Carreró del Martiri. (Por Tomata)

Me despertó el monótono sonido de las gotas de llúvia que caían tras la ventana de la habitación de la pensión donde me alojé la noche anterior.

Tardé unos segundos en identificar donde me encontraba y al darme cuenta de donde había amanecido me cubrí la cabeza con la sábana. Mi estomago vacío me ayudó a levantarme y tras una ducha con un hilo de agua semi fría, bajé al comedor dispuesta a desayunar fuerte. Me esperaba un día duro y el clima no acompañaba.

La señora de la pensión me sirvió un delicioso café acompañado de tostadas con mantequilla y un zumo de naranja, mientras yo leía la prensa local. Le pregunté si aún existía un bar llamado Seven Seas y me contestó que lo habían cerrado hacía muchos años. Sentí tristeza y añoranza de las horas que pasé allí y de aquellos tiempos tan felices.

Hacía años que no había vuelto a aquel pueblo de la costa catalana donde pasé tantos veranos felices en mi infancia y juventud y fui allí dispuesta a encontrarle.  Buscaba a una amiga con la que nos reencontrábamos cada verano, hasta que yo dejé de ir al pueblo , hacía muchos años. Ella vivía a 300 Kms de mi ciudad y mantuvimos el contacto esporadicamente carteandonos, con llamadas, y posteriormente con mails. Hasta que enmudeció por completo en noviembre del pasado año.

Era enero y hacía mucho frío. El pueblo parecía fantasma sin los turistas abarrotando las calles, las terrazas de los bares y la playa. Siempre me había gustado estar allí en invierno, parecía como si todos mis rincones preferidos , estuviesen solo para mi. La romántica postal de la lluvia sobre el mar y el estupendo desayuno, ayudaron a que mi estado de ánimo mejorase y decidí dar un paseo por la majestuosa muralla en lo alto del monte sobre el mar.

Cuando llegué al faro, me senté sobre la piedra donde solía hacerlo y bajo la lluvia, me fumé un porro extasiante, que iba apagándose a causa del chiri miri que me hacía cosquillas en la cara.

Pensé en tomarme mi tiempo, disfrutar de unos días de reflexión e intentar averiguar si Marina, mi amiga, había hecho realidad su sueño de irse a vivir allí.

La sensación de estar en casa me reconfortó. El porro me había dejado en tal estado de relax que perdí la noción del tiempo, hasta que una voz me sobresaltó.

-Vas a pillar un resfriado tan mojada

Me giré sorprendida. Tras de mi percibí una persona cubierta con un chubasquero y le contesté que estaba pensando en marcharme a tomar un café caliente y que gracias por su interés. Era una mujer de unos 60 años y con cara de buena persona. Ante mi sorpresa se sentó a mi lado y me dijo.

-No te acuerdas de mi ¿verdad?

-Pues la verdad es que ahora mismo…

-Yo te conozco desde que aprendiste a andar y a nadar. Nunca querías meterte en el agua porque decías que estaba demasiado fría y una vez en ella no querías salir-me dijo con una bella sonrisa.

-Perdone – le respondí – Así a primera vista no caigo.

-Te he visto pasar por delante del café de la playa y te he reconocido por tu manera de andar que no ha cambiado en absoluto a pesar de los años y por detenerte justo en el lugar donde solías quedar con Marina. Soy su madre.

Me quedé impactada.

-¡Qué casualidad!- le dije-Estoy buscándola a ella ¿Está aquí?

Su sonrisa se borró de inmediato y con la cabeza baja y un hilo de voz me contestó.

-Ya no. Marina vivía aquí desde hace dos años hasta que desapareció el pasado noviembre.

-Pero ¿dónde está?

-Nadie lo sabe, nadie tiene noticias de ella. Si quieres, te invito a comer y te lo cuento todo.

Bajamos la cuesta de la muralla en silencio y yo no me atrevía a preguntar nada, a pesar de que la impaciencia me quemaba. Nos metimos por las callejuelas del casco antiguo, hasta que llegamos a un callejón estrecho y largo que yo ni siquiera recordaba. Se llamaba Carreró del Martiri. Me invitó a pasar y nos dirigimos a la cocina donde había la chimenea encendida y una olla de caldo hirviendo a fuego lento. Me preparó una taza de café y se sentó delante mio. Cogió aire antes de pronunciar la primera palabra.

-Me trasladé a vivir aquí cuando supe que Marina había desaparecido. Esta es su casa. Se instaló aquí tras encontrar un trabajo en la recepción de un hotel y se vino sola tras dejar precipitadamente la relación con Xavi, su último novio. Casi nunca me llamaba, siempre era yo la que contactaba con ella y me contaba que estaba bien, que le gustaba su trabajo y que era muy feliz a pesar de que algunas veces se sentía muy sola. Hace 6 meses me contó que estaba muy contenta porqué había conocido una persona muy especial que estaba viviendo con ella, en esta misma casa. Pero yo no he visto ningún armario con ropa que no sea de Marina, ni ningún objeto perteneciente a otra persona. Solo están las cosas de ella. Y por lo que veo, se marchó con lo puesto. Y eso me hace sufrir más. Nadie sabe nada de ella, ni en el hotel ni en los sitios que solía frecuentar.

Sus ojos humedecieron y le cogí la mano.

-Creo que debemos buscarla y sé por donde empezar. Cuando eramos jóvenes, íbamos a una caseta de madera en medio del bosque. Era nuestro secreto. Por aquel entonces estaba abandonada y allí guardábamos nuestras piedras y caracolas. Podríamos ir a echar un vistazo después de comer.

Así lo hicimos. Para acceder a la caseta había que cruzar la playa de punta a punta y atravesar un tramo de rocas bastante peligroso o andando unos 40 minutos por caminos del bosque poco definidos, de los que me acordaba perfectamente. Decidimos ir por el bosque ya que, a pesar de ser el recorrido más largo,era el menos peligroso

Al llegar al sitio vimos la caseta, que seguía allí, intacta a pesar de un notable deterioro. Entramos por la puerta que estaba abierta y dentro vimos que había enseres personales y señales de que alguien había estado ahí. Decidimos quedarnos lo máximo posible por si venía alguien y mientras empezamos a buscar más pistas.

Encontré nuestra caja de piedras y caracolas y nuestro diario común. Busqué la última página escrita y cuya fecha era ayer mismo, con la letra de Marina adulta. Leí en voz alta:

-Desde que he decidido retirarme de la vida mundana e instalarme aquí, mi verdadera casa, mi alma ha alcanzado un grado de paz total. No quiero volver al mundo real nunca más y aquí me quedaré para siempre. Cada día pienso en mi madre, que debe estar sufriendo y me siento culpable, pero me aterroriza tener que bajar al pueblo para telefonearla. He sufrido mucho y no quiero reencontrarme con las cosas que me recuerdan lo que me partió el alma y la dejó en un estado irrecuperable. Sé que tarde o temprano tendré que enfrentarme a ello, pero también sé que si vuelvo al pueblo, me quedaré allí de nuevo.

La madre de Marina me dió un abrazo tan fuerte que casi me rompe y las dos nos pusimos a reír de alegría. Por supuesto decidimos quedarnos allí hasta que regresara y seguí leyendo su diario:

-He decidido que ya no quiero estar más aqui ni en ningún sitio. Hoy iré al faro, caminando desde aqui por la playa y cuando llegue a su luz, la mía se apagará para siempre.

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18 comentarios to “Carreró del Martiri. (Por Tomata)”

  1. Tomatika, si que está publicado, no puedo leerlo ahora, voy como ya sabeis …a contrareloj…pero..tranquila está publicado..y prometo leerlo luego.
    Gracias por tu colaboración…Estoy loca por leerte.
    Petonets

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