congéneres soy de los más jovenzuelos je,je,je— ¿Sabes que esta es la época perfecta para la naturaleza?

— Pero se hace enseguida de noche, llueve mucho y hace frío, no me gusta —protesté sin dejar de gimotear.

— Claro nenita, para que el campo se regenere tiene que llover. ¿Qué quieres que los pobres árboles y la hierba se mueran de sed? Tú necesitas beber para vivir y ellos también. ¿Te figuras que todo fuese sol, sol, y más sol? No habría nada verde, al final todo se volvería marrón y se quemaría con el efecto solar. No habría agua, ni vida. Ni las plantas, ni los animales, ni tú, ni yo podríamos existir.

— Pero en verano soy libre. En invierno llega Navidad. Y en primavera ya comienzo a soñar con las vacaciones…

— Hijita, si todo fuese un interminable verano, o una eterna Navidad, os cansarías también de esa vida. Los humanos sois muy volubles y caprichosos; nada que ver con nosotros que somos seres estables, ejem, ejem.  Mira pequeña, mira mis manos. Esto son castañas, el fruto de estos árboles que, como ves, se empiezan a quedar feos y desnudos sin hojas. ¿Sabes por qué? Porque ellos ahora van a comenzar a dormir. Les espera un largo invierno, si el inclemente frío no les pillase dormitando, les mataría. Pero antes de que eso pase —como son seres agradecidos y generosos— nos dejan su último regalo hasta que vuelvan a despertar en la próxima primavera; nos dan su fruto. Un fruto que sirve de alimento a los animales y a las personas. ¿Has comido alguna vez castañas asadas?

— Sí, y me gustan mucho, mi abuela las hace cuando vamos verla. A mis hermanos y a mí nos encanta comerlas calentitas y sentados junto a la chimenea, mientras ella nos cuenta historias y leyendas de su pueblo.

— ¡Lourdes! ¡Lourdesssss! —Sentí una gran alegría; era mi familia que me llamaba, y estaban muy cerca.

— ¡Ups! Creo que ya vienen a buscarte. Es hora de desaparecer. Comprende que somos seres huidizos y no nos gusta mucho el contacto con los de tu especie. Aparecemos en contadas ocasiones, y sólo, cuando alguien es realmente muy especial. No, no, no, podemos darnos a conocer, aún no sois lo suficientemente fiables, no podemos arriesgarnos a que nos exterminéis.

— Adiós Rumpelstilskin. —Me despedí con un deje de tristeza.

— Adiós pequeña, y recuerda siempre que esas castañas que tanto te gustan son un regalo de tu amigo el otoño.

************

— ¡Jooo, mamá! ¡Cómo me ha gustado tu cuento! Aunque el otoño sigue sin gustarme nada de nada.

— Bueno, eso ya lo veremos. Venga remolona ponte el abrigo que tu padre nos  está esperando en el coche. Hoy ya sabes que te tienes que portar bien. Es un día muy importante para él, nada menos que va a recoger el premio “Pluma de oro” que le han concedido por su última novela. Tenemos que estar muy orgullosas de él.

— Sí, mamá, lo estoy. Ayer mi profe de Literatura me dijo que había leído todos los libros de papá. Me felicitó por tener como padre a un magnífico escritor. También me dijo le diese la enhorabuena de su parte y que le comentase que  es una gran admiradora suya. Y que yo podía aprender de él, que como siga así en ortografía, me tendrá que suspender. —Suspiró la niña.

— Ja,ja,ja,ja, eso es porque ella no sufrió sus arrebatos literarios durante toda la infancia. ¡Menos mal que todo en esta vida tiene arreglo! ¡Vamos, vamos qué se nos hace tarde! Te prometo que el domingo que viene iremos al campo. Lo mismo hasta con un poco de suerte nos tropezamos con el duende de las castañas. Pero, umhmmmm, eso no te lo puedo garantizar del todo. Rumpelstilskin es un poco quisquilloso y sólo aparece en ocasiones muy especiales y, únicamente, cuando algún humano le resulta simpático.

FIN

NOTA DE LA AUTORA: La maravillosa foto del Castañar de Casillas me la ha prestado amablemente Ignaciocenteno. Un genial fotógrafo que tiene en su página de Flickr, una colección de fotos magníficas.  Muchísimas gracias Ignacio.

Los Amantes

Posted in Especial Lamedores, Literatura, Los relatos más relamidos, Poesía, Relato, Relato Libre Rhay, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 20 \20\UTC octubre \20\UTC 2011 by Rhay
“¿Me quieres?” le susurró al oído mientras le pasaba la mano por el hombro. “Sí”, contestó dirigiendo la mirada encendida en busca de unos ojos que respondieran a la invitación. “Te echaré de menos”, continuó susurrando lánguidamente una cabeza que se arrimaba poco a poco hacia el regazo que la esperaba impaciente. “Yo también te echaré de menos. Jamás había conocido a alguien como tú.” Contestó con aquella mirada tan tierna, tan triste, tan llena de agua de mar…
Entonces miraron hacia el cielo. La noche era clara, algo fresca, pero parecía sacada de una novela romántica: una luna llena enorme alumbraba sus caras que se sentían acariciadas por la brisa marina de la noche. Más allá, a lo lejos, sólo había oscuridad. A duras penas se distinguían las luces del pueblo. Sus vidas eran del mar, de la arena de la playa…
Se miraron nuevamente a la cara, y decidieron hacer el amor como nunca en su vida lo habían hecho. Se amaron, se dijeron tantas veces “te quiero” que jamás podrán contarse. Y después, contemplaron en silencio las estrellas. Era la noche perfecta.
Poco a poco, les fue venciendo el sueño, y quedaron sumidos en él con las extremidades entrelazadas, en un abrazo eterno. Cuánto amor había en ese rincón del Universo; cuánta pasión encerrada en esos dos cuerpos hechos de carne, hueso y sentimientos… Cuánta sensación de seguridad recorría sus mentes. Tanta, que ni se percataron del estallido de luz que apareció más allá de la villa, ni de la lluvia de ceniza y piedra pómez que les venía encima proveniente del Vesubio. Y así quedaron, en su tumba de ceniza para siempre estos amantes, el 24 de agosto del año 79.