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SIN FIESTA DE FIN DE CURSO

Posted in cuento breve, Literatura, relato corto, Relato Libre Lindastar, Relatos on Martes, 7 \07\UTC julio \07\UTC 2015 by lindasta07

 

No escapé del cuerpo del delito, no, tan solo me alejé. ¿O fue ella quien quiso huir de mí? Da igual, el caso es que “donde pongo el ojo, pongo la bala” y, una vez más, cumplí. Nunca permitiría que me saliese el tiro por la culata.

Yo soy cazador, ellas simples presas.

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Si dijese que mi pobre alma se  partió en múltiples  pedazos después de hablar con ella, quizás resultase muy romántico, pero mentiría. Sería  algo exagerado, poco exacto y, además, una expresión manida; así que simplemente diré que me dolió. No tengo claro si fue en mi orgullo o en qué, pero me hirió. Sí puedo asegurar que, a pesar de ser un tipo  habilidoso y metódico, intuyo  que  nunca seré capaz de recomponer mi órgano muscular principal porque todo me hace suponer que lo tengo defectuoso, algo que no me preocupa en absoluto.  Lo parchearé exactamente igual que en otras tantas ocasiones y me bastará para seguir revolcándome  en mi propio fango interno.

– ¿Te gusto más que otros? ¿Me quieres más que a ninguno?- interrogué curioso sabiendo de antemano que sus respuestas  me resultarían poco aclaratorias y me dejarían un regusto  agridulce.

-Ya lo sabes, tonto, lo suficiente.- dijo entornando sus avispados ojos y regalándome un mohín de niña consentida que, como siempre, me encantó.

-¿Qué sé?- pregunté  intentando en vano estrecharla contra mi  cuerpo mientras  ella se escurría como una serpiente.

-Sabes lo que tienes que saber- respondió.

-Esa contestación no me vale, deberías de saberlo tú también, pequeña. Solo merece la pena vivir de manera sobresaliente, con mayúsculas, y si no te sientes capaz de ofrecerme lo que deseo, lo mejor es acabar con este tema de una vez por todas- advertí empleando el tono que se le presupone a todo docente, y más todavía, si es un rector que luce canas desde hace por lo menos un par de décadas y se siente menospreciado o, al menos, poco valorado.

-No logro entenderte- dijo encogiéndose de hombros simulando una ingenuidad que nunca tuvo y que fue la que, meses atrás, forzó mi fijación y obsesión por ella.

Cuando quería, esa muchacha de pelo ensortijado y cuerpo de pecado, de la que hoy pienso que un día llegué no sé si a enamorarme pero sí a encapricharme demasiado, no comprendía nada. No era vaga pero, si le antojaba, era poco colaboradora. Yo pretendía enseñárselo todo mientras que ella…Ella malgastaba su tiempo y energía coqueteando con otros, a buen seguro que más jóvenes y atractivos que yo pero también más inexpertos.

-Borra lo anterior, he cambiado de opinión. No quiero nada. No quiero más- esas palabras que  nunca olvidaré fueron el detonante de una explosión incontrolada.

Imposible acostumbrarse a sus frecuentes negativas y a su modo caprichoso de actuar: Hoy sí, mañana no, pasado tal vez… Aquella no era la primera ni la única vez que me rechazaba, aunque sí tenía visos de ser la última porque no iba a permitirle ni una tontería más. En esta ocasión, y aún sabiendo que se me  escapaba de las manos de la misma manera que a un niño se le va un globo de helio, no quise insistir ni suplicar, o sí quise, pero lo cierto es que me contuve.  En algún instante -¡ fui un ingenuo ¡- imaginé que ella correría tras de mí, como ocurre solo en las películas y en determinados sueños. Hubiese deseado tanto que así fuese… Me equivoqué. No se inmutó y entonces fue cuando , tomando las riendas de la situación, fui yo quien decidió no darle la oportunidad ni de pestañear.

 La sangre que recorría mis venas pasó en cuestión de milésimas de segundo de ser caliente a congelarse. Actué en consecuencia e hice lo que  ella me obligó a hacer. Después, cerré la puerta del aula y salí sin volver la vista atrás. No tuve ningún remordimiento, es más, me sentí aliviado. Ella, al igual que otras, calló.

Aunque ha pasado algún tiempo desde que di por finalizada esta historia- la última por ahora- empiezo a pensar que probablemente sea demasiado exigente con determinadas alumnas porque ninguna , ni las anteriores ni las posteriores a Ariadna, han estado dispuestas a subir de nota.  Su objetivo debería ser alcanzar el diez y sobresalir pero, ¡tontas de ellas!, se conforman con lo mínimo y a mí me gusta exigirles lo máximo. Nunca las entenderé. Hasta la fecha mis resultados han sido pésimos y sé que  mi modo de operar  podría calificarse también como de muy deficiente, pero ese tema solo me incumbe a mí. Yo soy quién veo si hay  evolución o no la hay y finalmente las evaluó, y lo que es más importante: decido su futuro.

Ahora me asaltan algunas dudas que, supongo, nunca resolveré: ¿Me obligarán a repetir, a repetir, y a volver a repetir año tras año? ¿Cuántas niñatas más tendrán que quedarse, para su desgracia, sin fiesta de fin de curso?

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COSA DE DOS

Posted in Especial San Valentín, Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre, Relato Libre Lindastar, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 27 \27\UTC febrero \27\UTC 2014 by lindasta07

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La naturaleza -en teoría siempre sabia- le había jugado una mala pasada  incluso antes de que sus aún pequeños y rasgados ojos viesen la luz. Aquello, simplemente, había sido un error.

Nada era como debía de haber sido, o al menos así lo creía, y se propuso cambiar el rumbo de su existencia algún día…Sí, algún día lo haría.

No se sentía bien dentro de aquel extraño e incómodo envoltorio. ¿Por qué todos se empeñaban en verlo atractivo y perfecto? Se preguntaba sin obtener una respuesta convincente.

Sabía lo que quería: Deseaba ser feliz, encontrarse. Para conseguirlo debía actuar, con cautela tal vez, pero actuar.  Se pondría manos a la obra para enmendar aquel desatino que le atormentaba y que tanto malestar le producía; lo tenía claro.

Fueron demasiados los años de lucha interna, de dudas puntuales, de miedos, pero también de reafirmación. Tras un proceso duro y arriesgado, amén de largo, llegó el momento…Y lo hizo.

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El resultado fue tan satisfactorio que hoy, echando la vista atrás, sabe que fue la decisión más acertada, a pesar de que muchos jamás hayan entendido la necesidad de ese cambio radical.

Por fin se sentía bien en su piel, se reconocía.

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No buscaba a su otro yo aunque intuía que caminaría por ahí, quién sabe si a miles de kilómetros o tan solo unos pasos más allá. Sabía lo importante: que existía. Debía ser paciente, era cuestión de esperar a que el destino se lo presentara, eso era todo. Cuando una señal luminosa alumbrase su ser, alertándole de que había aparecido esa persona, estaría preparado para abrir las puertas de par en par a esa mitad que, sentía, siempre le faltó.

Apareció antes de lo previsto, por sorpresa. El la recibió como merecía: Besando su cuerpo y entregando su alma.

Era única, realmente hermosa, mucho más de lo que tiempo atrás fue él, cuando aún era ella. Se encontraba bien a su lado, entre otras consideraciones, porque aquella mujer siempre le vio a él, sólo a él.

Su historia comenzó como una amistad que se convertiría, día tras día, en  vital e imprescindible. No faltaron las confidencias a media luz,  las charlas sin fin,  la complicidad,  las miradas furtivas, las manos debajo del mantel y, sobre todo, esa imperiosa necesidad… Necesidad de ser valientes, dar un paso más, de vivir sin prejuicios, de disfrutarse mutuamente, aunque pocos apostasen por ese amor al que demasiados consideraban “extraño”.

Sin pensarlo demasiado, al menos aparentemente, decidieron vivir su historia con naturalidad, porque, a fin de cuentas, es cosa de dos.

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Han pasado varios años -muchos o pocos, según se mire- y, a pesar de todo y de todos, cada día continúan observando el atardecer desde la orilla del mar cogidos de la mano,   jurándose amor eterno porque saben que lo suyo será para siempre.

Él le ama a ella. Ella le ama a él…Al único.

EL QUEBRANTO DE LAIA

Posted in - Fotos origen de los relatos, Especial Lamedores, Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on Martes, 11 \11\UTC febrero \11\UTC 2014 by lindasta07

1383442_10202121104622963_973091126_n.jpg DUELE

No existían signos de violencia, tampoco se apreciaban heridas externas anómalas; sin embargo, en el ambiente se percibía un nauseabundo olor capaz de matar a la propia muerte.

Duele ver que los que ayer fuesen unos chispeantes ojos verdes hoy estuviesen bañados por un intenso azul noche y que llorasen en silencio, aunque de manera escandalosa, mientras hablaban de sufrimiento y de intenso dolor.

Ella había llegado a quererlo más que a su propia vida.

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 Laia decidió dejar su Madrid natal con apenas veintidós años y lo hizo con ilusión. Sabía que allá, en su nuevo destino, las cosas serían distintas, tal vez difíciles, pero nada ni nadie consiguió convencerla de que no lo hiciera. Tuvo claro desde niña lo que quería:  Ayudar a los que más lo necesitaban.

La primera vez que escuchó la palabra “mamacita” de boca de un mocoso con un brillo impactante en la mirada,  una amplia sonrisa se dibujó en su  rostro. Se sintió feliz. La maternidad fue una de las cosas a las que había renunciado por propia voluntad. Nunca la echó de menos. En aquellos veinticinco largos años habían pasado por su improvisada aula centenares de muchachitos  a los que siempre consideró como sus propios hijos. Ellos la querían mucho, ella los quería más.

El 23 de octubre – lo de menos es de qué año hablemos- fue un día clave en la vida de aquella mujer que ya peinaba canas y a la que ahora resultaba imposible reconocer porque, desde entonces, ya no reía a carcajadas como acostumbraba a hacer -con o sin motivo- meses atrás.

Cuando se conoció la noticia, el poblado entero se conmocionó. Llegó a destiempo,  probablemente también en el peor de los momentos, y las  circunstancias fueron las que fueron… las que nunca debieron haber sido.

Laia fue la primera en intentar olvidar el varapalo sufrido. Jamás debió adentrarse sola por la selva, era peligroso, siempre lo supo, pero ahora ya no había vuelta atrás:  el mal ya se lo habían hecho.  Por fortuna ahora tenía una edad en la que existían las prioridades, así que intentó olvidar lo ocurrido y decidió  que él  sería su prioridad.

Transcurrieron nueve duros y esperanzados meses. Todo marchaba según lo previsto.

El día amaneció especialmente húmedo, oscuro, triste. Ella sudó como nunca, también gritó como nunca. Cuando llegó el momento, un dolor desgarrador invadió  sus entrañas y pensó: La vida se abre camino.

…No fue así.

“No todos van a ser ángeles”

Posted in - Fotos origen de los relatos, fotoretorelato Lamedor, Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 21 \21\UTC noviembre \21\UTC 2013 by lindasta07

Como mis vecinos están dispuestos a echar una mano siempre que lo necesito, me veo en la obligación de corresponderles cuando me piden que haga de canguro de su monstruito.

Le propuse a aquel renacuajo que me acompañase a comprar tres cosas al hipermercado.

en mi jardin-¡Quiero ir a ver a papá al cementerio!- gritó.

-No puede ser. Está trabajando allí ahora- contesté tras ignorarle unos segundos.

El mocoso iba unos pasos atrás y empecé a incomodarme. Le recriminé en varias ocasiones su parsimonia porque se acercaba la hora de comer; temía no estar puntualmente sentado a la mesa y mamá se enfadaría.

Al salir del establecimiento me percaté de que Ángel llevaba en el bolsillo algo que abultaba.

-Robar es pecado, ¿lo sabes, enano?- dije. Entre carcajadas burlonas echó a correr con la bolsa de la compra. Tenía tanta prisa que parecía que le persiguiese el mismísimo diablo. <<¡Menudo cabroncete!>>, pensé.

Al girar la esquina lanzó el recién adquirido martillo -repentinamente convertido en letal objeto volador- partiéndome la cabeza en dos. El jodido tuvo buena puntería, caí desplomado, y todo en mí se rompió.

-¡Qué fácil ha sido contigo!- exclamó eufórico- A partir de ahora me entretendré aún más cuando acompañe a papá al trabajo. Prometo no darte unas patadas tan fuertes como las que propino a los otros asquerosos. Esos vecinos nunca me cayeron bien… Bueno, tú tampoco- dijo mientras, entonando extraños cánticos, introducía con endemoniada brusquedad miles de  granos de pimienta en mi nariz y una cabeza de ajos en mi boca entreabierta, que…en mala hora compramos.

DESECHABLE

Posted in Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 28 \28\UTC octubre \28\UTC 2013 by lindasta07

BOOTS (2)

Nací para mandar, para dominar. Me gusta sentir que tengo el control, que soy respetada, que nadie ni nada puede subyugarme. Imposible imaginar siquiera lo contrario porque entonces no sería yo, sería alguno de los otros, pertenecería al grupo de los débiles, de los subordinados. Es sencillo: Yo estoy aquí, ellos están allá. Todo tiene que ser tal y como previamente he planificado, no soporto los imprevistos.

El físico es una carta de presentación, para bien o para mal. El mío es el que corresponde a una persona de carácter. Mis rasgos son fuertes y  me satisface exagerarlos. Cuando dejo a un lado el papel de niña buena, ese que tanto aborrezco pero que tengo que ejercer puntualmente de cara a la galería, me esmero con el siguiente  ritual: Cardo con exagerada dedicación mi salvaje melena azabache, maquillo con polvo de arroz un rostro ya de por sí níveo, perfilo mis párpados hasta lograr una peligrosa mirada felina que intencionadamente lo dice todo y, casi para acabar,  doy un toque de rojo carmín a una boca que apenas habla porque no  necesita expresar nada más allá de cuatro ordenes claras y concisas. Continúo la puesta en escena enfundándome en un frío body de látex que se adhiere a mi piel hasta completar mi auténtico yo, y ya para rematar, dejando momentáneamente a un lado el látigo de siete puntas que más tarde se convertirá en una  prolongación de mi ser, calzo mis botas de cuero negro de caña alta y tacón de aguja de veinte centímetros.

Es excitante sentirse superior cuando ellos suplican clemencia lloriqueando bajo mis pies mientras ambos disfrutamos. Son tan dóciles, tan encantadoramente complacientes… Les ajusto una correa al cuello y se dejan hacer. Son tal y como deseo.

No me gustan las concesiones y nunca hasta entonces las había hecho, porque soy la que lleva las riendas, la que mando, pero con él tuve una deferencia… ¡Estúpida de mí, por primera vez me equivoqué!

Soy “Lady DeaDomina”.  A mis amantes les insto a que me llamen así pero al último quise sorprenderle, tal vez porque le percibí más indefenso que al resto, y le permití un par de licencias: La primera, elegir el que sería mi nombre durante aquella noche; la segunda, decidir algo novedoso para ese juego que estaba a punto de comenzar. Su reacción fue encogerse de hombros simulando resignación, algo que me hizo gracia, aunque me contuve y no esbocé ni una sonrisa. Nunca  flaqueo. No me lo permito.

Sean era joven, alto, y delgado en extremo. Parecía muy sumiso. Me gustó.

 Desde el primer momento le indiqué cuales eran las normas, mis normas. La más importante de ellas era que, al igual que todos mis siervos, tenía prohibido mirarme directamente a los ojos.

 Fijando sus pupilas en el suelo y con  un notable  tono de voz masculino mi amante confesó que su fetiche eran las botas. Te llamaré “Boots”- dijo sin dudar. Asentí con la cabeza dando mi aprobación. <<¡Qué poco original va a resultar este último entretenimiento!>> – pensé. Un tanto airada porque intuí que me aburriría con aquel jovenzuelo, encaminé mis pasos hacia la cocina. Él me siguió como todos, como un perro. Una vez allí abrí la puerta de la despensa permitiéndole que señalase algo del armario. No dudó, eligió la miel. Me pareció una buena idea. Cogí un bote y le obligué a esparcirlo por el suelo. Tal y como era de suponer, obedeció. Me situé sobre ese charco amarillento, denso y viscoso, y separé las piernas hasta formar un ángulo aproximado de cuarenta y cinco grados. Mi esclavo comenzó con su trabajo, que no era otro que lamer mientras yo supervisaba su labor. Según las órdenes que previamente le había dado, debía quedar todo reluciente, incluidas mis botas. Era lento, meticuloso, se recreaba y su forma de hacer me estaba poniendo a mil pero, transcurrido un tiempo que me resulta difícil de calcular, vi en su rostro una mueca de desagrado, o tal vez fuese de cansancio, y aquello me enojó. Tras propinarle un número indeterminado de latigazos, tiré con fuerza de la correa -quizás con demasiada fuerza- y fue entonces cuando Sean  incumplió lo pactado. Levantó la cabeza y me miró a los ojos con desafío, algo que me enfadó muchísimo porque nunca antes nadie se había atrevido a desobedecerme.  Estaba claro que con él todo iba a ser distinto.

-No me ha gustado ni lo que has hecho ni cómo lo has hecho, “Boots” – dijo en un tono tan brusco que me encendió aún más.

-No me interesa saber qué te gusta ni cómo te gusta. Odio lo que estás haciendo ahora. Este no era el plan. ¡¡ No vuelvas a poner tus pupilas en las mías o lo pagarás caro!!  Te castigaré y seré dura…Muy dura.-  Intenté zanjar el tema  poniendo a cada uno en el sitio correspondiente: A él a ras de suelo y a mí a veinte centímetros más allá de mi metro sesenta y seis.

Sean, contrariándome una vez más, se puso en pie. Era más alto que yo y sé que con aquel gesto intentó intimidarme. Se confundió si supuso que me iba a debilitar al pensar que aquella partida se me estaba yendo de las manos porque, lejos de hundirme y pensar que mi sirviente había cogido cierta ventaja, me crecí y se reafirmaron mis ganas de triunfo. Continuó retándome y, en un momento dado, osó acercar sus labios aún impregnados en miel  a mi rostro. Comenzó a lamerlo mientras con su mano izquierda tiraba de mi pelo hacia atrás. Me repugnó su acto. Aunque por un lado admiré en silencio su valentía, por el otro, por el importante, deseé matarle. Lo que comenzó como un juego derivó en una especie de lucha entre nosotros en la cual la agresividad y la ira llegaron a su máxima expresión. Él estaba muy excitado.  Me empujó y caí de espalda quedando indefensa y prácticamente adherida al pavimento. Él se abalanzó sobre mí y comenzó a mordisquear con una rabia desmedida cada parte de mi cuerpo buscando  mi dolor físico, pero sobre todo el psíquico…Y me hacía daño, mucho daño, demasiado. La furia se apoderó de mí nublándome la vista, vi todo negro y, por última vez, tiré de su collar…Fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte… Ahora la  excitada era yo.

Tras dejar a un lado aquel momentáneo tono  rojizo que tan poco me favorecía,  recuperé mi blancura habitual y los jadeos se transformaron de nuevo en una respiración serena. Él, pobre desgraciado, fue incapaz de hacer ninguna de las dos cosas, así que me quité de encima su cuerpo inerte que, para mi sorpresa, pesaba más de lo que suponía. A pesar de que llegó a confundirme Sean resultó ser, como todos,  un fracasado más.

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Mientras me despojaba de mi auténtica piel una amplia sonrisa se dibujo en mi duro rostro – ahora sí me lo permití- y pensé: Con “Lady DeaDomina” se juega de acuerdo a sus normas, de lo contrario se pierde siempre. Ese es el trato.

 

 

“A SACO”

Posted in Especial Lamedores, Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 19 \19\UTC septiembre \19\UTC 2013 by lindasta07

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Desde el preciso instante en el que entró por la puerta de clase sentí debilidad por ella. Tan insignificante, tan pequeña, tan especial, que resultó ser un objetivo fácil para ciertas alimañas del instituto. Y los otros, los adultos, por desgracia tampoco estuvieron a la altura de las circunstancias. Todos cerraban los ojos ante lo evidente y ella, que necesitaba de alguien que diese luz a su oscuridad, no encontró ninguna bombilla capaz de iluminar su camino. Yo, aunque lo intenté, tampoco encontré la forma de hacerlo y ése se convirtió en el primer fracaso de mi vida.


A pesar del tiempo transcurrido desde el inicio de aquel curso, recuerdo que no soportaba ver cómo alguna cuadrilla de envalentonados imberbes se burlaba de mi compañera de pupitre. Me resultaba especialmente detestable la actitud de Ricardo, un jovencito con ínfulas de galán de Hollywood que se sentaba una fila más allá y que, conocedor de los sentimientos de una Inés que bebía los vientos por él, la despreciaba a diario con hirientes mofas que unos reían a carcajadas mientras ella lloraba en silencio.


Si bien es cierto que esa chica de semblante azulado resultaba un tanto extraña y que sus estrategias por llamar la atención de su idealizado Romeo eran poco elaboradas, no pasando de la simplicidad de dibujar en una cuartilla voladora un corazón atravesado por una flecha –que, para su vergüenza, a menudo llegaba al pupitre menos adecuado-, creo que no merecía el aislamiento al que la tenían sometida el resto de estudiantes. Era nueva en el centro y nadie favoreció su integración, esa fue la cruda realidad.

 

Inés almorzaba siempre en el mismo rincón del patio, un lugar tan sombrío como ella. Yo era, amén de su manzana, esa esporádica  compañía que, sin hacer ruido, se sentaba  junto a aquella muchacha de largas trenzas de color panocha que contaba sin cesar los dedos de su mano izquierda. La observaba atentamente y me moría de ganas por descubrir el porqué de la que parecía su particular obsesión. Un día la interrogué sobre el significado de aquel gesto que repetía hasta la saciedad y, sin mirarme a los ojos,  dijo que le gustaba imaginar el número de personas para los que su existencia significaba algo, pero que le sobraban dedos… Todos los dedos. ¿Y por qué siempre son los de la mano izquierda, Inés?- pregunté curiosa. Porque son los que están más cerca del corazón- respondió. Escuchar aquello me animó a seguir indagando y, no sin cierto esfuerzo, mi compañera de pupitre se abrió hasta descubrirme el bucle de negros que tenía su vida. Nunca se sintió querida. Nunca fue feliz. Fue a partir de aquella confesión cuando me propuse ser su protectora e intenté evitar que la dañasen. Si nadie merecía sufrimientos extras, aún menos ella.

Pasó la primera semana de curso con relativa tranquilidad pero, a raíz de los resultados de aquel endemoniado trimestre, todo se torció. Inés era estudiosa y sus resultados fueron brillantes, cosa que enfureció a más de uno ya que, según ellos, eso provocaría una subida en el nivel de exigencia por parte de los profesores. Entre todos comenzaron a hacerle la vida imposible, y ella aguantó, y aguantó hasta que ya no pudo más. Resultado: Algo en su cabeza dejó de funcionar correctamente y trajo consigo una peligrosa explosión.

Aquel parecía que iba a ser un día más de otoño aunque a lo lejos se escuchasen ya los pasos de un invierno que venía cargado con una mochila de frío. La mañana estaba desapacible y muy ventosa.  Junto a los pies de Inés se formó un gran remolino de hojas y sobre nuestras cabezas se posaron unas nubes impertinentes y negras. Mal presagio. Ella comía una manzana, como siempre, y contaba sus dedos, como siempre también. Estábamos sentadas en el bordillo cuando Ricardo se acercó y, empleando ese tono chulesco que tanto le caracterizaba, dijo: “Soy tu Adán y comería con gusto tu rica manzana, Sandra. Lo sabes.” Luego, mirando de reojo a una Inés incapaz de separar los ojos de su manzana y del suelo, espetó: “La tuya no, que estará podrida, bicho. ¿Quién podría querer algo de ti,  fea mazorca?”. Ella se transformó al escuchar aquellas duras palabras e inmediatamente levantó su cara -antes de nieve y ahora de fuego- y miró a Ricardo con una mezcla de odio y rabia. Fue rápida, muy rápida, y tardó menos de un minuto en abalanzarse sobre ese ponzoñoso ser para clavarle -con la mejor de las punterías- la navaja que utilizaba diariamente para mondar la fruta que llevaba como almuerzo. Él quedó tendido en el suelo sangrando abundantemente y quejándose como un lobo herido, y ella… Ella, ante el estupor de los allá presentes, se rebanó las yemas de los dedos de su mano izquierda mientras, con las órbitas de los ojos fuera de sí, gritaba una y otra vez: ¡¡Corazón a cero!! ¡¡Corazón a cero!!

Inés fue expulsada del instituto. Nunca más supimos nada de aquella misteriosa muchacha. Siguió la vida, la de todos, incluida la de Ricardo, y quiero suponer que la suya también.

Hoy solo me arrepiento de no haber sido capaz de cumplir la promesa que me hice a mí misma: No la protegí de nadie, ni de ella misma. Y la dañaron. Y se dañó… ¿Mortalmente? Es posible.     

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CICATRICES DE PAYASO

Posted in Literatura, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre Lindastar, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 5 \05\UTC junio \05\UTC 2013 by lindasta07

-Mi vida, mañana nos volveremos a ver. Lo prometo- eran las esperanzadoras palabras que ella me dedicaba cada noche al despedirnos. Y así fue hasta que dejó de serlo. Coincidimos mientras quiso; ni más, ni menos.

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Marcando el terreno.

Hubiese reconocido el perfume que emanaba por cada uno de los poros de su piel aún careciendo de olfato. También hubiese podido distinguir su luz aún siendo ciego. Esa fría dama de humo rojo y caliente entrepierna me cautivó sin concesiones desde el primer instante. Su simple presencia me hipnotizaba. Imposible olvidar cualquier detalle, por pequeño que fuese porque, para mí, todo en ella era único, inconfundible, especial. Yo lo sentía así.

Alice supo tatuar su esencia sobre mi pecho como ninguna otra había sido capaz de hacerlo hasta entonces. Ese fue su acierto y esa terminó por convertirse en mi condena.

Me dejo atrapar.

Aquellos encuentros de neón, de ambiente cargado y de exceso de alcohol, enturbiaron mi mente y -como no podía ser de otra manera- despejaron mi, ya de por sí, lacrimógena cartera. Copa a copa, promesa a promesa, caí irremediablemente en su tela de araña. Resulté ser una presa fácil y me enredé mortalmente. Ella, con gran habilidad, aprovechó su momento y  me engulló. Yo me dejé  hacer.

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Por aquel entonces hubiese puesto la mano en el fuego tanto por Alice como por mí. Sentía la nuestra como era una verdadera historia de amor. Siempre fui un ingenuo, un iluso y un soñador. Es demasiado tarde para  lamentos, lo sé, pero creí en ella y deseaba la exclusividad.

Adiós a la venda.

El día en el que deseé morir me comentaron que un descapotable la alejó de aquí, también de noche, sin hacer ningún ruido, en silencio. “Así es como han de hacerse estas cosas, amigo” dijo un tipo duro cuando pregunté en el local por mi niña mientras, dándome una palmada en la espalda llena compasión,  ese tipo hizo que bajase de mi nube y pisara tierra firme.

Tengo la percepción de que ha pasado demasiado tiempo desde aquella  huida aunque, echando la vista atrás, no sea del todo así. Tan solo han pasado un par de meses  desde que se fue pero para mí han sido dos siglos de soledad.

Soy consciente de que mi compañía solo representaba para mi bella dama de hielo una posibilidad de escapatoria, una de tantas y, con toda probabilidad, no la mejor pero sí la más visible, amén de accesible.

A partir de aquella dolorosa revelación todo cambió y abrí los ojos a mi nueva realidad. Después de descubrir que nada de lo nuestro resultó ser lo que parecía, decidí cambiar el rumbo de mis sentimientos y comencé a engañarme.

Nunca más supe de ella. Rompió su promesa e hizo añicos mi corazón.

Confusión.

Apoyado en la barra de otro local aparentemente idéntico a aquel en el que conocí a la que hoy se ha transformado en mi tormento, infestado de almas desesperadas y de cuerpos tan sedientos como el mío, doy ese penúltimo trago largo mientras quiero ver a Alice en el escote de Lucía, o en el culo de Charlotte, o en el rostro de cualquier otra. Misión imposible. Para bien o para mal ninguna logra enredarme, y mucho menos, atraparme.

Todo da vueltas a mi alrededor y ella continúa revoloteando tanto en mi estómago como  en mi cabeza. Sigo bebiendo no sé si para olvidar, para perderme voluntariamente, o para cerrar esa cicatriz que aún tengo abierta y que me duele demasiado.

Veo mi futuro demasiado turbio.

En lo más hondo.

Desde que tengo uso de razón- y de sinrazón también- he sido un eterno entusiasta del amor y es por eso por lo que, en el fondo, sigo esperándola. No logro arrancarla porque echó poderosas raíces y la siento como parte de mí. Desearía que todo me diese igual, quisiera borrarla de mi mente, pero no es así. La añoro.

Pudimos haberlo tenido todo y sin embargo…Me siento un payaso.

¿Será consciente Alice de la profundidad de mis sentimientos? ¿Existirá en su vocabulario la palabra “amor” o solo existirán palabras como: “entretenimiento”, “interés” y “juego”?, me pregunto mientras la imagino rasgando, para más tarde devorar, otro incauto corazón o, tal vez, varios. Simultáneamente. Sin piedad.

Y en lo más profundo de mi ser, me alegro por… No, no me alegro, sufro lo indecible. Deseo morir. Deseo matar.

Sin rumbo.

Noche tras noche necesito tomar varios tragos porque he de ahogar mariposas.

-Mi vida, mañana nos volvemos a ver. Lo prometo- balbuceo al oído de la primera desesperada que me hace caso repitiendo, sin ningún convencimiento, esas palabras que aún me duelen y que soy incapaz de olvidar…Y ellas me creen. Como yo que, pobre desgraciado, creí en Alice.