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DESECHABLE

Posted in Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 28 \28\UTC octubre \28\UTC 2013 by lindasta07

BOOTS (2)

Nací para mandar, para dominar. Me gusta sentir que tengo el control, que soy respetada, que nadie ni nada puede subyugarme. Imposible imaginar siquiera lo contrario porque entonces no sería yo, sería alguno de los otros, pertenecería al grupo de los débiles, de los subordinados. Es sencillo: Yo estoy aquí, ellos están allá. Todo tiene que ser tal y como previamente he planificado, no soporto los imprevistos.

El físico es una carta de presentación, para bien o para mal. El mío es el que corresponde a una persona de carácter. Mis rasgos son fuertes y  me satisface exagerarlos. Cuando dejo a un lado el papel de niña buena, ese que tanto aborrezco pero que tengo que ejercer puntualmente de cara a la galería, me esmero con el siguiente  ritual: Cardo con exagerada dedicación mi salvaje melena azabache, maquillo con polvo de arroz un rostro ya de por sí níveo, perfilo mis párpados hasta lograr una peligrosa mirada felina que intencionadamente lo dice todo y, casi para acabar,  doy un toque de rojo carmín a una boca que apenas habla porque no  necesita expresar nada más allá de cuatro ordenes claras y concisas. Continúo la puesta en escena enfundándome en un frío body de látex que se adhiere a mi piel hasta completar mi auténtico yo, y ya para rematar, dejando momentáneamente a un lado el látigo de siete puntas que más tarde se convertirá en una  prolongación de mi ser, calzo mis botas de cuero negro de caña alta y tacón de aguja de veinte centímetros.

Es excitante sentirse superior cuando ellos suplican clemencia lloriqueando bajo mis pies mientras ambos disfrutamos. Son tan dóciles, tan encantadoramente complacientes… Les ajusto una correa al cuello y se dejan hacer. Son tal y como deseo.

No me gustan las concesiones y nunca hasta entonces las había hecho, porque soy la que lleva las riendas, la que mando, pero con él tuve una deferencia… ¡Estúpida de mí, por primera vez me equivoqué!

Soy “Lady DeaDomina”.  A mis amantes les insto a que me llamen así pero al último quise sorprenderle, tal vez porque le percibí más indefenso que al resto, y le permití un par de licencias: La primera, elegir el que sería mi nombre durante aquella noche; la segunda, decidir algo novedoso para ese juego que estaba a punto de comenzar. Su reacción fue encogerse de hombros simulando resignación, algo que me hizo gracia, aunque me contuve y no esbocé ni una sonrisa. Nunca  flaqueo. No me lo permito.

Sean era joven, alto, y delgado en extremo. Parecía muy sumiso. Me gustó.

 Desde el primer momento le indiqué cuales eran las normas, mis normas. La más importante de ellas era que, al igual que todos mis siervos, tenía prohibido mirarme directamente a los ojos.

 Fijando sus pupilas en el suelo y con  un notable  tono de voz masculino mi amante confesó que su fetiche eran las botas. Te llamaré “Boots”- dijo sin dudar. Asentí con la cabeza dando mi aprobación. <<¡Qué poco original va a resultar este último entretenimiento!>> – pensé. Un tanto airada porque intuí que me aburriría con aquel jovenzuelo, encaminé mis pasos hacia la cocina. Él me siguió como todos, como un perro. Una vez allí abrí la puerta de la despensa permitiéndole que señalase algo del armario. No dudó, eligió la miel. Me pareció una buena idea. Cogí un bote y le obligué a esparcirlo por el suelo. Tal y como era de suponer, obedeció. Me situé sobre ese charco amarillento, denso y viscoso, y separé las piernas hasta formar un ángulo aproximado de cuarenta y cinco grados. Mi esclavo comenzó con su trabajo, que no era otro que lamer mientras yo supervisaba su labor. Según las órdenes que previamente le había dado, debía quedar todo reluciente, incluidas mis botas. Era lento, meticuloso, se recreaba y su forma de hacer me estaba poniendo a mil pero, transcurrido un tiempo que me resulta difícil de calcular, vi en su rostro una mueca de desagrado, o tal vez fuese de cansancio, y aquello me enojó. Tras propinarle un número indeterminado de latigazos, tiré con fuerza de la correa -quizás con demasiada fuerza- y fue entonces cuando Sean  incumplió lo pactado. Levantó la cabeza y me miró a los ojos con desafío, algo que me enfadó muchísimo porque nunca antes nadie se había atrevido a desobedecerme.  Estaba claro que con él todo iba a ser distinto.

-No me ha gustado ni lo que has hecho ni cómo lo has hecho, “Boots” – dijo en un tono tan brusco que me encendió aún más.

-No me interesa saber qué te gusta ni cómo te gusta. Odio lo que estás haciendo ahora. Este no era el plan. ¡¡ No vuelvas a poner tus pupilas en las mías o lo pagarás caro!!  Te castigaré y seré dura…Muy dura.-  Intenté zanjar el tema  poniendo a cada uno en el sitio correspondiente: A él a ras de suelo y a mí a veinte centímetros más allá de mi metro sesenta y seis.

Sean, contrariándome una vez más, se puso en pie. Era más alto que yo y sé que con aquel gesto intentó intimidarme. Se confundió si supuso que me iba a debilitar al pensar que aquella partida se me estaba yendo de las manos porque, lejos de hundirme y pensar que mi sirviente había cogido cierta ventaja, me crecí y se reafirmaron mis ganas de triunfo. Continuó retándome y, en un momento dado, osó acercar sus labios aún impregnados en miel  a mi rostro. Comenzó a lamerlo mientras con su mano izquierda tiraba de mi pelo hacia atrás. Me repugnó su acto. Aunque por un lado admiré en silencio su valentía, por el otro, por el importante, deseé matarle. Lo que comenzó como un juego derivó en una especie de lucha entre nosotros en la cual la agresividad y la ira llegaron a su máxima expresión. Él estaba muy excitado.  Me empujó y caí de espalda quedando indefensa y prácticamente adherida al pavimento. Él se abalanzó sobre mí y comenzó a mordisquear con una rabia desmedida cada parte de mi cuerpo buscando  mi dolor físico, pero sobre todo el psíquico…Y me hacía daño, mucho daño, demasiado. La furia se apoderó de mí nublándome la vista, vi todo negro y, por última vez, tiré de su collar…Fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte… Ahora la  excitada era yo.

Tras dejar a un lado aquel momentáneo tono  rojizo que tan poco me favorecía,  recuperé mi blancura habitual y los jadeos se transformaron de nuevo en una respiración serena. Él, pobre desgraciado, fue incapaz de hacer ninguna de las dos cosas, así que me quité de encima su cuerpo inerte que, para mi sorpresa, pesaba más de lo que suponía. A pesar de que llegó a confundirme Sean resultó ser, como todos,  un fracasado más.

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Mientras me despojaba de mi auténtica piel una amplia sonrisa se dibujo en mi duro rostro – ahora sí me lo permití- y pensé: Con “Lady DeaDomina” se juega de acuerdo a sus normas, de lo contrario se pierde siempre. Ese es el trato.

 

 

CICATRICES DE PAYASO

Posted in Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 5 \05\UTC junio \05\UTC 2013 by lindasta07

-Mi vida, mañana nos volveremos a ver. Lo prometo- eran las esperanzadoras palabras que ella me dedicaba cada noche al despedirnos. Y así fue hasta que dejó de serlo. Coincidimos mientras quiso; ni más, ni menos.

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Marcando el terreno.

Hubiese reconocido el perfume que emanaba por cada uno de los poros de su piel aún careciendo de olfato. También hubiese podido distinguir su luz aún siendo ciego. Esa fría dama de humo rojo y caliente entrepierna me cautivó sin concesiones desde el primer instante. Su simple presencia me hipnotizaba. Imposible olvidar cualquier detalle, por pequeño que fuese porque, para mí, todo en ella era único, inconfundible, especial. Yo lo sentía así.

Alice supo tatuar su esencia sobre mi pecho como ninguna otra había sido capaz de hacerlo hasta entonces. Ese fue su acierto y esa terminó por convertirse en mi condena.

Me dejo atrapar.

Aquellos encuentros de neón, de ambiente cargado y de exceso de alcohol, enturbiaron mi mente y -como no podía ser de otra manera- despejaron mi, ya de por sí, lacrimógena cartera. Copa a copa, promesa a promesa, caí irremediablemente en su tela de araña. Resulté ser una presa fácil y me enredé mortalmente. Ella, con gran habilidad, aprovechó su momento y  me engulló. Yo me dejé  hacer.

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Por aquel entonces hubiese puesto la mano en el fuego tanto por Alice como por mí. Sentía la nuestra como era una verdadera historia de amor. Siempre fui un ingenuo, un iluso y un soñador. Es demasiado tarde para  lamentos, lo sé, pero creí en ella y deseaba la exclusividad.

Adiós a la venda.

El día en el que deseé morir me comentaron que un descapotable la alejó de aquí, también de noche, sin hacer ningún ruido, en silencio. “Así es como han de hacerse estas cosas, amigo” dijo un tipo duro cuando pregunté en el local por mi niña mientras, dándome una palmada en la espalda llena compasión,  ese tipo hizo que bajase de mi nube y pisara tierra firme.

Tengo la percepción de que ha pasado demasiado tiempo desde aquella  huida aunque, echando la vista atrás, no sea del todo así. Tan solo han pasado un par de meses  desde que se fue pero para mí han sido dos siglos de soledad.

Soy consciente de que mi compañía solo representaba para mi bella dama de hielo una posibilidad de escapatoria, una de tantas y, con toda probabilidad, no la mejor pero sí la más visible, amén de accesible.

A partir de aquella dolorosa revelación todo cambió y abrí los ojos a mi nueva realidad. Después de descubrir que nada de lo nuestro resultó ser lo que parecía, decidí cambiar el rumbo de mis sentimientos y comencé a engañarme.

Nunca más supe de ella. Rompió su promesa e hizo añicos mi corazón.

Confusión.

Apoyado en la barra de otro local aparentemente idéntico a aquel en el que conocí a la que hoy se ha transformado en mi tormento, infestado de almas desesperadas y de cuerpos tan sedientos como el mío, doy ese penúltimo trago largo mientras quiero ver a Alice en el escote de Lucía, o en el culo de Charlotte, o en el rostro de cualquier otra. Misión imposible. Para bien o para mal ninguna logra enredarme, y mucho menos, atraparme.

Todo da vueltas a mi alrededor y ella continúa revoloteando tanto en mi estómago como  en mi cabeza. Sigo bebiendo no sé si para olvidar, para perderme voluntariamente, o para cerrar esa cicatriz que aún tengo abierta y que me duele demasiado.

Veo mi futuro demasiado turbio.

En lo más hondo.

Desde que tengo uso de razón- y de sinrazón también- he sido un eterno entusiasta del amor y es por eso por lo que, en el fondo, sigo esperándola. No logro arrancarla porque echó poderosas raíces y la siento como parte de mí. Desearía que todo me diese igual, quisiera borrarla de mi mente, pero no es así. La añoro.

Pudimos haberlo tenido todo y sin embargo…Me siento un payaso.

¿Será consciente Alice de la profundidad de mis sentimientos? ¿Existirá en su vocabulario la palabra “amor” o solo existirán palabras como: “entretenimiento”, “interés” y “juego”?, me pregunto mientras la imagino rasgando, para más tarde devorar, otro incauto corazón o, tal vez, varios. Simultáneamente. Sin piedad.

Y en lo más profundo de mi ser, me alegro por… No, no me alegro, sufro lo indecible. Deseo morir. Deseo matar.

Sin rumbo.

Noche tras noche necesito tomar varios tragos porque he de ahogar mariposas.

-Mi vida, mañana nos volvemos a ver. Lo prometo- balbuceo al oído de la primera desesperada que me hace caso repitiendo, sin ningún convencimiento, esas palabras que aún me duelen y que soy incapaz de olvidar…Y ellas me creen. Como yo que, pobre desgraciado, creí en Alice.

98.700 mensajes para enamorarte ( y una carta para…)

Posted in Especial Lamedores, Especial San Valentín, Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 20 \20\UTC febrero \20\UTC 2013 by lindasta07

Clavel (3)

-Pasaba por aquí, he visto tu luz, y he decidido entrar… ¿Puedo decirte algo? Me encantas.

Y así empezó todo.

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Era un día más de un año cualquiera. Ni siquiera recuerdo la fecha. Sé que tú tampoco.

Quiero pensar que ninguno de los dos buscábamos nada y que, sin más, nos encontramos. ¿Demasiado lejos? Tal vez. ¿Demasiado tarde? Probablemente también, aunque eso sea lo de menos.

“Lo nuestro es para siempre”- ¡Cómo me gusta escuchártelo decir, querido!- Cinco palabras que se repiten a menudo entre los miles de mensajes que hemos intercambiado, después de aquella bonita casualidad, que a ambos nos da la vida y nos hace sentir distintos.

Recuerdo que respiré esperanza cuando nos cruzamos en el camino; el mío lleno de piedras, el tuyo sombrío. Te acercaste con cautela y pronto percibí cómo me olfateabas, cómo me bebías, cómo me fumabas, y hasta cómo me soñabas. Poco a poco, como se cocinan los más exquisitos guisos, nos fuimos conociendo hasta enredarnos en esta aventura tan insensata y atrevida que sólo tú y yo conocemos. Tremendo secreto que jamás revelaremos.

Aunque hoy tenga el cuerpo tullido y malherido, sólo me duele el alma porque presiento que, desde el otro lado, me arrastran para conducirme al vacío. Sé que tendré que irme pronto, antes de lo previsto, pero quiero que sepas que seguiré pensándote cada día y que, aún allá, estaré siempre contigo y continuaremos jugando a ilusionarnos, con o sin motivo. No contábamos con esta mala jugada del destino pero, no importa, seguiremos unidos.

¿Para terminar esta carta puedo decirte algo? Me encantas, querido.

“Enamorarse es sentirse encantado por algo, y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección”.
Ortega y Gasset, José

DOLLY PASSION

Posted in Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre, Relato Libre Lindastar, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 23 \23\UTC mayo \23\UTC 2012 by lindasta07

Ella le esperaba pacientemente cada día. Siempre en el mismo lugar.
Inmóvil, silenciosa – como a él tanto le gustaba- entregada, y… tan bella.

¿Ves como no es tan difícil encontrar lo adecuado, amigo? Solía decirse a sí mismo cuando, en algún momento nostálgico, venía a su recuerdo la imagen de una Annie a la que no acaba de olvidar por completo, a pesar de llevar cerca de veinte años sin ella.

Con su esposa, en apariencia, todo marchaba bien. Él trabajaba de sol a sol y ella se dedicaba al cuidado de lo que pretendía asemejarse a un hogar. Apenas compartían tiempo libre -siempre tan ocupados los dos- así que fue una sorpresa la llegada del pequeño Rod…Una sorpresa, agradable en principio, y una carga a la postre.

Aquella carta sobre el tapete de la mesa camilla no fue consecuencia de un arrebato, no… Dejó claro el rumbo que iban a tomar las cosas a partir de ese 4 de julio.

Él no entendió los motivos del abandono porque ni a Annie ni al niño les faltó de nada, nunca, jamás. De eso se encargaba él, de llevar dinero más que suficiente a casa …¡Qué raras son las mujeres! ¡No hay Dios que las entienda ni tipo que las mantenga!, había pensado decenas veces en su vida, pero aquel día, al menos fueron un millar las ocasiones en las que esa frase rondó por su dura mollera.

En un principio fue difícil para ellos. Para los dos. Aunque, tal vez, para un niño de apenas ocho años al que nadie se atrevió a explicar con claridad el por qué de aquel cambio, lo fuese más. Rod lloró y lloró.  Sólo supo que su mamá se iba y que, según dejó escrito, le querría siempre “hasta el infinito y más allá”. James se enfureció muchísimo porque tan precipitada huída la consideró injusta y, también, porque  no estaba acostumbrado a que los demás tomasen decisiones sin contar previamente con él, y ella había osado hacerlo. El paso del tiempo – ese que dicen que todo lo cura, o al menos, enmienda las heridas- fue el encargado de que  James, aún sin perdonar, procurase olvidar aquel borrón en su vida llamado Annie.

De ella, la sufrida esposa, nunca más se supo. Se fue sin derramar una lágrima. Segura de la decisión que había tomado. Sin remordimientos. Es de suponer que buscó su propia felicidad.

El pequeño creció rápido -como lo hacen todos- y, en cuanto pudo, se marchó. Una soleada mañana, sin sentir ningún dolor en el pecho, dejó atrás a un padre frío y distante y a  la que durante años había sido su casa. No tenía recuerdos  felices de su infancia en aquel lugar por lo que no le costó ningún trabajo cerrar la puerta por última vez. Le esperaba una nueva vida; mejor sin duda. Dio varios pasos al frente y  respiró profundamente. Es de suponer que él también buscó su propia felicidad.

Pasaron algunos años -bastantes- , y fue cuando James encontró un hogar lleno ausencias y de silencios, cuando decidió incorporarla a ella, a su compañera. Le costó mucho encontrarla, más de lo que nunca imaginó. No podía ser cualquiera, tenía que ser especial, y ella le pareció encantadora y distinta. A él siempre le gustaron pelirrojas, delgadas, de pecho abundante y acogedor- nada de seres andróginos con un par de canicas- y, por encima de otras consideraciones, aquel diablo necesitaba a alguien dispuesto y poco reivindicativo…Sin duda, ella representaba la perfección que James buscaba. La llevó a casa sin dudarlo, y también, sin reparar en gastos. Dolly era cara, pero lo valía.

Cuidaba de su compañera con un esmero infinitamente mayor al que empleó jamás con Annie, la que había sido su esposa. Con ella nunca sintió la necesidad de mimarla y, tal vez por eso mismo, la perdió para siempre. Sin embargo, con su “nuevo amor” no reparaba en contemplaciones ni en gastos, todo le parecía poco, y era habitual verle, incluso en joyerías, adquiriendo carísimos regalos. Al día le faltaban horas para estar junto a ella y, lo que comenzó siendo un juego para aliviar la soledad, pasó a convertirse en una obsesión. Decidió vivir por y para ella –hasta llegar a olvidar que, en primer lugar, él debía cuidar de sí mismo-, y se entregó con entusiasmo juvenil a la pasión hasta que, Dolly por una lado y su corazón por otro, se encargaron de acabar con aquella farsa en el sofá del salón durante una tórrida tarde de verano.

¿Quién iba a encargarse ahora de sacar las pesadas moscas de la boca de la bella y de recomponerle la melena tras aquellos encuentros llenos de frenesí? ¿Y quién llevaría, a partir de mañana, el ramo de flores que diariamente James le entregaba con una nota que decía: “Para ti, mi muñequita”?

Con una mueca, supuestamente de felicidad, él también se fue.

El siete de Oros

Posted in Especial Lamedores, Literatura, Los relatos más relamidos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Domingo, 12 \12\UTC febrero \12\UTC 2012 by lindasta07

-Bon soir, señores y señoras. Antes de comenzar con la que será una irrepetible “experiencia iluminadora” que, a buen seguro, orientará con acierto nuestro rumbo en ese desconocido viaje que es nuestra propia vida y del que somos, a menudo y sin tan siquiera sospecharlo, punto de partida, transcurso y meta, permítanme que me presente. Mi nombre es Madame Fée Dubois.- Han sido las primeras palabras -y las únicas inteligibles- que, envueltas en un halo de misterio, nos ha dedicado a los allá presentes la pitonisa de pelo gualdo, corto y encrespado que se ha sentado en la mesa que comparto con varios pasajeros más.

Tras una primera impresión un tanto enigmática y objetivamente poco femenina de aquella mujer que ahora tenía enfrente y que, al igual que hacía todo el mundo, clavaba sus ojos en mi entrecejo cada vez que me dirigía una mirada -seguramente buscando un punto una referencia en mi difícil rostro- me pregunté por qué, esa más que probable fémina albaceteña, se habría puesto como nombre de batalla algo tan sospechoso como “Madame de no sé qué”. En los Padres Claretianos estudié algo de alemán y muy poco de francés- en ambos casos con medias de sobresaliente-y sé que quiere decir: “Hada de madera”…¡¡Qué horreur más grande, mon Dieu!!… ¡¡Con lo bonito, amén de fino, que sonaría, por ejemplo: “Luz María de los Mil Resplandores”, sin tanto afrancesamiento y sin tanta tontería, coñeeee!!

A pesar de que las cartas, a modo de naves espaciales, vuelen emitiendo leves destellos violetas sobre esta mesa de caoba -lujosamente vestida para recibir el Año Nuevo como quiero pensar que se va a merecer- casi nada consigue que mi vista deje de posarse, en un primer momento, en la imponente piedra que la “madame de la France” porta en su dedo índice. Los reflejos que desprende – ¡oh, qué maravilla!- he de reconocer que son más intensos y cegadores que los del flamante anillo de compromiso que regalé a mi querida Matilde, justo unos días antes de que una malintencionada neumonía acabase con sus veintidós primaveras tan interesadas y derrochadoras. Cada vez que recuerdo su inesperado final, ¡se me parte el alma y se me nubla, aún más, la vista! ¿Quién nos iba a decir a nosotros, sobre todo a ella, tan llena de vida como aparentemente estaba, que iba a ser la elegida para cruzar la línea de horizonte en primer lugar? Pero, como dice la canción: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!”…Y a ella, pobrecita mía, el destino le tenía preparada una nefasta jugada de cartas.

Ahora ya no me duele su ausencia pero reconozco que en su momento me afectó de tal manera que, en un control rutinario, mi médico de cabecera detectó un desarreglo generalizado en mi, ya de por sí, frágil y delicado organismo. Don Higinio me aconsejó alejarme durante una temporada de la rutina diaria y me advirtió de que mi curación pasaba por serenarme y dedicarme a la vida contemplativa. -Casimiro, amigo mío, ahora mismo tu cuerpo es una bomba de relojería y, como imagino que no querrás explotar, te recomendaría que pusieses cuanto antes tierra de por medio. Sabes que hace unos años tu corazón dio un aviso- o un gran susto, debería decir para ser más exacto- y ahora amaga con darnos otro. Tienes que cuidarte así que, tú que puedes, ¡déjate mimar, caray!- dijo guiñándome un ojo con no sé qué intención, pero lo cierto es que sus palabras me convencieron de inmediato y las interpreté como siempre, o sea, como dio en gana. Lo vi claro: me estaba recetando un crucero. Así que, tras hablar con el fenómeno de Georgi Lamoroso – experto golfista y golfo de campeonato, a pesar de ser ya septuagenario- reservé unos de los mejores camarotes en el lujoso “Dreams of Love”. Según me comentó mi amigo fue allá donde conoció a esa réplica perfecta de Marilyn Monroe que, tres meses después y ya embarazada, le arrastró hasta el altar y le alejó definitivamente de la soltería y del manejo de sus propias cuentas bancarias. Al suponer que yo correría una suerte parecida a la suya – eso sí, sin niños sorpresa y refiriéndome exclusivamente a sentir unos carnosos labios rojos sobre mi ajado rostro- en un buque del que, con semejante nombre, sólo se podía esperar una travesía llena de aventuras excitantes, sufrí una subida de tensión que me llevó al servicio de urgencias pero del que, por fortuna, salí a las pocas horas.

Yo necesitaba mimos, muchos mimos, y no sólo por capricho, que también, sino por prescripción médica y ¡lo que decía Don Higinio era sagrado para mí! Además, mi bella Mati, como le gustaba a Matilde que la llamase cuando practicábamos sexo, o lo intentábamos al menos, –porque tengo que aclarar que nuestras sesiones de cama de ninguna manera se podían relacionar con la palabra amor- formaba parte de mi pasado y ahora tenía que pensar exclusivamente en mí y en mi presente; así que me dije: ¡Carpe diem, muchachote! No pensaba dedicarle ni un minuto más de mi valioso y escaso tiempo a pensar en el futuro. ¿Qué más me daba saber si la meta estaba doblando la calle, cuatro manzanas más abajo o allende los mares? Uhmmm, Río de Janeiro sonaba bien…

Me detengo unos instantes, me alejo de mis recuerdos y, volviendo a lo que está ocurriendo aquí y ahora, sólo puedo decir que ¡no entiendo nada!…Todo es tan raro… ¿Cómo es posible que yo, don Casimiro Bisojo de los Caudales, fundador y propietario de la prestigiosa cadena de ópticas “Veo 2” -que no “Beodos”, como alguno de mis rivales empresariales pretende hacer creer con sus cuñas publicitarias a determinados incautos por mi relación familiar con las reputadísimas “Bodegas Miró”- a mis setenta y ocho años plagados de éxitos de todo tipo, logrados gracias a mi vista de lince, sea incapaz ahora mismo de buscar un nexo de unión entre este grupo de desconocidos que nos encontramos sentados alrededor de una mesa en el salón “Eternity”? El caso es que, como no consigo ver nada claro el tema, he decidido pedir al camarero otra copa de Bourbon “Woodford Reserve”….Y llevo, uff…¡Bueno, qué más da en una noche como la de hoy! Mientras me deleito paladeando tan importante trago aprovecho para seguir con la inspección ocular del entorno. Definitivamente, y visto lo visto, todo doble, me voy a centrar en la preciosidad que está sentada a mi derecha y que, dicho sea de paso, tiene aspecto de ser una auténtica dama…al menos, en la mesa.

-Perdone mi indiscreción, ¿ha venido usted sola, señorita?- he dicho modulando la voz de forma adecuada para llamar la atención de esa belleza que tenía junto a mí y a la que había decidido dar caza cuanto antes porque el tiempo es oro y, más todavía, cuando hay buitres alrededor.

-Sí, sí, caballero– ha contestado tímidamente la joven de ondulado cabello y cautivadora sonrisa.

-Mi nombre es Casimiro y me gustaría invitarla a una copa. Si usted lo desea, por supuesto. No quisiera incomodarla…

-Muchas gracias, Casimiro, pero no me apetece tomar nada. Le confieso que tengo un leve mareo que me está provocando un malestar tal, que si no fuese por lo que es, me levantaría de la mesa y me iría inmediatamente a descansar al camarote.

-Para encontrarse mal, tiene usted una expresión en el rostro que me está enamorando, señorita. Uhmmm, perdóneme, su nombre ha dicho que era…-he continuado procurando acorralar a la mi presa.
-¡Ay qué despiste, Casimiro! Lo siento. Le pido mil disculpas. Mi nombre es Silvina. Silvina Barros del Charcoseco.

La conversación entre nosotros dos ha fluido con una naturalidad tan asombrosa que, animado tanto por las copas ingeridas como por la proximidad física a aquel monumento, he deslizado mi artrítica mano derecha por debajo de la mesa hasta alcanzar su terso muslo izquierdo. Ella en un primer momento me ha rechazado y así me lo ha hecho ver, no sólo dibujando una mueca de desaprobación en su bello y delicado rostro, sino también al propinarme un pellizco de monja en el dorso de mi deformada extremidad que me ha provocado un tremendo hematoma, supongo que propiciado por el Sintrom que tomo desde que me pusieron la válvula aórtica, hace ahora casi una década.

Como no me gusta darme por vencido, amén de que no esté acostumbrado a aceptar una negativa por respuesta- porque don Casimiro Bisojo es mucho don Casimiro- he hecho varias maniobras más de aproximación hasta que he logrado mi objetivo. Y así, mientras mis dedos buscaban refugio en la calidez de Silvina, mi vista se recreaba -hasta verlo absolutamente todo casi caleidoscópicamente- en la exuberante masa pectoral de la rubia desenfadada del corsé negro “pecado mortal” – al que, con arreglo a mi personalísimo gusto, añadiría un bonito encaje de puntilla rojo- que se encontraba sentada a la izquierda de un joven amanerado, de nombre Pedro María  que, disfrazado de arco iris- “hay gustos que matan”, como decía mamá- en determinados momentos me obsequiaba con una lánguida caída de ojos.

No sabría determinar con exactitud el nexo que une a aquellos dos personajes tan dispares aparentemente, pero está claro que irradian complicidad, sobre todo, cuando dan un trago a su copa y  ríen estrepitosamente mientran chismorrean -a saber qué- el uno al oído del otro, demostrando así su nula educación y sus zafias maneras. Sin embargo,  la Miller es otra cosa, al menos,  tiene estilo; aunque, sinceramente, no logro comprender que le pueden aportar aquellos dos patanes a una mujer tan de mundo como ella. En mi mesa han acomodado también a una muchacha con una más que  incipiente barriguita de embarazada- Inés me ha parecido escuchar que se llama-  que me infunde bastante ternura. Calculo que no tendrá más de veinte años y me recuerda muchísimo a mi sobrina Lucila… ¿Quién habrá engañado a esa pobre criatura? he pensado.

-Casimiro, por favor, que nos van a ver y yo soy una señorita bien…Tengo una reputación, ¿sabe usted?- ha dicho Silvina, entre jadeos, cuando he logrado alcanzar mi objetivo tras luchar con las dificultades propias de tan compleja situación. -Casimiro, Casimiro… ohhhh, ohhhh…- ha continuado susurrando.

Cuando he recuperado el conocimiento estaba en una aséptica sala blanca y estaba solo…Bueno, solo no estaba, me rodeaban muchas máquinas llenas de lucecitas que resplandecían casi tanto como el aguamarina de Madame Fée Dubois o las cartas voladoras. Ellas, seres fríos y sin corazón, acabarían convirtiéndose en mis silenciosas y fieles compañeras durante el resto de la travesía en el “Dreams of ¿Love?”

-¡Qué relax tan absoluto! ¿Se referiría a esto mi querido médico de cabecera cuando me recetó un crucero?- me he lamentado.

OLÍA A NOSTALGIA

Posted in Los relatos más relamidos, Navidades de Cuento, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 7 \07\UTC enero \07\UTC 2012 by lindasta07

Disparada desde primera hora de la mañana, aún con el pelo revuelto, plenamente satisfecha, y con ese peculiar olor de Rubén impregnado tanto en las sábanas como en mi cuerpo cincuentón, me recordé a mí misma que los padres de esos jóvenes me pagan por limpiar y por poner cierto orden en la jungla particular de sus vástagos, no por acostarme con ninguno de ellos. Pero la carne es débil… A veces. Afortunadamente, sólo a veces. Sin embargo, la soledad es muy mala… Siempre.

Justo después de que desenredara mis telas de araña aquel Adonis- quizás algo inexperto pero voluntarioso como los había conocido pocos- fue cuando noté cómo el aire viciado de aquel habitáculo me iba asfixiando lentamente. Se imponía una urgente renovación de fluidos. Abrí la ventana de ese dormitorio, como hacía a diario en aquel piso estudiantil pero, en esta ocasión, con una prisa casi ilógica. Necesitaba respirar. ¡Y pensar que, tan sólo media hora antes, no me había molestado en absoluto ese que ahora me parecía tan molesto tufillo a tabaco!…

Aunque el aire frío del exterior tardó menos de un segundo en colarse para invadir el espacio que había entre aquellas cuatro asépticas paredes- voayers de lujo de mi reciente desenfreno-, yo continuaba teniendo una temperatura interior bastante elevada, que aumentó más aún, al sentir su leve y gélido roce sobre mi rostro. Ese simple gesto logró que mi erotismo, rebelde y dispuesto, hiciese el amago de despertarse por enésima vez pero, como no era el momento más adecuado para empezar de nuevo “a hacer puzzles”, y como además mi joven Adonis estaba ya en el baño, cerré la ventana y miré a través del cristal dejándome llevar por la belleza de aquel paisaje.

Me gustó contemplar los campos cubiertos de nieve. Ese tipo de estampa era absolutamente desconocida para mí. Sin embargo, reconozco que me entristeció ver la sequedad de los tallos que tenía justo enfrente de mis ojos y deduje que, una vez más, el frío había sido el asesino del color. Era de suponer que en primavera esas plantas, ahora mustias y feas, estarían preciosas y llenas de vida. ¿Las flores serían rojas, representando el fuego y la pasión,  o serían bancas en honor a la pureza y a la virginidad? ¿ Qué tipo de geranio decoraría cada una de esas jardineras?- Porque estaba segura de que en esos tiestos lucían hermosas “reinas de los balcones” y no otras flores… ¿ Serían “Pelargonium triste”, tal vez, que perfuma sólo por la noche? ¿El dueño de esa casa, alquilada a mis niños por curso universitario, sería hombre o mujer? Uhmmm, por la decoración austera diría que se trata de un hombre, sin embargo ciertos detalles son totalmente femeninos… Así estuve durante un buen rato, haciéndome decenas de preguntas para las que no encontré respuestas y, frente a aquel paisaje nevado y absorta en mis pensamientos- ¡total, ya no tenía prisa!-, dejé que transcurriese el tiempo.

Días atrás había estado melancólica y no sentía ilusión especial por nada. Creo que fue precisamente por esa sensación de vacío por la que me refugié en los brazos de Rubén. Él llevaba  tiempo proponiéndome con insistencia una noche al rojo vivo y a mí me gustaba su físico. Decía que le “ponían” las maduritas y que, como a todo buen universitario, le gustaba aprender y divertirse, y que veía en mí a una estupenda profesora para ambas cosas. Recuerdo que en alguna ocasión también me comentó que, para hablar de amor, ya tenía a su novia Blanca- universitaria como él, de buena familia y muy buena niña, según sus propias palabras-. A mí me gustaba gustarle; reconozco que me halagaba y que me encendían sus pícaras miradas.

Diciembre siempre fue un mes extraño para los que un día nos alejamos de todo lo nuestro, no por gusto precisamente, y aún no sé con exactitud en busca de qué. Se acercaban las Navidades y no sabía si iba a ser capaz de resistir otro año más sin rodearme de los de mi propia sangre… ¡Echaba tanto en falta el calor y el color y, sobre todo, el olor de mi gente!…  Aunque he de reconocer que el de Rubén me recordaba mucho al de “mi papito bello”, como siempre le gustó a mi esposo que le llamara. ¿Él recordaría mi aroma? Probablemente no, porque nunca fue muy detallista para esas cosas. Bueno, ni me fue fiel jamás durante los más de treinta años que estuvimos juntos; así que, ¡cómo para que no mezclase perfumes en un jardín tan variado como había sido el suyo!

-Jenny, tengo un regalito para ti. Te lo mereces. Espero que te guste y que te recuerde a mí. Voy a dejarlo en la mesita de noche y lo abres cuando me vaya, ¿de acuerdo?- Dijo mi joven amante nada más salir de la ducha mientras su cuerpo, desnudo y aún húmedo, se acercaba peligrosamente a mi espalda y sus labios se estrellaban en mi nuca hasta conseguir hacerme perder el sentido.

-No quiero nada material. Hoy te quería a ti y me has dado más de lo que necesitaba, Rubén. De todos modos, gracias.-  Logré decir entre suspiros.

Entre villancicos, muchísima bebida y bastante comida, pasé otra Navidad más deseando que pasasen cuanto antes las horas – mi corazón por esas fechas nunca latía con normalidad- y rodeada de compatriotas en un triste piso compartido, decorado para la ocasión con decenas de luces incapaces de iluminar nuestros apagados interiores. Eso sí, como ocurría cada año, a menudo llorábamos -aparentemente- de risa y todos fingíamos  alegría… yo la primera.

Tras ese breve período vacacional se reanudó mi trabajo en la jungla.  Me apetecía volver a la rutina fundamentalmente porque necesitaba ver a mi apolínea ilusión. Quería darle las gracias por su obsequio, decirle que le hice caso y que lo abrí justo cuando salió por la puerta cargado con sus maletas, y también deseaba que él me dijese cuánto se había acordado de mis besos y de mi cuerpo en esos escasos quince días. Hoy estreno mi único regalo navideño: su perfume. Por supuesto, espero que se dé cuenta.

Al entrar en el piso de mis muchachos he escuchado las voces de Goyo y de Mara -siempre tan linda pero tan chillona-, saliendo del salón, y la de Carlos y  la de Pablo -que parece un tenor y es educadísimo- que provenían de la cocina. Los he saludado y me he encaminado al dormitorio de Rubén cuando una voz, desconocida y extremamente dulce al oído pero amarga y punzante para la razón, ha dicho:

-¿Pichi, cielito, dices que hoy viene a limpiar  la “ vieja pezu esa”? Ainss, no sé si seré capaz de aguantar su presencia ¿eh, Rubén? ¡Te lo advierto!  Escupió Blanca, la universitaria de buena familia y muy buena niña, pero de muy poca educación y de menos corazón.

-Amor, no te preocupes. Si no te gusta cualquier cosa, me lo dices y nos buscamos algo para ti y para mí solitos…Sabes que nada me ata a este piso. Yo sólo quiero estar contigo, Blanca… Sólo contigo.

Y sintiéndome más sola que nunca, he abierto todas las ventanas porque me asfixiaba de nuevo. Necesitaba respirar.

31 Días

Posted in Especial Lamedores, Relato Libre with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 8 \08\UTC octubre \08\UTC 2011 by guttaelo

Un mes, simplemente 31 días bastaron para cambiar mi visión de tantas cosas. En un solo mes mi pensamiento, mi percepción, mi alma, descubrieron un mundo hasta ahora ignorado, el del amor.
Por mi vida han pasado muchas novias, unas estuvieron dos meses, otras un año, la que más duró supongo que fue la que mas me quiso, cuatro largos años de convivencia, años de ilusiones rotas, de decepción y paciencia, de reproches al principio callados, con el tiempo envueltos en lágrimas y por último con rabia. Jamás comprendí sus quejas, por más que intentara entender qué hacía mal y remediarlo, no daba con la fórmula. No me quieres, decía, si me quisieras no serías tan insensible a mi dolor, tu no sabes lo que es querer. Y tenía razón, ahora lo se, el amor no era aquello que yo sentía, no es cariño mezclado con sexo, no es simplemente ir a vivir con una mujer que te gusta y te cae bien, es algo mucho más complejo, algo tan difícil de explicar…
Cuando por fin me dejó sentí alivio, un poco de pena por ella pero aliviado por mi, el último año había sido desastroso, oír sus llantos, ver su desgana en todo, esa falta de energía acompañada de dejadez hacia su persona, ya no era la mujer con la que yo quería convivir y hacer cosas. La dejé ir.
Apenas noté su ausencia, el trabajo, los amigos y mi acostumbrada desidia por las cosas de la casa me llevaban de un día a otro sin sobresalto alguno, quizá alguna noche, al notar su hueco vacío en la cama me hacían mover la cabeza en un gesto de “que grande para mi solo”.
El aburrimiento me llevó a buscar unas vacaciones diferentes, cansado de la rutina agencia de viajes-lugar exótico-cuanto mas lejos mejor, en una revista vi una imagen blanca, un pueblecito en el interior con casas encaladas, flores en los balcones y callejuelas de piedra que parecía anclado en el tiempo.
Llegué un mediodía de intenso calor tan cansado de conducir y tan sudoroso que tras una ducha rápida en la pequeña habitación del hotelito decidí posponer la inspección de tan pintoresco lugar a después de una merecida siesta.
Al anochecer di un paseo admirando aquella quietud y buscando un sitio para cenar. Entonces la vi, una chica morena entradita en carnes para mi gusto, de piel bronceada y mas bien feucha venía hacia a mi sonriendo. Mi instinto hizo que me diera la vuelta esperando que aquella sonrisa espléndida fuese dirigida a otra persona, pero no había nadie tras de mi, tierra trágame, he dado con una loca en busca de ligue. Mientras mi mente urdía estrategias para escabullirme de un posible acoso de la que yo presentía la chica menos agraciada del pueblo, mi cara esbozaba mi mejor sonrisa mecánica, ensayada tantas y tantas veces en mi trabajo de relaciones públicas.
No se como fue, qué dijo, qué pasó, pero cuando me di cuenta habían pasado cuatro horas, cena, sobremesa, paseo, charla y despedida con un “quizá volvamos a coincidir, este pueblo es muy pequeño”.
Aquella noche a solas me limité a un encogimiento de hombros al no encontrar explicación al hecho de haber pasado todo ese tiempo con una desconocida que ni me atraía ni tenía nada en común conmigo.
Dos días mas tarde la vi de lejos, sentada en un banco de la plaza leyendo absorta un libro que por el tamaño debía ser el Quijote. Sin pensar acabé sentado junto a ella manteniendo una charla sobre literatura rusa de la que yo no tenía ni idea ni conocimiento alguno y todo hay que decirlo, interés, pero su voz, sus gestos, sus ojos al mirarme, esa sonrisa dulce y llena de inocencia me cautivaban, hacían en su conjunto una mezcla explosiva para mi, la miraba deseoso de no perder ni un detalle de aquel compendio de cosas que me ponían los pelos de punta.
Día tras día la buscaba en aquellas calles, madrugaba con la esperanza de encontrarla temprano y pasar el mayor tiempo posible a su lado, quería saberlo todo de ella pero me daba miedo asustarla, suponía que si no contaba nada por propia iniciativa le molestaría mi curiosidad, al fin y al cabo ella no se había interesado nunca por mi vida, me parecía descortés hacerlo yo.
Fueron pasando las vacaciones entre paseos tranquilos, debates de todo tipo y anocheceres mágicos, me sentía en una mezcla extraña entre euforia y desasosiego que no podía explicar, mariposas en el estómago cuando la veía, sonrisa estúpida cuando me hablaba, pelo erizado si me rozaba, tristeza al despedirnos cada noche, sueños en los que me abrazaba y besaba con dulzura, urgencia por que llegara el amanecer para oler su pelo, ver sus ojos, deleitarme en su sonrisa.
Se acercaba el fin de mi verano, el desespero se apoderaba de mi, dejaría de verla, estaría lejos y mi vida volvería a estar vacía, a oscuras sin aquella luz que la bañaba teniéndola cerca.
Me estaba obsesionando, eso era, una simple obsesión tonta producto de la mezcla entre aburrimiento, días largos y el deseo inconsciente de compañía en un lugar demasiado tranquilo para mis costumbres. Se me pasaría en cuanto volviese a mi rutina habitual, no cabía duda.
La última noche pasó sin darme apenas cuenta, nervioso y aturdido me despedí de ella con un largo y apasionado beso que me salía del alma y me metí en el coche con urgencia, como si el tiempo apremiara y llegara tarde a alguna cita ineludible. Le había escrito mi número de teléfono en un pequeño papel un rato antes, deseando que me llamara y convencido de que cuando lo hiciera mi cabeza, mis tripas y mi corazón habrían vuelto a su estado natural.
De eso ha pasado mas de un año, un tiempo en el que no he pasado un solo día sin estar pendiente del teléfono, pensando en ella constantemente, soñando con aquél único beso, recreando su voz, buscando un perfume que me haga sentirla cerca, sintiendo las mariposas cada vez que creo verla a lo lejos.
Nunca llamó, intenté encontrarla, volví al pueblo, pregunté por ella en cada rincón, recorrí las mismas calles una y otra vez, nada, nos recordaban pero no sabían nada de ella, “lo siento señor” me decían una y otra vez con cara de pena al ver mi desespero.
Ahora se lo que es el amor, ya se de qué me hablan, por fin comprendo el porqué de los llantos, yo también me sorprendo llorando al recordarla cada noche.
Nunca le dije lo que sentía, perdí el tiempo intentando escapar, tal vez si le hubiese dicho aquél te quiero que ahora repito mil veces al día, tal vez mi vida no estaría llena de dolor, ese dolor que jamás entendí y que ahora se ha convertido en mi mas fiel compañero.