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Los ojos de la libertad

Posted in Especial Lamedores, Relato Libre Rhay with tags , , , , , , , , , , , on Martes, 27 \27\UTC marzo \27\UTC 2012 by Rhay

La mañana de aquel jueves 19 de marzo amaneció plúmbea como las piezas de artillería que acechaban desde el otro lado de la bahía. La intensa lluvia y el fuerte viento de lebeche invitaban a quedarse en casa, pero el día era muy especial como para hacer tal cosa. La ciudad de Cádiz se preparaba para rendir homenaje al santo padre putativo de Nuestro Señor Jesucristo, el justo San José, patrón, por dogma de la Santa Madre Iglesia, de todos los padres del mundo.

Pepín, el hijo del posadero de la calle del Sacramento, se disponía a salir destino a la plaza de san Antonio, como todos los días, para intentar hacerse con todo el contrabando que permitía el asedio del que eran víctimas desde hacía ya años por parte del francés, pero que no pudo controlar los cañaverales de Santi Petri ni los lodazales de Chiclana. Además, como Cádiz tenía mar por ambos lados de la ciudad, y la Real Isla de León era la sede del gobierno de las Españas, lo que dotaba a la zona de especial vigilancia, permitía cierta libertad para entrar y salir sin ser vistos. Ello propiciaba que muchos gaditanos salieran con sus pequeñas barcas a los caladeros de Gibraltar y así poder traer a la ciudad un marisco y un pescado que suplían la falta de carne y de legumbres que por tierra no podían entrar.

Pero hoy era un día especial. Le habían hecho salir ante, suponía, para que a su madre le diera tiempo a hornear un bizcocho de santo que tanto le gustaba, y que nunca le había faltado ese día. Sonrió mientras pensaba en lo delicioso de aquel bizcocho mojado en un buen chocolate, sin reparar en la cantidad de hombres de letras con los que se iba cruzando camino de la plaza de san Antonio. Al llegar a la entrada de la plaza por la calle de la Torre advirtió que el revuelo de aquel día era mucho mayor que de costumbre. “¿Qué habrá pasado?” se preguntó. “¿Habrá acabado el asedio? ¿Habrán acabado con el francés?” se seguía preguntando mientras se acercaba a sus contactos. Aunque contaba con pocos años de edad, ya estaba advertido de la maldad de los poderes sobre los pueblos, y de cómo el pueblo es un simple peón en este ajedrez que es la política internacional, y por tanto prescindible en cualquier momento. Así que no hacía demasiado caso de tanto distinguido señor por la ciudad, ni siquiera cuando se organizaban las tertulias en el comedor de la posada a las que asiduamente asistía su padre, por no hacerle un feo a su buen amigo Dionisio Capaz, un marino de El Puerto de Santa María, y habitual en la partida de cartas del domingo por la tarde. Si se quedaba a escuchar, era por la gracia que le producían los distintos acentos que tenían esos señores tan bien vestidos venidos no sólo de muchos puntos de las Españas, sino de las islas e incluso de Ultramar. Le hacía especial gracia el acento de cierto diputado con un apellido bastante extraño que no dejaba de vender las bondades de la isla de Puerto Rico a todo aquel que lo quisiera escuchar, y que atendía al nombre de don Ramón Power. Pepín no entendía cómo un hombre tan blanco de piel pudiera tener un acento tan rematadamente extraño…

Pero a Pepín donde realmente le gustaba asistir era a las tertulias de doña Frasquita Larrea en la misma plaza de san Antonio, y aprovechaba que cada día lo enviaran allá para quedarse a escuchar las historias que leía doña Larrea de poetas de otros tiempos, como Quevedo o Góngora. Cuánta gracia le hacía la forma en la que ese tal Quevedo hacía befa de las napias de su enemigo… El caso es que, al menos, doña Larrea no empleaba todo el tiempo en hablar de lo mal que iba todo, y lo mucho que había que hacer, eso sí, sin moverse de delante del chato de vino en la mesa de la taberna…

“¿Qué pasará?” se seguía preguntando al no encontrar a sus contactos habituales entre el tumulto excitado. De repente, alguien gritó “¡Viva Cádiz!” y otro le contestó “¡Viva La Pepa!”. “¡Viva!” gritaron las masas entusiasmadas. Pepín pensó que aquello debía ser un lindo homenaje a alguna jovencita que celebrara su onomástica y sonrió levemente. Al no encontrar a sus proveedores, decidió acercarse a la tertulia de doña Larrea, pero hoy tampoco la encontró en su lugar habitual. Alguien le dijo que había ido a la Iglesia del Carmen por algún motivo. Decidió acercarse, muerto por la curiosidad, a ver qué pasaba y por qué doña Frasquita se había ausentado de su labor diaria, y en el camino, las campanas de las iglesias comenzaron a tañer al unísono, mientras las gentes por las calles se abrazaban y se felicitaban. Pepín no entendía nada de lo que ocurría, pero por un momento sintió una sensación de alivio en su interior, como si la presión provocada por el asedio del francés hubiera desaparecido por un instante, y su alma podía ser libre, al menos, durante unos segundos. Una mano en su hombro lo sacó de su estado absorto. Era su padre, que con una expresión de alegría le dijo. “Felicidades, Pepín. Ya está. Ya la tenemos. ¡La tenemos!”. “¿De qué me habla usted, padre?”, preguntó Pepín algo aturdido. “¡De qué va a ser! ¿Es que tú no atiendes en las tertulias? ¿De qué hemos estado hablando los últimos meses, hijo? ¡La Constitución! ¡Ha sido proclamada la Constitución!”. Pepín se encogió de hombros, no entendía muy bien qué había cambiado, y su padre le arreó un capón por mirarlo con condescendencia. Juntos, volvieron a la posada para preparar un ágape especial a los señores diputados que, a buen seguro, vendrían con buenas hambres después del trabajo hecho.

Pepín no reparó en el entusiasmo de su padre aquel día hasta muchos años después cuando, tras ser nombrado catedrático decano de la Facultad de Derecho en la Universidad de Salamanca, formara parte de las Cortes de la Primera República Española. Sólo en aquellos momentos recordó el brillo en los ojos de su padre, un posadero de la ilustre ciudad de Cádiz, un día de san José de 1812.

El Seis de Espadas

Posted in Especial Lamedores with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 20 \20\UTC febrero \20\UTC 2012 by Rhay

Don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, no podía creer que le hubieran sentado en una mesa tan lejana de la del capitán. “¿Qué se habrán creído?”, murmuraba mientras encendía un pitillo Gitanes rubio. “¿Es que ya no se respetan ni las clases?”, pensaba mientras miraba a los comensales que tenía alrededor. Sólo dos señoras le parecían dignas de sentarse en su misma mesa, Marguerite Miller, una conocidísima cantante de ópera a la que el destino le había hecho la peor de las jugadas dejándola viuda y sola de un solo volantazo, y la mujer que tenía en frente, que parecía sentirse igual de pulpo dentro de un garaje que él. El resto de personas que había a su alrededor le producían cierta sensación de desprecio a la par que indiferencia. Excepto cuando entró madame Dubois. Ella le parecía una señora de la antigua aristocracia que sabía muy bien cómo comportarse en según qué situaciones. Madame Dubois se sentó al lado de la joven que parecía no saber muy bien dónde se encontraba, y comenzó a charlar animadamente con todos los comensales. Don Pedro observó que mientras la bruja hablaba, la gran mayoría de las personas no le hacían demasiado caso. Se dio cuenta de que la niña bien que estaba sentada a su lado no dejaba de babosear a un anciano quejumbroso mientras éste le miraba libidinoso el escote. “Zorra…” pensó. “Seguro que es una buscona. O peor aún, una viuda negra…” No podía entender por qué ese tipo de personas habían sido invitadas a su mesa.

En el momento en que se decidía a levantarse de la mesa para expresar su más enérgica protesta al capitán por semejante afrenta, y siendo consciente de que ni Marguerite Miller ni la hermosa joven que emanaba tristeza en su mirada podían continuar rodeadas de tal caterva, madame Dubois solicitó la atención de todos los comensales. Encendió un segundo Gitanes mientras escuchaba a la pitonisa hablar, el cual resbaló hasta la moqueta cuando el mazo de cartas comenzó a moverse solo. Pedro no podía contener ni la respiración al ver que las cartas, por sí mismas, habían ido cayendo una tras otra delante de cada comensal. No podía apartar la mirada de la carta que había caído delante de él, pero que todavía no había desvelado su significado. En un instante, levantó levemente la cabeza y observó que el rictus de los demás comensales debía ser parecido al suyo: caras que expresaban una mezcla de sorpresa, miedo y un grito de horror contenido se podían leer en cada una de aquellas personas, excepto en madame Dubois, que se había transmutado en una bestia de la naturaleza, en una diosa llena de una energía que canalizaba desde algún lugar indefinido hasta aquella mesa. De repente, las campanadas de medianoche, pero para esa mesa era como si el tiempo se hubiera detenido. Todo a su alrededor era extraño, sólo aquella mesa contaba. La carta, por fin, se dio la vuelta, y con esto un torbellino de sensaciones brotó desde su interior como una catarata. La carta era el Seis de Espadas, y en ella se veía a un hombre subido a una barca, de noche, huyendo hacia lugares inciertos. A Pedro se le saltaron las lágrimas. “No puede ser”, pensó. “¿Cómo es posible?” se martilleaba la cabeza mirando la carta y comprendiendo que madame Dubois había dado en el clavo. “La huida…”, pensó. Y es que don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, huía de su casa para no volver jamás. Huía de aquel ambiente rancio de capital de provincia que le constreñía y le ahogaba, y que era demasiado denso para un carácter tan fino como el suyo. Y huía de la gente, de la lengua envenenada del pueblo llano, turba informe, vulgo repugnante que profería chismes contra él aprovechando su extrema sensibilidad, su elegancia suma… y su gusto por los jornaleros y los obreros jóvenes. Pero sobre todo, huía de la casa de su infancia, llena de recuerdos en sepia, de servicio tan apolillado como las ropas guardadas durante siglos, y de una futura esposa concertada, fea como un pecado, contrahecha y pusilánime, que su madre le tenía preparada para acallar a las huestes de cotillas y porteras que tenía por amigas.

Mientras la orquesta tocaba “Auld Lang Syne”, Pedro se levantó de la silla que apenas le sostenía y, tras advertir que madame Dubois le miraba con una media sonrisa dibujada en la cara, se precipitó al bar en busca de un buen trago que le mitigara la angustia de la que era presa. Estaba seguro de que un buen copazo de Bombay Sapphire le quitaría las penas, y le permitiría volver a pensar con claridad sobre lo ocurrido. Pero el dibujo de la carta no desaparecía de su mente. Una y otra vez se le venía a la cabeza la imagen del barquero dirigiéndose a ninguna parte en mitad de la noche, como si realmente tuviera algo que esconder. Y es que tenía tanto que esconder…

Al mirarse al espejo del bar, advirtió que estaba sudando en demasía, y que un mechón de cabello se había salido rebelde de su peinado engominado. Pensó que una persona de su clase social no debía mostrar esa facha, y mucho menos ante un público tan prosaico como el que le acompañaba. Procedió a acabarse su copa, y encendiendo otro cigarrillo, junto con el mejor de los estilos que había heredado de su noble familia, decidió salir del salón para adecentarse un poco. Quizás un cambio de traje, algo un poco más “discreto” sería mejor, habida cuenta de que dudaba que alguien conociera las reglas de etiqueta en ese trasatlántico plagado de turistas. Al entrar en su camarote de primera clase, una náusea le obligó a ir al baño. Cuando se alzó, el espejo le devolvió una mueca de cobardía. Era la mueca de alguien que había decidido dejarlo todo por miedo a la habladuría del pueblo, la mueca de alguien que había preferido poner un océano de por medio antes que tener la valentía de afrontar que se había enamorado de un jornalero, y por encima de todo, la mueca de alguien que había consentido abandonar a su amado a su merced mientras él se ponía a buen recaudo. Pedro sabía perfectamente que su madre, la duquesa, enterada de su affaire con el jornalero, no descansaría hasta que éste tuviera que emigrar, y en lugar de quedarse a su lado, lo abandonó a su suerte. “Río me hará olvidar”, se justificó, pero el sentimiento de culpa era demasiado grande como para poder obviarlo.

Ducha rápida, retoque del peinado ante el espejo acusador, y nuevo traje, un esmoquin con chaqueta de color negro. Creyó que ya había dado bastante el cante usando una chaqueta de cena granate, hoy en desuso según las más selectas casas de protocolo, pero que dotaba de un distinguido abolengo a las clases de más alta cuna. Y es que el granate es color de reyes y nobles, no hay que olvidarlo. Una vez recompuesto, salió de su camarote, pues consideraba un gesto de mal gusto abandonar la cena de aquella manera. Al entrar en el gran salón, se fue directo al bar, donde ordenó otro Bombay Sapphire con hielo y una rodaja de lima, y encendió otro Gitanes rubio para así dotarse de un aire, si cabe aún más, aristocrático. Desde la barra, observó que madame Dubois le miraba desde su mesa, con ese impertérrito gesto de media sonrisa en la cara, mientras todos los comensales desarrollaban la escena tal y como ella la tenía planeada. Necesitaba hablar con ella, pedirle información, consejo, preguntarle cómo había hecho el truco de las cartas, porque estaba convencido de que aquello había sido un truco de prestidigitación, pero la turba medio festiva y medio ebria le impedía acercarse para mantener una conversación seria. Además, su intimidad era demasiado valiosa como para escamparla de aquella manera. En cualquier caso, necesitaba hablar, y debía ser con alguien que fuera mínimamente coherente. Eso no podía hacerlo con el tipo con cara de mafioso que lo miraba desde el otro lado de la barra como si de un bar de pueblo se tratase, ni con el viejo verde que se dedicaba a babosear jovencitas, y mucho menos con la zorrita bien caza fortunas que le miraba como si tuviera escrita la palabra “polla” en la frente. Con esta ralea no. Se fijó entonces en la joven de cara triste que permanecía sentada al lado de madame Dubois. Pensó que quizás con ella podría mantener una conversación distinguida sin necesidad de profundizar en nada. Pero cuando se dirigía hacia la mesa, se vio envuelto en el jaleo de la zorrita y el baboso, al que parecía que le había dado un ataque. Ella, muy suya, en lugar de pedir un médico, pedía a gritos que viniera el capitán, con la aviesa intención –supuso- de que la casara in articulo mortis. “Zorra buscavidas”, volvió a pensar Pedro. Como su obligación de caballero le impedía pasar de largo, se inmiscuyó levemente. Con gesto altivo, se acercó desde la espalda de ella, y viendo que aquel pobre infeliz estaba a punto de dar su último hálito, se dio la vuelta y pidió que viniera un médico. La cara de la putita era un verdadero poema. Los ojos, tintados en sangre, fueron suficientes como para que Pedro continuara con su camino. “Los asuntos del vulgo son cosa del vulgo”, pensó.

En la mesa permanecían sentadas madame Dubois, Marguerite Miller, y la joven de mirada triste. Pedro se sentó en su sitio, alzando su copa de ginebra dijo “Feliz Año Nuevo, señoras”, y encendió un enésimo cigarrillo. “Fuma usted demasiado”, le dijo la joven. “Es verdad, pero no puedo evitar este vicio”, replicó él. “Mi marid… Bueno… mi ex marido también fuma mucho”. La mirada de la joven se humedeció por un momento. Su semblante era tan frágil, que Pedro tenía la sensación de romperla si le hablaba demasiado alto. En cualquier caso era mejor compañía que la turba ociosa que tras él vaciaba el bar. “El tabaco es una condena, señora…” “Lucía, llámeme usted Lucía”, respondió ella. “Encantado de conocerla”, replicó Pedro mientras se levantaba a besarle la mano. Lucía se ruborizó al ver la elegancia con la que la dispensaba aquel caballero tan fino. Pedro se sintió reconfortado por primera vez en aquel viaje. Al fin había conectado con alguien que no fuera de otro planeta. Llamó al camarero y ordenó una botella de Dom Perignon Vintage de 1952  y cuatro copas. Madame Dubois se excusó y dio las buenas noches a todos, retirándose hacia la salida del salón sin perder el gesto de media sonrisa en la cara. Ambas damas quisieron declinar la oferta, pero Pedro sabía ser muy convincente cuando la situación lo requería. Marguerite Miller sacó de su bombonera dorada un pequeño relicario que puso encima de la mesa. Suspiró y dijo “Feliz Año Nuevo, amor mío”, al tiempo que tomaba un sorbo de tan delicioso caldo. Lucía no sabía muy bien cómo tomar la copa, y miraba de reojo a Marguerite para imitar sus gestos. Pedro sonrió puerilmente al ver tanta ingenuidad inocente en su cara. Aquella mujer le inspiraba la misma ternura que otrora hubiera sentido por su jornalero. Su jornalero… Sólo recordar lo que había hecho le llenaba de amargura. Ni siquiera el sutil sabor del champán y la incipiente embriaguez de la ginebra le apartaban de ese cáliz. “Río me hará olvidar”, volvió a pensar, en un gesto de autoengaño que ni él mismo se creía. Pedro se quedó absorto mirando las finas burbujas del champán, hasta que advirtió que las dos damas le miraban furtivamente. Esto le hizo sentirse nuevamente incómodo y volvió a adoptar ese gesto altivo que resultaba ciertamente irritante, pues lo mezclaba con un sutil amaneramiento que le daba un ademán algo cómico, pero cargado de mala uva. Excusándose, se levantó de la mesa y salió a la cubierta.

La noche era clara, bastante fresca, pero la capa española que le cubría era suficiente resguardo contra aquella temperatura. Una luna llena le acompañaba desde la distancia, mientras trataba de mitigar los ruidos que provenían del salón. Marguerite Miller salió tras él, y se sentó detrás suyo, copa en mano, mientras tarareaba la escena de la locura de Lucia di Lammermoor, casi en sotto voce, absorta en su propio pensamiento. Lucía salía del salón cuando Pedro se dio la vuelta para atender tan dulce canto. Los tres se miraron nuevamente, y soltaron una carcajada. Estaba claro que ninguno de los tres tenía el cuerpo para fiestas en aquel momento. Decidieron seguir la fiesta por su cuenta en la cubierta del barco. Al fin y al cabo, estaban más cómodos en compañía de la Luna que inmersos en un estruendo de gentes ebrias, orquestas machaconas y percances típicos del fin de año. Marguerite rompió el hielo. “Nunca pensé que sería tan duro”, dijo mientras perdía la mirada en el horizonte negro. “Yo tampoco”, respondió Lucía, uniéndose a esa contemplación. Pedro miraba con atención la escena, como si fuera ajeno a lo que estaba pasando allí. “Un día te levantas rodeada de tu familia, y al día siguientes estás sola en el mundo. Es irónico, ¿no cree usted?”, continuó Marguerite. Pedro no sabía qué contestar. Al fin y al cabo, él no había perdido a nadie, más bien había dejado a alguien a su suerte. “Yo no tengo a nadie a quien añorar”, espetó entonces. “¿Está usted seguro?” preguntó Lucía. “Veo que es usted muy joven. Seguro que tiene una familia que le espera. Quizás una esposa…” “Le digo que yo no tengo a nadie a quien añorar. Todo lo que quería quedó tan lejos, que es imposible recuperarlo”, interrumpió Pedro, con un semblante molesto ante esa intromisión en su intimidad. Un silencio cortante se apoderó de aquellas tres almas a la deriva. Pedro se disculpó por su salida de tono. “Siento mucho lo ocurrido, solicito me disculpe. No estoy acostumbrado a hablar de mi vida privada con desconocidos”. Se justificó. “Muchas veces es mejor confiar en la bondad de los desconocidos, ya lo dijo Tennessee Williams”, le dijo Marguerite con una sonrisa cómplice. Pedro comprendió que estaba entre amigos, lo que le permitió soltar un poco el corsé de las formas, y ser algo más coloquial, devolviendo la sonrisa de complicidad. “¿Un poco más de champán?” preguntó Pedro. “¡Uy, no! Yo no estoy acostumbrada, ¡y me puedo desmadrar más de la cuenta!” sonrió Lucía. Todos rieron. Por un momento, Pedro sintió que la pesada carga que suponía su culpa desaparecía levemente. Pero la Luna le volvió a recordar su cobardía, y con ella la carga volvió a ahogarle un poquito más.

“¿Va usted a Río de vacaciones?”, preguntó Lucía. “Podría decirse que sí”, contestó Pedro. “La verdad es que estoy pensando seriamente en trasladarme a vivir allí”. Prosiguió. “Yo no podría vivir en un lugar tan lejos de los míos…”, comentó Marguerite, al tiempo que se daba cuenta de la incongruencia de su aseveración. “Bueno,”-continuó-“ahora mismo podría vivir en cualquier lugar. Nadie me espera”. El semblante de Marguerite se tornó sombrío, como gélido. “Supe lo del accidente por la prensa. Mis condolencias”, se apresuró a decir Pedro. “La vida tiene estas cosas. Un día estás rodeada de tus seres queridos, y al día siguiente estás viajando en un crucero rodeada de desconocidos que aguantan tus penas”. Acertó a decir Marguerite. “Es la vida en estado puro”, comentó Lucía. “Jamás pensé que podría acabar divorciándome, y en cambio aquí estoy”. Continuó. “¿Y cuál es su historia?” dijo dirigiéndose a Pedro. “Ya se lo he dicho, estoy pensando en trasladarme a vivir a Río. El sol, la temperatura… Estoy un poco harto del frío de la Meseta castellana…” divagaba Pedro. “Nadie se va tan lejos por el simple hecho de cambiar de clima”, comentó Marguerite. “Además,”-añadió Lucía-“si lo que quería era un buen tiempo, con irse a las Canarias, asunto arreglado”. Pedro volvía a sentirse incómodo con esa situación. Sabía perfectamente que no podía explicar los motivos reales de su viaje sin que la sombra de la decepción cayera sobre él. Había hecho algo horrible, y no había justificación para ello. “Bueno… yo… es que…” balbuceaba mientras creía entrever en las miradas de sus compañeras de confidencias una sombra de reproche. “No hace falta que diga usted nada”, le interrumpió Marguerite. “Está claro que tiene sus motivos, y deben ser lo suficientemente poderosos como para dejarlo todo atrás. Sólo le diré, si me lo permite, que hay veces que merece la pena darse un buen golpe contra el suelo, pero sentir el calor de alguien que te ama cerca de ti, que no haber sentido jamás ese fuego en el cuerpo”. Prosiguió. “¡Amén!”, soltó Lucía mientras brindaba a la Luna. Pedro no podía entender cómo aquellas dos desconocidas le habían calado tan rápidamente. Acaso era evidente que huía. Quizás todo el barco sabía que había hecho lo que había hecho… Su mente comenzó a divagar imaginando situaciones que para él habían sido especialmente comunes: gente cuchicheando a su paso, personas señalándole con el dedo, risitas nerviosas en su presencia… Su gesto se tornó torvo, y quiso escapar de allí también. Pero de un barco es difícil escapar. Haciendo uso de su irritante altivez una vez más, decidió que esa conversación había ido demasiado lejos. No quería seguir oyendo a esas personas sentando cátedra sobre el amor y las relaciones personales. ¿Qué sabrían una viuda y una divorciada sobre el amor? Estaba claro que habían fracasado. Pero en su fuero interno sabía que al menos ellas lo habían intentado. Habían jugado, y habían perdido. Pero habían jugado, que era lo importante.

Su camarote seguía siendo aquel espacio reducido en donde poder autocompadecerse sin que nadie le molestara, así que decidió retirarse a sus aposentos para acabar la noche con un final menos denso. Llamó a su mayordomo y le pidió una botella de Sapphire, una cubitera, un par de limas y otra cajetilla de Gitanes. Quería emborracharse, para así perder la noción de la realidad que lo aplastaba como una apisonadora. A los pocos minutos, llamaron a la puerta. Cuando Pedro abrió, descubrió a un mozo de unos dieciocho años, vestido elegantemente, que le traía lo que había pedido. En ese momento le interesó más lo que había tras el pantalón del mozo que la propia bebida, así que decidió invitarle a pasar. Quiso invitarle a una copa, pero el mozo declinó la oferta aduciendo que era norma de la compañía no hacer este tipo de concesiones. Pedro insistió, y el mozo volvió a declinar el ofrecimiento. Esta segunda negativa le hizo montar en cólera, y abalanzarse sobre el muchacho, que a duras penas era capaz de quitarse de encima a aquella bestia hambrienta de efebo en la que se había convertido aquel señor que antes había sido tan correcto. Las manos de Pedro entraron violentamente en la ropa del muchacho, que se resistía revolcándose por el suelo, y desgarraron la botonadura de la camisa. Como si de un torbellino se tratara, le arrancó el botón del pantalón y le bajó la bragueta hasta dejar al descubierto un sugerente slip de color blanco que escondía un generoso paquete. Su ansia no tenía fin, y ahora iba a cobrarse su presa. De un plumazo, bajó el calzoncillo, dejando el sexo de un muchacho casi púber al aire. Sus manos sobaban a aquel muchacho, tratándolo como un pedazo de carne a su servicio, hasta que al incorporarse, se fijó en su cara. El mozo le miraba asustado, con los ojos enrojecidos por las lágrimas que ya se disponían a brotar como dos fuentes, y permanecía inmóvil ante la impotencia de no poder zafarse de tal monstruo. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó a sí mismo horrorizado. Por un momento, su cara se reflejó en el espejo del baño, y nuevamente el rostro que veía le culpaba desde la dimensión paralela. Lentamente, se levantó del suelo, ayudó al muchacho a incorporarse y le pidió disculpas por lo ocurrido. Tomó su cartera, con el objetivo de firmarle un cheque con una generosa cantidad como compensación, y al girarse para dárselo, el muchacho le propinó tal patada en la entrepierna que lo tiró al suelo. “¡No significa no, hijo de puta!”, le gritó mientras salía del camarote. “Me lo tengo merecido”, pensó. El dolor punzante que sentía en sus testículos le reconfortaba de una forma extraña, pues por un momento estuvo a punto de cometer una locura que no se podría perdonar, así que decidió quedarse en el suelo en posición fetal durante un rato como penitencia por lo que había estado a punto de hacer. Por supuesto, el cheque sería entregado al mozo al día siguiente junto con una carta formal de disculpa. Un caballero no hace esas cosas, ni siquiera en la intimidad de su alcoba.

Ya había dado buena cuenta de la mitad de la botella, y aún así no dejaba de pensar en su jornalero. La culpa lo perseguiría hasta el fin del mundo, y ni Río, ni un ejército de mulatos superdotados podrían acabar con ella. Sólo había dos soluciones, y estaba claro que para llevar a cabo la primera no tendría mucha valentía. Estimaba su vida demasiado como para llegar a ese límite. Tendría que ser entonces la segunda opción. Sentía que su vida era una cáscara de nuez en medio de un océano, sin gobierno ni control, a merced de las corrientes. Y eso le molestaba sobremanera. Entonces, alguien tocó la puerta del camarote. Al abrir, se encontró con madame Dubois. Pedro sintió como si la embriaguez desapareciera de golpe. “¿Q-Qué quiere?” acertó a decir. Madame Dubois alzó la mano y le entregó un naipe. Era el seis de espadas. Un escalofrío recorrió la espalda de Pedro mientras en la cara de la pitonisa se volvía a dibujar esa machacona media sonrisa. “Sí, ya sé que estoy huyendo, ¡y qué!” pensaba Pedro ensimismado. “Este arcano no sólo representa la huída, mon chér… También representa al héroe que se convierte en un abismo de desesperación y desánimo. Representa la necesidad de enfrentarse con todo poder absoluto que nos ahoga. Pero tú ya sabes eso, ¿verdad?”, comenzó a decirle madame Dubois. “Pero, ¿cómo?”, gimió un Pedro totalmente perdido en la penumbra de aquel habitáculo. “Tú sabes bien cómo. ¿Por qué, si no, te corroe la culpa?” sentenció la bruja. Ante la mirada atónita de Pedro, ésta dio media vuelta y desapareció por el pasillo. Nuevamente, solo en la penumbra de su camarote, don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, se sentía más pequeño y miserable que nunca, y acurrucado sobre sus rodillas, comenzó a llorar amargamente mientras en su mente se volvía a dibujar la figura de su jornalero. Sabía lo que tenía que hacer, y cómo debía hacerlo. Y esta vez, lo haría costara lo que costara.

“Urge comunicación con Sebastián. Stop. Si no se produce, haré público todo. Stop. Saludos, Pedro. Stop”. Con estas palabras, pretendía hacer un pequeño chantaje a su madre para que permitiera la comunicación con su jornalero. Sabía que habría sido mucho más fácil hablar por teléfono, pero no tenía ganas de escuchar la adusta y solemne voz de su madre exhortándole a volver y cumplir con sus obligaciones, mientras la pusilánime cara de besugo que le había buscado de novia gorjeaba detrás, así que le pareció mejor idea enviar un telegrama, cosa que además daba cierto aire tragicómico al asunto. Mientras esperaba la respuesta, se dispuso a tomar el sol en la cubierta norte, en un lugar estratégico donde podía observar a los muchachos que se bañaban en la piscina y recrearse con todo un bufet de paquetes sin levantar demasiadas sospechas. Un par de horas más tarde, alguien le fue a avisar de que tenía una comunicación. Al otro lado del teléfono sonaba la voz machacona de la señora duquesa, que uno tras otro le profería todos los reproches de la a a la z. “Quiero hablar con Sebastián, por favor”, interrumpió Pedro. La voz de su madre continuó reprochando sin hacer el menor caso, hasta que Pedro volvió a interrumpir el sermón dando en donde más dolía. “Bien,”-espetó-“si esto es lo que quieres, en unos días vuelvo y lo hago público todo. Chao”. La voz machacona al otro lado del teléfono se tornó casi suplicante, y viendo que no había manera de hacerle cambiar de opinión, le pasó el teléfono al jornalero. “Sebastián… Mi Sebastián…”, dijo Pedro con la voz entrecortada. “Siento tanto”-continuó-“lo que te he hecho… Sí ya sé que no me he portado bien, y me merezco que me odies… Ya, ya… Ya habrá tiempo para que me reproches todo. Escúchame bien. Quiero que tomes el primer tren que haya para Madrid. Sí, el primero. Después, hazte unas fotos de carnet y vete al aeropuerto. Sí, a Barajas… ¿a cuál, si no?… Te sacas el pasaporte y te vas a la terminal internacional, donde te estarán esperando. Ya lo he arreglado yo, no te preocupes. Tú sólo cerciórate de llegar hoy mismo a Madrid. ¿Maleta? Llévate todo aquello que quieras conservar. El resto no te hará falta. Nunca más volverás a ser un jornalero, ni yo… ¡No me llames “señorito”, sabes que lo odio! Sí, tú ríete… Me lo merezco… Bueno, date prisa, que quiero que llegues hoy mismo. Escucha… Te quiero… No me importa, que le den morcilla a mi madre. ¡Te quiero!” Al colgar el teléfono, Pedro sintió que el corazón le iba a estallar de emoción. Ya había dispuesto un billete de avión en primera clase en el primer vuelo que saliera de Madrid destino Río de Janeiro a la llegada de Sebastián a la capital. Sabía que no sería fácil, que tendría siempre el peso del ducado de Carcunda sobre sus espaldas y el estigma de haberse convertido en el garbanzo negro de los Lasarte y Sánchez-Dávila. Pero ahora más que nunca, sentía que la carga que durante años había llevado encima se había disipado como el rocío de la mañana y nunca más volvería a atormentarle. “Río nos hará olvidar” pensó mientras, satisfecho, volvía a su rincón a seguir deleitándose con los paquetes de los muchachos de la piscina.

Versos de Aire VII

Posted in Relato Libre Rhay, Versos de Aire with tags , , , , , , , , , , on Jueves, 19 \19\UTC enero \19\UTC 2012 by Rhay

VII

El barco del olvido
ya zarpó hacia puertos nuevos.
El cuerpo inánime queda
llorando de tristeza en el muelle.
Las almas de los nuevos pasajeros,
henchidas de esperanza y de sosiego
se aferran a este último viaje.
Pobres almas en desgracia.
No saben que este barco del olvido
jamás atracará en puerto sosegado.

Las Nieves Eternas

Posted in Relato Libre Rhay with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 4 \04\UTC enero \04\UTC 2012 by Rhay

Disparada desde primera hora de la mañana y proyectada como un misil contra una diana situada a millones de kilómetros en los confines de su alma. Así se sentía Cristina cada vez que se levantaba de la cama. Para ella dormir equivalía a un viaje en barca durante una tormenta en mar abierto. El aliento nauseabundo era prueba del viaje de cada noche. Esta vez, la sensación se vio mitigada por la estampa que le ofrecía la ventana. Había nevado por la noche, y la ventana ofrecía un cuadro impresionista en bellísimos tonos blancos, negros y azules. Toda la llanura que se veía desde su ventana estaba cubierta por un brillante manto blanco que se extendía hasta donde podía alcanzar la vista. Era tan bella, que se quedó durante un instante absorta y contemplativa. Había decidido que hoy sería feliz. Pero poner los pies en el suelo la devolvió de golpe a la realidad. Sentada en el borde de la cama, sintió que por la garganta ascendía como una manada de caballos salvajes una náusea que la obligó a precipitarse sobre la taza del váter. Y es que el Docetaxel no daba tregua alguna. Cuando se hubo repuesto, se incorporó y se quedó paralizada frente al espejo. No reconocía al cadáver que la miraba desde el otro lado. Una cara demacrada, con las cuencas de los ojos hundidas, con un cabello ralo y frágil que se resistía a dejar la cabeza, pero que inexorablemente se veía muerto, y un rictus de dolor en todas las facciones que otrora fueran humanas y llenas de vida. El cuerpo enjuto que se dibujaba ante ella no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera el camisón de raso blanco disimulaba la extrema delgadez y la ausencia de algún bulto que debería estar ahí, pero que no estaba. Sin duda, el Docetaxel no daba tregua, no… Era la primera vez que Cristina se miraba al espejo después de la operación, y aunque ella sabía que su aspecto no debía ser muy lozano, no estaba preparada para ver lo que había visto. En cualquier caso, tenía que saber cómo había quedado todo. Lentamente, se quitó el camisón, y se quedó desnuda delante del espejo. Allá donde en otro tiempo hubiera dos pechos redondos y turgentes, sólo quedaba una cicatriz que pareciera hecha por el mismísimo doctor Frankenstein. Cristina se miró de perfil, y comenzó a repasar su pecho lentamente con la punta de los dedos. La superficie de la piel era rugosa, casi áspera, y apenas tenía sensibilidad. Su cuerpo enjuto y cetrino parecía ahora más que nunca la sombra de un cadáver andante. No podía imaginar que esa imagen fuera su reflejo. No podía ser. Ella siempre había sido una mujer lozana, llena de vitalidad, y ahora era un espantajo que apenas sí tenía fuerza para sostenerse sobre sus dos pies. Pero no, hoy Cristina había decidido que sería feliz, y nada ni nadie podrían impedirlo. Volvió a ponerse el camisón y salió del lavabo. Tras ponerse una bata y unas pantuflas calentitas regalo de sus alumnos, se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Un gran vaso de zumo de naranja recién exprimido, una tostada con mantequilla y mermelada de frambuesas, una taza de té con leche y la medicación de la mañana constituían su rutina diaria. El médico le había dicho que ahora más que nunca debía alimentarse de la forma más sana posible, y sobre todo tomar muchas frutas rojas, así que aunque se levantaba hecha pedazos y con una tempestad en el estómago, ella seguía obediente las órdenes que le habían dado. Hoy tenía cita con el médico. Le habían hecho algunas pruebas días antes y tenía que recoger los resultados. Tras la ducha, se enfundó en un vestido de lana roja y unas botas altas de cuero marrón. Hoy quería estar radiante, sentirse llena de colores, igual que la estampa impresionista de la ventana. El abrigo, las llaves, el bolso… ¡ah, el móvil!… Y un taxi esperando en la puerta de casa que la llevaría directa al hospital.

La sala de espera del hospital era un hormiguero de gente silente. Las personas entraban y salían como si de un velatorio se tratara. Y es que la sala de oncología no es un lugar muy alegre. Cristina se sentó en la sala y tomó una revista. Era de la Asociación Española de Oncología Médica, y había un artículo sobre el cáncer de mama. “Vaya”, pensó Cristina. “Parece que mi vida va a rondar en torno a esto todo el día de hoy”. La voz de la enfermera llamándola la sacó de su soliloquio. El médico era un hombre dulce, de mediana edad, con unas gafas metálicas y de lente pequeña que siempre se resbalaban hacia la punta de la nariz y que dejaban ver unos ojos chispeantes de bondad y esperanza. “¿Qué tal te encuentras hoy, Cristina?”, le preguntó el médico mientras ojeaba el historial. “Hoy he decidido que voy a ser feliz, doctor”, respondió Cristina con determinación. El semblante del médico se tornó umbrío y el brillo de sus ojos varió el color hacia la compasión. “No tengo buenas noticias, Cristina. Las pruebas que te hemos realizado demuestran que el cáncer se ha extendido hacia el pulmón derecho y las vértebras torácicas. Lo siento”. La enfermera se apresuró a ofrecerle un tisú a Cristina, pero su cuerpo estaba inmóvil. Su cerebro daba órdenes a las glándulas lagrimales para que comenzaran a brotar lágrimas, pero éstas no respondían. Los nervios de los brazos enviaban órdenes a los músculos para que activaran el movimiento, pero las fibras musculares se negaban a hacerlo. E incluso su corazón, ajeno a las órdenes del cerebro, se paró por un instante. “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?”, consiguió decir después de que el cerebro venciera a la voluntad de la laringe. “Debemos comenzar con una nueva sesión de quimioterapia, y reforzarla con sesiones de radioterapia durante al menos un mes para ver la evolución…” “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?” le interrumpió Cristina bruscamente. “Todavía hay esperanza”, acabó diciendo el médico. Cristina se levantó de la silla, y salió de la consulta caminando torpemente. El médico y la enfermera salieron tras ella para detenerla. Todavía había esperanza… Pero ahora eran las piernas las que habían decidido actuar por su cuenta, y no se detuvieron ante las voces del médico que le decía que todavía se podía luchar. “Luchar…”, pensó mientras salía por la puerta del hospital. El taxi la esperaba en la puerta, pero decidió pagar la carrera y caminar por la ciudad. El cielo era plomizo, con un agobiante espesor que casi no permitía respirarlo. Y los colores, ¿dónde estaban los colores de la mañana? ¿Desde cuándo los edificios ofrecían esos colores enlutados en blanco, gris y negro? Salió corriendo a duras penas calle arriba mientras en su mente intentaba desdibujar la imagen que acababa de ver. Cuando alzó la mirada, se encontró en las puertas de su colegio. “No, por Dios”, pensó. Intentó pasar desapercibida por delante de la puerta, pero la voz de un hombre la detuvo. “¡Señorita Cristina! ¡Cuánto tiempo!” le dijo un señor bigotudo y mofletón mientras le arreaba dos besos en plena cara. Era el conserje del colegio. “¿Qué tal, cómo se encuentra? ¡Niña, ven, corre, que está aquí la señorita Cristina!” gritaba aquel hombre mientras la agarraba del brazo. En un instante, se formó un remolino alrededor de ella. Personal del colegio, compañeros profesores, alumnos e incluso el director salieron a saludarla. Y lo que menos necesitaba ahora mismo Cristina era ese bullicio. Probó nuevamente la relación de su cerebro con sus piernas y vio que su cuerpo volvía a actuar como un todo, así que salió corriendo como alma que lleva el diablo ante la mirada atónita de todo el colegio. Corrió tanto que se perdió entre las caras anónimas de los transeúntes. Necesitaba estar sola, o al menos rodeada de gente que no la conociera. Necesitaba sentirse perdida entre la muchedumbre, como un grano de arena mecido por la marea.

“Necesito café”, pensó mientras pasaba por una cafetería de estilo parisino. Se sentó en la sala de espaldas a la vidriera. No quería que nadie la viera mientras reflexionaba sobre el café solo que había pedido. Cada vuelta de la cucharilla le traía la frase del médico. “Todavía hay esperanza”… Pero nuevamente algo la distrajo. Un hombre alto, moreno y de aspecto atlético enfundado en un traje de color gris marengo estaba delante de ella. Cuando alzó la mirada, encontró una cara conocida, unos ojos azules como el mar la miraban con dulzura desde la altura. “Cristina…”, susurró una voz varonil y llena de ternura. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? Creí que lo nuestro era algo bonito que podía llegar a buen puerto…” Cristina no sabía muy bien cómo reaccionar. La verdad era que cuando comenzó todo el infierno del cáncer, había dejado todo de lado, incluida una maravillosa relación de amor y comprensión que compartía con este adonis que se le presentaba ahora. Miguel se arrodilló para quedar a su altura. “Estás preciosa”, susurró. Nada le alienaba más a Cristina que la mentira piadosa. Ella misma había visto el zombi en el que se estaba convirtiendo esa misma mañana. “¿Preciosa? ¡¿Que estoy preciosa, dices?! Mira, no me vengas con chorradas, que sé cómo estoy, y no estoy preciosa precisamente…” Escupió. “No te estoy diciendo chorradas, te digo que estás preciosa, porque yo siempre te veo preciosa. Además, eso lo tengo que decidir yo, no tú.” Dijo Miguel mientras le tomaba la mano. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? ¿Cómo te encuentras?” prosiguió. “¿Que cómo me encuentro? Pues jodida. ¡Me encuentro jodida! No te he llamado en todo este tiempo porque no quiero saber nada ni de ti ni de nadie, porque me estoy consumiendo poco a poco y no quiero que nadie vea cómo estoy. Por eso no te he llamado. Y me vienes tú ahora y me dices que estoy preciosa… ¡Que me estoy muriendo, coño! Y tú con que estoy preciosa…” El semblante cetrino de Cristina se enrojeció por acción de una ira que permanecía latente como la lava de un volcán, pero que por fin había encontrado una grieta por donde surgir. “Cristina…” volvió a susurrar Miguel mientras volvía a tomarla de la mano. “Estoy aquí, no me he ido, no me quiero ir. Estoy contigo para lo que quieras…” La mirada azul de Miguel se hundía en las cuencas vacías de Cristina, llenándolas de agua dulce. Por un momento, su mente sopesó la posibilidad de fundirse en un abrazo con Miguel, y dejarse envolver por ese velo protector a cualquier precio, pero la ira contra todo y contra todos era demasiado poderosa como para contrarrestarla. “Miguel, déjame sola, por favor”, contestó Cristina retirando la mano bruscamente. “Ahora no tengo tiempo de discutir menudencias”. Miguel se levantó y sobre una de sus tarjetas escribió “llámame a cualquier hora del día o de la noche. Allí estaré”. La dejó encima de la mesita y se dio la vuelta camino de la calle hasta que se perdió entre el gentío. De las cuencas de los ojos de Cristina comenzaron a brotar un mar de lágrimas amargas y espesas. Sabía el coste que había pagado por esa despedida, y eso le dolía profundamente. La realidad es que en ese momento su ira contra el mundo era mucho más poderosa que el amor que sentía por Miguel, así que no podía ofrecer resistencia.

Como no quería más contratiempos de este calibre, decidió tomar un taxi y volver a su casa. Allí sabía que nadie la perturbaría. Se quitó el abrigo, y al dejarlo en la percha cayó la tarjeta de Miguel al suelo. Cristina se la quedó mirando, y la depositó en una cestita al lado del teléfono. Había decidido que se bebería una botella de vino mientras se daba un baño y escuchaba música. Necesitaba desconectar del mundo, y pensar con algo más de claridad de lo que lo había hecho hasta ese momento. Tras acabar la cena, decidió abrirse una segunda botella de vino. Esta vez, atacaría a un delicioso Grand Cru borgoñón comprado en la última visita a Dijon. Tenía la sensación de que aquella sería la última ocasión en su vida en la que probaría un buen Borgoña. La música seguía sonando mientras Cristina poco a poco se dejaba llevar por las nubes etílicas. Entonces, comenzó a sonar “Tosca”, de Puccini. La música le llevó a transportarse más allá de la estancia, como si el suelo no existiera bajo sus pies, como si la estancia se agrandara hacia dimensiones galácticas… Y comienza Tosca a cantar “Vissi d’Arte”, y comienza Cristina a levantarse lentamente, a vagar por la sala que poco a poco se va quedando vacía… excepto la cestita y el teléfono. En ese momento, tomó el teléfono y marcó un número de memoria, pero lo suelta mientras da señal imbuida por la música que penetra por todo su cuerpo… Y entonces, miró hacia la ventana, y ahí estaba otra vez ese cuadro impresionista que la saludaba. Quería formar parte de él, quería desaparecer de esa cárcel que se llama cáncer, y que la tenía atada a un riel por donde tarde o temprano pasaría el tren de las doce… Salió a la terraza al tiempo que desde el tocadiscos Mario cantaba desesperado “E lucevan le stelle”, y se quedó absorta mirando la llanura nevada. Una sensación de ligereza le permitió subirse a la barandilla mientras seguía ansiando el horizonte. Y cuando se disponía a dar un paso al vacío, unas manos la rescatan del abismo precipitándola dentro del salón. La música cesa, y Cristina se ve envuelta en unos brazos morenos y atléticos, y al girar la cara descubrió una mirada acuosa de color azul, que la sostenía firmemente. Miguel la abrazaba con fuerza tirados los dos sobre la alfombra del salón. De las cuencas oculares de Cristina comenzaron a brotar océanos de lágrimas saladas que caían sobre el hombro de Miguel. Lentamente, la levantó en brazos y la llevó a la cama, en donde la acostó dulcemente al tiempo que él mismo se recostó a su lado tomándola por la cintura. Cristina se dio la vuelta, y al ver la cara de Miguel, en donde todavía se dibujaba un rictus de terror, no pudo contener la necesidad de besarle.

A la mañana siguiente, Cristina se levantó mejor que nunca. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que hiciera el amor, y ya casi no recordaba lo maravillosa que era esa sensación. Al mirar por la ventana, vio que el cuadro impresionista seguía allí. “Todavía hay esperanza”, sonó en su cabeza mientras contemplaba la escena. “Todavía hay esperanza”, dijo en voz alta, como absorta. Miguel se desperezó lentamente mientras el sol le iba dando en la cara. Se incorporó, y besó el cuello de Cristina, mientras con las manos acariciaba las cicatrices de sus operaciones. Cristina se levantó de un respingo y se fue hacia el teléfono. Marcó y esperó señal. Al descolgar el teléfono, pidió que la pasaran con la unidad de oncología, necesitaba hablar sobre el tratamiento que tendría que seguir con su médico. Todavía había esperanza, y no iba a perder la posibilidad de que esa historia de amor que había renacido la noche anterior desapareciera sin al menos haberle plantado lucha a la enfermedad. Por primera vez en mucho tiempo, Cristina no se sintió como una bala disparada desde primera hora de la mañana.

 

Versos de Aire VI

Posted in Relato Libre Rhay, Versos de Aire with tags , , , , , , , , , on Domingo, 27 \27\UTC noviembre \27\UTC 2011 by Rhay

VI

Despedidme de las vides y las jaras,
del viento, del mar y los lentiscos.
Despedidme de los márgenes rocosos
de los caminos que serpean
entre almendros y algarrobos.

Despedidme del sol, que agradecido,
encuentra en las adelfas su regalo;
del aire húmedo cargado
de sal, jazmín y noche clara.

Posad mi cuerpo demacrado
sobre una pila de flores de lavanda,
ungidlo con miel y con romero
antes de entregarlo a la zanja abierta.

Y una vez allí, tapad con tierra
mi memoria, y dejad que el mundo
en su infatigable órbita
siga su camino como siempre.

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La cosecha

Posted in Especial Lamedores, Relato, Relato Libre, Relato Libre Rhay with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 9 \09\UTC noviembre \09\UTC 2011 by Rhay

Los campos estaban listos para la recolección. Desde la ventana de la casa se podía apreciar un mar de nubes blancas que anunciaban el momento de la cosecha. Todo estaba preparado, al fin. María Antonia se levantó sigilosamente para no despertar a su marido, consciente de las jornadas que le esperaban. Bajó a la cocina y encendió el fuego del hogar. Hoy prepararía un fuerte desayuno, acorde a las necesidades de los hombres de su casa. Tomó un pan de hogaza que ella misma había horneado y lo cortó en rodajas. Encima de la mesa dispuso aceite de oliva, unos tomates, jamón y queso de oveja. El café burbujeaba en la cazuela. “Unas castañas asadas y unos boniatos calentitos les sentarán bien”, pensó. Al despuntar el día, llamó a su marido y a su hijo. Gabriel se desperezó lentamente mientras se dejaba bañar por el sol de otoño que entraba por la ventana del dormitorio. El aroma del café recién hecho le abrió el apetito. Cuánto le gustaba ese momento del día. Tras pasar por el baño –como todas las mañanas – bajó a la planta inferior donde su mujer y su hijo lo esperaban a desayunar. Biel correteaba por la sala jugando con un coche de madera e incordiando a su madre aquí y allá. Hoy era la primera vez que saldría al campo con su padre, y estaba eufórico. Sus padres lo miraban con ternura. “Buenos días, cariño” dijo Gabriel mientras besaba las mejillas sonrosadas de su esposa. “Buenos días”, contestó María Antonia. “A desayunar, que se enfría el café”, ordenó. Todos se sentaron a la mesa. El día era claro, fresco, y la puerta entreabierta traía los aromas del campo, ya seco y preparado. Mientras su familia desayunaba, María Antonia miraba abstraída a su taza de café recién hecho. Algo la perturbaba, pero no quería comunicarlo. No quería romper ese momento mágico del día en donde no había ni preocupaciones ni problemas. Eran ellos tres, y nadie más. No quería saber nada de bancos, hipotecas o financieras. No era el momento.

En el cobertizo donde guardaban los aperos esperaba el señor Gabriel, el patriarca de la familia. Era un recio campesino de más de ochenta años, pero con la fuerza de un chaval de veinte. “¡Vamos, que el día no espera!”, gritó a su hijo. Tomaron los aperos y se alejaron entre los trigales para comenzar la faena. “El arte de recoger el algodón es algo científico”, decía siempre el señor Gabriel. “Si no comienzas por el principio, no acabarás nunca”.

María Antonia se asomó a la puerta de la casa, absorta en la figura de los hombres que poco a poco se iban haciendo más pequeños hasta desaparecer entre los algodonales. El timbre del teléfono la sacó de su contemplación. “¿Sí?”, contestó con desgana. “Buenos días, le llamo del banco.”, contestó una voz anodina. “¿Y qué quieren?” contestó María Antonia con tono defensivo. “Verá, hemos estado revisando sus cuentas, y no podemos esperar más a que nos satisfaga la deuda que tienen con nuestra entidad”. Las cosechas de trigo del año anterior se habían echado a perder por la sequía y el pedrisco, así que como muchos otros campesinos de la zona tuvieron que pedir un crédito al banco para poder salir adelante. Fue una trampa fatal, ya que el banco les impuso unos intereses que a duras penas pudieron ir pagando. Pero el campo es así de caprichoso, y no siempre se sacaba producto suficiente para pagar. Ello hizo que poco a poco fueran cayendo en las fauces de sus acreedores. Habían hecho todo lo posible para conseguir dinero, pero nunca era suficiente. Habían trabajado las tierras de los terratenientes, habían sustituido el trigo por el algodón con la esperanza de no volver a tener imprevistos, incluso había puesto su gran talento culinario al servicio de las casas bien de la zona, pero ni aún así conseguían ganar lo suficiente. “Este año la cosecha ha sido generosa, así que en cuanto vendamos el algodón podremos hacer frente a los pagos”, apostilló María Antonia. “Lo lamento, pero no podemos esperar más”, sentenció la voz. “Si no pagan en veinticuatro horas, nos veremos obligados a ejecutar una orden de embargo”. “Pero no vamos a poder reunir el dinero en un día. ¿Es que no pueden esperar a que vendamos la cosecha de este año? ¡Podremos pagarlo todo si nos dan un par de semanas!” Suplicó María Antonia. “Lo siento, ese no es nuestro problema. Si no pagan en veinticuatro horas, nos quedaremos con su casa. Buenos días”. Los ojos encendidos de María Antonia miraban furibundos al teléfono. Lentamente, dejó el auricular en su sitio y prosiguió con las labores de su casa, pero en su cabeza retumbaban una y otra vez las palabras del empleado del banco. “No hay tiempo”, se repetía constantemente. Mientras preparaba la comida para sus hombres, se le cruzó la imagen de su hijo jugando en la cocina. El desasosiego la invadió por un momento, y sintió un impulso irrefrenable de sentarse en un rincón a llorar desconsolada. Pero sabía que esa no era la solución. No había solución posible… Una lagartija la sacó de su mundo. Odiaba a esos bichos repugnantes. Dio un respingo y se dispuso a acabar con esa alimaña a escobazo limpio, tratando de sacarla de su casa. Ya en la puerta, divisó en el camino a los vecinos. Llevaban en un camión todas sus pertenencias y un rictus de abatimiento en la cara como jamás había visto. El banco les había ejecutado un embargo y tenían que abandonar la casa que durante generaciones había pertenecido a su familia. “No”, pensó María Antonia. “Esto no le ocurrirá a mi hijo”, dispuso.

A la hora de la comida los hombres volvieron a la casa. María Antonia no estaba, aunque la comida reposaba caliente arrimada al fuego y la mesa dispuesta. En la encimera de la cocina, Gabriel encontró una nota. “He ido a hablar con el director del banco. No me esperéis a comer. Tardaré en volver. Os quiero”, rezaba la nota. Al dejar los aperos en el cobertizo, Gabriel advirtió que faltaba una escopeta y una caja de munición. El viento hizo temblar las algodoneras convirtiendo el campo en un mar de nubes nuevamente. Se miró las manos agrietadas por las púas del algodón. “Yo también te quiero”, dijo Gabriel al viento.

Los Amantes

Posted in Especial Lamedores, Literatura, Los relatos más relamidos, Poesía, Relato, Relato Libre Rhay, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 20 \20\UTC octubre \20\UTC 2011 by Rhay
“¿Me quieres?” le susurró al oído mientras le pasaba la mano por el hombro. “Sí”, contestó dirigiendo la mirada encendida en busca de unos ojos que respondieran a la invitación. “Te echaré de menos”, continuó susurrando lánguidamente una cabeza que se arrimaba poco a poco hacia el regazo que la esperaba impaciente. “Yo también te echaré de menos. Jamás había conocido a alguien como tú.” Contestó con aquella mirada tan tierna, tan triste, tan llena de agua de mar…
Entonces miraron hacia el cielo. La noche era clara, algo fresca, pero parecía sacada de una novela romántica: una luna llena enorme alumbraba sus caras que se sentían acariciadas por la brisa marina de la noche. Más allá, a lo lejos, sólo había oscuridad. A duras penas se distinguían las luces del pueblo. Sus vidas eran del mar, de la arena de la playa…
Se miraron nuevamente a la cara, y decidieron hacer el amor como nunca en su vida lo habían hecho. Se amaron, se dijeron tantas veces “te quiero” que jamás podrán contarse. Y después, contemplaron en silencio las estrellas. Era la noche perfecta.
Poco a poco, les fue venciendo el sueño, y quedaron sumidos en él con las extremidades entrelazadas, en un abrazo eterno. Cuánto amor había en ese rincón del Universo; cuánta pasión encerrada en esos dos cuerpos hechos de carne, hueso y sentimientos… Cuánta sensación de seguridad recorría sus mentes. Tanta, que ni se percataron del estallido de luz que apareció más allá de la villa, ni de la lluvia de ceniza y piedra pómez que les venía encima proveniente del Vesubio. Y así quedaron, en su tumba de ceniza para siempre estos amantes, el 24 de agosto del año 79.